More than 15 years of financial injections from the government of the United States into the Colombian state radically changed the landscape of our country, defined the course of the war and ensured the continuity of an authoritarianism which today ensures the interests of large transnational corporations and the US.
Las cárceles y las penitenciarías del país son una caja de Pandora que se abre periódicamente y de la que llueven cada tanto las noticias de las tragedias de turno que padecen los más de 120.444 seres humanos que han sido sancionados con el encierro, del infierno cotidiano que ningún ser humano debería tolerar.
El corregimiento Conejo, de Fonseca (La Guajira), visitado por voceros de las FARC hace pocos días, ha sido fuertemente golpeado por la pobreza y el paramilitarismo – Foto: La Plena.
Por: Diego Marín – marzo 3 de 2016
En un departamento como La Guajira, que no es conocido en Colombia por ser especialmente democrático, un diario local registró lo sucedido en el corregimiento Conejo, ubicado en el municipio de Fonseca, con más equilibrio que otros medios:
Conejo es un pueblo campesino y somos los primeros que anhelamos la paz porque estamos entre la espada y la pared, porque somos los paganos de todo. Ése fue el tema que ellos trajeron. Vinieron a hablarnos de cómo iba el proceso de paz y por eso fuimos a la reunión […] Ellos sólo vinieron hablar de paz, pero no se metieron con nadie, ni ofendieron a nadie. Eran los 30 guerrilleros armados, entre ellos unas 20 mujeres, el resto eran de civil y no tenían armas.
El diario local continúa con otro artículo que reseña como todo el mundo sabía lo que pasaría en Conejo. Con la franqueza caribeña que tanto molesta a los cachacos, los mismos pobladores aclaran que el miércoles en la noche se retiraron los militares y el jueves en la mañana entraron los guerrilleros. Los periodistas, que llegaron de varias partes del Caribe, afirman que el protocolo y la logística estuvieron mejor que en las entidades gubernamentales.
Un habitante continúa, señalando que todo el pueblo la pasó mejor que en los días del carnaval local y sin trago, en paz. Otro remata diciendo: “que vuelva la guerrilla para que el gobierno nos atienda”. Esto es lo que debe causar tanto ardor en el ego de la godarria de saco y corbata, y por eso no se registra en la prensa nacional, ocupada de morbosos escándalos homofóbicos y del próximo partido de la selección de fútbol.
Yo sigo examinado los titulares de la versión electrónica del diario guajiro, rodeado de nieve a las 4:30 am hora local de Oslo (Noruega), y el calor caribeño que irradian las fotografías contrasta con los escalofríos que produce la realidad regional: “Robo millonario en el Banco Popular de Riohacha”, “Afrodescendientes reclaman inclusión en programas del gobierno”, “Asesinado de un tiro en la cabeza menor de tres meses en Ríohacha”, “Con la llegada de las FARC se movió la economía en el corregimiento de Conejo”. Me acuerdo de mis amigos costeños […] y me avergüenzo de lo lejos que hemos dejado a estos pueblos en la historia y los corazones del resto del país.
Es allá, en esos pueblos, donde el país debe aprender de reconciliación y paz, dejando a un lado la doble moral y la mojigatería de la política tradicional. El sábado pasado, luego de un debate en el festival de cine documental de Oslo al que me invitaron para hablar de Colombia, me preguntaba un periodista noruego sobre las posibilidades de la paz y el fuerte rechazo de los colombianos a las negociaciones. Sin haber visto los vídeos de La Plena, le respondí lo que hoy deja ver el diario guajiro: la famosa oposición de las ciudades es la radicalidad irresponsable de los que no han vivido la guerra, en las regiones, en los pueblos que sí la han padecido, es donde entienden mejor el cuento de la paz.
Imposible no hacer una pausa para recordar como hace diez años teníamos que lidiar con el mismo radicalismo pero de parte de algunos que, con el rollo de la insurrección, enredaron a más de uno en las cafeterías de Bogotá, mandándolos para el monte o dividiendo la izquierda. Hasta el día de hoy, jamás se les vio con el overol puesto y ahora andan de embajadores de la paz, o acomodados en Bogotá con salarios millonarios y varios posgrados debajo del brazo.
A la gente en las regiones no se les puede ‘meter conejo’, menos a los de Conejo que, como muchos otros, han visto correr la sangre por disparos de fusiles de uno y otro bando. Espero que, al menos, tanto los indignados por el ‘atrevimiento’ de las FARC como los que festejamos estos ejemplos de paz se hayan tomado el trabajo de mirar en el mapa donde fue que saltó el conejo. Todo el que cuente con la fortuna de tener amigos costeños, especialmente guajiros, reconocerá la zona de inmediato, gracias a los interminables debates sobre el vallenato al que nos tienen acostumbrados. Conejo queda en la esquina nororiental del eje Valledupar San Juan Fonseca, con Villanueva incluido. Es como un embudo al revés, que se cierra hacia La Guajira y se abre hacia el Magdalena, incrustado en la geografía colombiana entre la Sierra Nevada y la Serranía del Perijá. Conejo queda recostado contra esta última, haciendo frontera con Venezuela.
No hay pueblo de esa zona que no esté nombrado en un vallenato famoso. Diomedes Díaz nació por allí, en La Junta, y por allí queda también Badillo, el pueblo de la custodia famosa de Escalona, mejor dicho, es la propia meca de la cultura vallenata. Pero es también un foco candente del paramilitarismo, por ese embudo invertido hacia el interior del país se vertió gran parte de la violencia de la motosierra y las masacres, subiendo contra corriente por el cauce del río Magdalena. También por eso es que arman tanto escándalo compatriotas como los del Centro Democrático, los de la Federación Colombiana de Ganaderos (Fedegan) y el procurador. Como se dice popularmente, se le metieron a la cocina, hicieron fiesta y no se dieron cuenta ni cuándo salieron. A los amantes de la guerra, enemigos del proceso de La Habana le pasaron la paz por las narices, demostrando que allá, en su patio trasero, también la gente quiere la paz y que su discurso de guerra es un embeleco oportunista e irresponsable desde las alturas de la capital.
Allí reside, para mí, la verdadera importancia estratégica de lo que sucedió en Conejo. Es un golpe de mano de la paz a los señores de la guerra. ¿Cómo se explica que en la propia cuna del paramilitarismo y cuando todos sabían lo que pasaba, nadie diera aviso oportuno a la caverna de Medellín y Bogotá? ¿Dónde quedaron las filtraciones del Ejército hacia el Centro Democrático y Uribe? Esta vez nadie reveló coordenadas, nadie alertó del movimiento de tropas ni de la presencia de la guerrilla. Por primera vez en la historia del gobierno de Juan Manuel Santos, quedó demostrada una real unidad de mando y total acatamiento de la autoridad presidencial: no hubo ni ministros, ni oficiales, ni soldados ni funcionarios que le hicieran el juego al procurador Ordóñez o a Uribe. Esta vez se quedaron solos. Cabe anotar que ‘coincidencialmente’ el presidente Santos también estaba en La Guajira.
Esta historia quedará marcada por el espíritu macondiano del que tanto nos enorgullecemos, y es que, como diría Trespalacios ‘El Propio’: no puede haber paz sin bacanería. La paz es una cuestión de bacanes y bacanas. Pero, en el fondo, lo que sucedió en Conejo fue el primer gran ejercicio público de confianza y coordinación entre las FARC y el Ejército colombiano, de cara a un cese de fuegos bilateral y definitivo. Fue también un golpe de alto valor simbólico para demostrar el apoyo popular a la paz y, sobre todo, fue un golpe a la imagen y la moral de los enemigos del proceso de paz, quienes cada vez están más solos y con mayores dificultades para atajar el tren de la paz, aunque éste atraviese por sus propias fincas.
En medio de los continuos atropellos y asesinatos contra el pueblo palestino y cuando nuestro colega, el periodista Muhammad Al-Qiq, se mantuvo peleando contra la muerte durante los 91 días de su huelga de hambre, desde Argentina podemos transmitir una buena noticia vinculada a la lucha en defensa de la autodeterminación de la Palestina ocupada.
En este 2016 se deberán negociar 270 convenciones colectivas de trabajo que terminan su período de vigencia en el sector privado, además de unas 300 que se negociarán entre el Estado y los sindicatos del sector público a nivel territorial y en algunas entidades del Estado.
Predio de Sibaté en el que se pretende instalar la planta de compostaje – Foto: Manuel Giraldo.
Por: Manuel Giraldo – febrero 29 de 2016
La alerta por una posible emergencia de salubridad y afectación de terrenos en las veredas San Rafael, Alto Charco y San Miguel se activó entre los residentes luego de conocer que se piensa instalar una planta de compostaje en la que se recibirían 210 toneladas semanales de desechos orgánicos provenientes de Corabastos.
Karamakate, protagonista de «El abrazo de la serpiente». Foto: Andrés Barrientos. Tomado de la página de Facebook de la película.
Por: Fernando Dorado – febrero 27 de 2016
Karamakate, el último chamán de un pueblo amazónico, es buscado por Manduka, un indio escapado de la esclavitud. Él estaba a manos de los caucheros y un aventurero alemán lo liberó. El germano de nombre Theodor Van Martius, sufre una extraña enfermedad adquirida durante su aventura exploratoria por el Amazonas. Acuden ante el poderoso y, aún joven, médico tradicional indígena en busca de curación.
Campo Rubiales fue explotado por Pacific Rubiales Energy después de la violencia paramilitar que involucra a Victor Carranza y luego reversado a Ecopetrol cuando el pozo empezó a declinar su productividad – Foto: Andrés Gómez
Luis Humberto Hernández – febrero 27 de 2016
Todo indica que ha llegado la hora del réquiem por Ecopetrol, empresa que en medio de la crisis que vive el sector se va quedando con el pecado y sin el género, pues le asiste el abandono de sus dolientes: los accionistas, los medios de comunicación y hasta la academia, todos se refieren a la situación del sector pero no a la suerte de la empresa.
«Sepárate del rebaño: no al bipartidismo» – Foto: Jisakiel.
Por: Juan Diego García – febrero 24 de 2016
Nunca antes, en su historia reciente, España se había visto sometida a una encrucijada política de tales dimensiones como la que se experimenta tras las recientes elecciones.
Desde el pasado 15 de febrero, el docente e investigador Miguel Ángel Beltrán Villegas inició una huelga de hambre para protestar por las precarias condiciones de reclusión que padecen él y miles de presos políticos y de conciencia en el país.