Por: Juan Diego García – septiembre 24 de 2007
Nacer en un país como Suecia o Noruega permite a una persona gozar de las mieles de la democracia de un país desarrollado y moderno, hasta cierto punto, con independencia de la clase social a la que pertenezca. Pero si alguien viene a la vida en Latinoamérica y, por desgracia, no forma parte de la clase dominante, el régimen democrático no se disfruta sino que se padece.