Etiqueta: Estados Unidos

  • Estados Unidos, la guerra y la paz en Colombia

    Por: Carlos Medina Gallego – septiembre 17 de 2011

    Estados Unidos hace evidente su absoluto desprecio por la situación colombiana en materia económica y de seguridad. Independientemente de si estamos o no de acuerdo con el TLC, el Gobierno Nacional le ha mendigado, a lo largo de una década, un tratado comercial que todavía no encuentra los respaldos suficientes en el Congreso estadounidense, pese a los esfuerzos y a las solicitudes que ha hecho, de manera manifiesta, el presidente Obama y de ser Colombia el principal aliado en la región y su escudero más importante para los conflictos en el área.

    En materia de apoyos para la seguridad y la lucha contra el narcotráfico la cosa no anda mejor: cada vez los recursos son menos, los recortes más permanentes y las ayudas se reducen a simples asistencias técnicas, a tal punto que el país va a tener que asumir el 100% del costo de la seguridad, la lucha contra el crimen organizado del narcotráfico y el llamado ‘terrorismo’. La llamada ‘corresponsabilidad’ frente a estos fenómenos es discurso y letra muerta.

    Es absolutamente claro que la política pública en seguridad y defensa en nuestro país se nutre de las orientaciones y monitorias estadounidenses, y que el discurso de lucha contra el terrorismo y el narcotráfico de los gobiernos anteriores es un traslado mecánico de la política de seguridad norteamericana a Colombia. Esta asistencia militar, a través de los tratados de cooperación, es permanente y los logros en materia de seguridad son de responsabilidad compartida. No obstante, el gobierno estadounidense considera que el desmonte de los grupos paramilitares fue un fracaso, que la política de consolidación y recuperación social del territorio no está dando los resultados esperados y que ahora es necesario volver a separar la lucha contra la insurgencia de la lucha contra el narcotráfico.

    Para Michael McKinley, embajador de Estados Unidos en Bogotá, las Bacrim representan el nuevo formato de los carteles del narcotráfico y quiere centrar toda la atención de la política estadounidense en este nuevo fenómeno. Basado en esta decisión, el Gobierno Nacional viene llamando la atención sobre la urgencia de combatirlas como agentes generadores de la industria del narcotráfico y el narcomenudeo. Sin embargo, las Bacrim son muchos más que eso, pues constituyen una forma de Estado ilegal en las zonas populares de las grandes ciudades.

    Seguramente, el cambio de actitud del gobierno Obama y de su embajador va a obligar a una nueva estrategia militar para confrontar a la insurgencia, que ha pasado a un segundo plano en el interés de los EE.UU. Sea como sea, el país va a tener que hacer esfuerzos para mejorar su comercio internacional, buscando nuevos socios en los países del área y en Asia, pues sus socios tradicionales, EE.UU. y Europa, no ofrecen muchas posibilidades en materia comercial, en razón de las múltiples dificultades que están afrontando.

    La pregunta que surge es: si EE.UU. no constituye un socio comercial y su apoyo al fortalecimiento de las políticas de seguridad y defensa es precario, ¿qué sentido tiene mantener en estado de subordinación permanente unas relaciones que nada aportan? De nada nos sirve que el embajador diga que “Colombia se ha convertido en un modelo de inspiración internacional para la lucha contra el terrorismo”, porque durante años ha soportado las consecuencias sociales, económicas y políticas de su acción devastadora, con abnegación, nobleza, sacrificio y un costo altísimo en vidas, bienestar e institucionalidad. Pobre manera de convertirse en ejemplo.

    El embajador McKinley dice, en privado, que en los próximos meses se puede estar instalando una mesa de paz en el país y que existen acercamientos con la guerrilla de las FARC. En ningún otro cuerpo diplomático se sabe algo al respecto. Si así fuese, sería bueno que la embajada, que no ha podido concluir con su gobierno un TLC para Colombia y ya no tiene más plata para financiar la guerra, al menos promueva y acompañe un proceso de paz en donde, sin lugar a dudas, jugaría un papel fundamental por razones obvias.

  • El fantasma de Osama Bin Laden

    El difunto Osama Bin Laden fue el mayor producto mediático de las últimas décadas, casi una caricatura - Foto: Sage Ross

    Mayo 5 de 2011

    Desde que, el domingo 1 de mayo, el gobierno de los Estados Unidos anunciara que sus tropas habían asesinado a Osama bin Laden, el impacto de la noticia ha sido tal que se ha convertido en el tema más mencionado por las mayores agencias de noticias y medios de comunicación del mundo. Los grandes monopolios de la información, en su mayoría, enaltecen a Obama y destacan su logro ‘heroico’, mientras continúa la invasión militar estadounidense a Irak y Afganistán, a pesar de las promesas de retiro de tropas que lo llevaron a la presidencia de la mayor potencia imperialista del mundo.

    Como un héroe de Hollywood, el gobernante aprovecha este éxito militar y se autoproclama como el mayor defensor de los valores de su país y el llamado a “hacer del mundo un lugar más seguro”, según afirmó al anunciar la muerte del líder de Al-Qaeda. Sin embargo, no puede negarse que a través de la historia los EE.UU. han defendido su seguridad sacrificando y sometiendo pueblos con el único fin de adueñarse de los principales focos de riqueza sobre la faz de la Tierra, pues son los intereses económicos de sus clases dominantes los que determinan y determinarán el rumbo de su gobierno y, muy seguramente, la muerte del hombre más buscado sólo servirá para que el modelo de intervencionismo militar sobre el que esa nación ha basado sus relaciones internacionales se perfeccione.

    De héroes y villanos

    No se puede dejar de considerar que los fantasmas de Bin Laden y Al-Qaeda, surgidos luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001, han sido uno de los mayores logros de la propaganda de guerra de EE.UU.: gracias a las alianzas del Pentágono con los principales monopolios de medios del mundo, especialmente el dirigido por el oscuro magnate Rupert Murdoch, el peligroso saudí pasó de ser héroe a villano para Occidente y su figura se clavó en el inconsciente colectivo globalizado como representación misma del mal.

    La gloria de Osama nació con la guerra de los muyahidines en Afganistán contra las tropas de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, ocurrida entre 1979 y 1989. Durante este tiempo, EE.UU. apoyó a estas guerrillas islámicas para detener el avance soviético en plena Guerra Fría. Como dato curioso, uno de los íconos del cine taquillero de Hollywood, el imbatible mercenario John Rambo, acompañaba a estos pintorescos patriotas en sus correrías contra los rusos por pedido del gobierno estadounidense, en la tercera cinta de la saga de acción, que recaudó por sí sola U$180 millones y que se estrenó justo diez días después del inicio de la retirada de las tropas ordenada desde Moscú.

    El temible villano fue un valioso aliado para Estados Unidos durante los gobiernos de Ronald Reagan y George Bush padre –ambos reconocidos por sus políticas anticomunistas en África, América Latina, Asia y Medio Oriente–, y fueron estos quienes incondicionalmente le proporcionaron armamento y entrenamiento a Osama y a su organización, a través de la CIA.

    Finalizada la Guerra Fría, con la caída de la URSS, la historia de estas alianzas terminó. Oriente Medio se caldeaba entre la el final de la primera Intifada en Palestina y el inicio de la primera Guerra del Golfo, con la que Bush padre atacaba al Irak de Saddam Hussein, y se iniciaba una nueva época de conflictos en los que los que la lucha por el petróleo iba a ser protagonista en un región en la que se multiplicaron tanto las luchas antiimperialistas como los radicalismos religiosos.

    Todo cambió para Osama y el mundo durante la Guerra del Golfo Pérsico. Bin Laden fue expulsado de Arabia Saudita por oponerse a la presencia de las tropas estadounidenses en su suelo, mientras el rey Fahd, fiel aliado de EE.UU. reconocido por su brutalidad, se sostenía gracias a la represión y se lucraba de las rentas petroleras. Bin Laden salió del país para proclamar la guerra santa desde el exilio. Con el tiempo, la organización armada que fundó al finalizar la guerra contra la URSS ya había botado raíces por numerosos países y encontraría, entre Afganistán y en Pakistán, el refugio adecuado para sus operaciones y los aliados más indicados para su fanatismo religioso.

    Los talibanes, o ‘estudiantes’, que hicieron parte de las guerrillas islámicas de Afganistán durante la Guerra Fría y que fueron apoyados por EE.UU. y Arabia Saudita, sometieron a ese país a una interpretación absolutamente retrógrada de la Sharia, la Ley Islámica, que condenaba a su población a un atraso y a una pobreza enorme. De las mismas tensiones étnicas que los EE.UU. se aprovecharon en los años 80 para fortalecer el movimiento armado financiado por la CIA, con más de U$3.000 millones, fueron de las que se beneficiaron los talibanes para subir al poder en 1996 e imponer su régimen patriarcal, represivo y de fanatismo religioso, y de las que hoy se alimentan los grupos de ultraderecha que integran a Al-Qaeda.

    La muerte del mito

    Ya son diez años de la invasión a Afaganistán y ocho años de la de Irak, ambas con resultados catastróficos para la población civil y de grandes costos humanos para criminal maquina de guerra del Pentágono, ambas enfocadas al control de las gigantescas reservas de gas y petróleo de la región –una cuarta parte del total mundial–, y ambas justificadas por el fantasma de la amenaza terrorista de Bin Laden y Al-Qaeda.

    Sin embargo, la muerte de Bin Laden no acerca el fin ni de Al-Qaeda ni del militarismo gringo, del que Obama ha demostrado ser un digno continuador. Hay que considerar que, para Washington, declarar guerras a otras naciones es parte esencial de su economía: los intereses de las petroleras en EE.UU. y la incapacidad para el recambio de sus fuentes energéticas, así como la enorme porción de la economía que ocupa la industria militar –tanto armamentística como de mercenarios–, ofrecen el combustible necesario para que, a través de nuevas alianzas internacionales, se dé continuidad al sistema belicoso que la potencia del norte ha impuesto al mundo y a estas guerras sin fin, que siguen alimentando a la ultraderecha religiosa a la que han enarbolado como máxima enemiga contemporánea.

    Sumado a esto, la muerte del hombre más buscado del mundo transformó la deslucida credibilidad del presidente estadounidense en una popularidad altísima que le garantizará, muy probablemente, la reelección en los comicios del 6 de noviembre del próximo año. Dado que Obama necesita consolidar su imagen positiva de hombre fuerte y atraer el apoyo de los grandes monopolios financieros y petroleros, cabe preguntarse cuál será el próximo blanco de Estados Unidos, pues las necesidades de un enemigo externo no sólo alimentan los negocios del país más rico del mundo sino que mantienen a su opinión pública en condiciones favorables para la manipulación mediática y para el reclutamiento sistemático de sus jóvenes en las aventuras militares que esa nación desarrolla por el mundo.

    Sin un enemigo que represente, en el imaginario colectivo, a todo el mal existente en el mundo, los EE.UU. no tienen razón de ser: ésta es la esencia de su cultura política y lo que sustenta actualmente su sistema. Falta ver qué nuevos villanos nos trae a la vista el entramado de propaganda que los monopolios de medios de ese país. De su capacidad y creatividad para construir nuevos enemigos dependerá la subsistencia del sistema que los tiene actualmente en la cima del poder global, pues con Osama Bin Laden ha muerto la máxima de sus creaciones.

  • TLC: un tratado nefasto

    Por: Carlos Jaime Fajardo – abril 12 de 2011

    Con bombos y platillos se anunció, el 7 de abril, que el presidente Obama iba a tramitar el TLC con Colombia en el Congreso, después de que el gobierno cumpliera algunas condiciones sobre la problemática laboral del país.

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  • Desnudando a Santos

    Santos en el Foro Económico Mundial - Foto: Édgar Alberto Domínguez Cataño

    Por: Carlos Jaime Fajardo – 28 de marzo de 2011

    El abrazo con Chávez, el collar que una indígena caucana colocó a Santos en agosto pasado, la propuesta de unidad nacional y el alza del salario del 4% han tendido un ropaje confuso sobre el presidente, que ha llevado a que sectores de la oposición, como el partido Liberal, algunos del Polo Democrático Alternativo, uno que otro sindicalista y ciertos indígenas, consideren que se produjo una ruptura con el proyecto uribista, por lo que han decidido hacer parte de su régimen. Esto hace necesario empezar a desnudarlo. (más…)

  • Las nuevas guerras coloniales

    Estados Unidos gasta cada día 450 millones de dólares solamente en su invasión de Iraq - Foto: Jayel Aheram

    Por: Juan Diego García – marzo 24 de 2011

    Igual que ocurrió durante la Guerra Fría, las contradicciones entre las grandes potencias del globo se dilucidan hoy mediante conflictos bélicos en la periferia pobre del sistema. El llamado Tercer Mundo resulta el escenario donde la disputa mundial adquiere sus expresiones más crueles y si antes se trataba de una dura competencia entre Oriente y Occidente, entre ‘comunismo y democracia’, desaparecido el campo socialista –en particular la Unión Soviética– se asiste hoy a un juego mucho más complicado de fuerzas en pugna por alcanzar la hegemonía. A los protagonistas de ayer –que en la práctica permanecen en el conflicto actual– habrán de agregarse otros nuevos, todos ellos en busca de lo mismo: materias primas esenciales, áreas de influencia, control de mercados, corredores estratégicos, bases militares, gobernantes ‘amigos’ y, en el caso de los occidentales, una obsesión de vieja data que ya aparece en las formas clásicas del colonialismo, a saber, la imposición violenta de sus valores y la forzada integración de las sociedades periféricas en el nuevo orden mundial, así sea al precio de destruir culturas completas –genocidio incluido– en aras del ‘progreso de la humanidad’.

    La pugna por la hegemonía mundial aparece entonces como un transfondo insoslayable en el análisis de las guerras en curso, de los levantamientos armados espontáneos o debidamente fomentados, y de los golpes de Estado contra gobiernos no controlables o contra tiranos políticamente agotados, en medio de una dinámica creciente de inestabilidad política y desgarros sociales que dibujan de manera tan dramática el cuadro de casi todos los países del mundo pobre y dependiente.

    Por supuesto, cada conflicto tiene sus propios motivos y no es sensato reducir todo a la intervención de fuerzas extrajeras, de la misma forma que es bastante ingenuo considerar que las naciones más poderosas en pugna por el control mundial son agentes respetuosos de la soberanía y la autodeterminación de los demás, que resultan inocentes protagonistas y fieles garantes de la legalidad internacional y sobre todo que, lejos de intereses espurios, en sus ‘misiones’ tan sólo les anima un sincero amor por la humanidad y el deseo de extender la democracia por el mundo. Hasta el más ciego puede constatar como la política internacional de las naciones ricas no es otra cosa que un discurso cínico de justificación de agresiones, desembarcos, bloqueos y toda clase de medidas de fuerza bruta que nada tienen que ver con el supuesto y jamás practicado ‘derecho internacional’. No resulta entonces extraño que antes que el respeto universal por tratados y normas internacionales predomine de nuevo la ‘diplomacia de las cañoneras’ y si bien algunos gobiernos intentan conservar un lenguaje retórico de respeto por los demás, cada vez se impone con mayor claridad la expresión sin tapujos del supuesto derecho del más fuerte como origen natural del poder.

    Las guerras actuales tienen, para quienes las alimentan y promueven, ganancias de todo orden. Para el llamado Complejo Militar Industrial –que no sólo existe en los Estados Unidos, aunque allí tenga su máxima expresión– los beneficios económicos son inmediatos y seguros, con independencia de los resultados del conflicto, tal como se puede comprobar en la destrucción de Iraq, la batalla perdida de Afganistán, el atolladero de Pakistán, la bomba de tiempo que supone el conflicto en Palestina, la también perdida guerra contra las guerrillas en Colombia y la actual agresión contra Libia: los inmensos raudales de dinero que han recogido las empresas de la guerra arrojan un balance inmediato y ampliamente favorable para ellas, así sea al alto precio de propiciar otros mil conflictos y llevar a extremos inéditos las contradicciones de todo tipo, aún en sus propios países. La guerra, como ocurrió antaño, juega un papel importante en la búsqueda de salidas a la crisis del capitalismo, una suerte de mecanismo automático del sistema que opera con independencia de los riesgos inmensos que supone.

    Por supuesto, no sólo gana el Complejo Militar Industrial. Los beneficios, a mediano y largo plazo, se suponen comunes para todos los grupos de la clase dominante metropolitana. Después de la agresión inicial vienen la ocupación, el saqueo y, por supuesto, la ‘reconstrucción’, asegurándose el objetivo central de la cruzada, que no es otro que controlar los recursos naturales del país sometido, al precio más bajo y en las mejores condiciones posibles.

    El gran inconveniente de esta estrategia de nueva colonización –tal como sucedió en el pasado– es que, lejos de trascurrir en armonía y amistosa cooperación entre en las potencias interesadas, se producen inevitables roces que alimentan una dinámica de confrontación de impredecibles consecuencias. Estados Unidos aparece como la gran potencia que aspira a hegemonizar este proceso de saqueo planetario, admitiendo a Europa como una especie de socio menor, incómodo pero necesario. Pero, en el escenario mundial se mantiene Rusia que, a pesar de sus dificultades temporales, tiene un potencial nada desdeñable y sobre todo sigue siendo una potencia nuclear imposible de ignorar, al tiempo que a la palestra suben economías en ascenso como Brasil, India y sobre todo China. Algunas aspiran al menos a hegemonías regionales pero Estados Unidos y China, dadas sus dimensiones, buscan una influencia y un dominio planetarios, y tienen todas las condiciones para conseguirlo.

    Para muchos analistas, Estados Unidos es ya una potencia en declive en tanto que China lo es en ascenso, convertida ya en la segunda economía del mundo y con aspiraciones a convertirse en la primera antes de una década. Así, se dan todas las condiciones para una confrontación multipolar, que bien puede desembocar en una guerra generalizada. Todo conduce a pensar que, en lugar de una era de entendimiento y paz, lo que se está gestando es probablemente una versión nueva y más terrible de las guerras mundiales del siglo anterior. Y es así porque desplazar el enfrentamiento entre potencias a la periferia del sistema tiene sus límites: sólo es cuestión de tiempo para que el cerco militar a China, por parte sobre todo de los Estados Unidos, y la estrategia de hostilizar y desmembrar Rusia desemboquen en una confrontación directa de incalculables resultados.

    En Latinoamérica y El Caribe la confrontación no parece hoy tan aguda como en Asia y África, pero se produce igualmente: Brasil es, sin duda, el mayor obstáculo para una potencia como Estados Unidos, que debe aceptar ya la presencia de China, Rusia, Japón y Europa en una región que siempre consideró suya en exclusiva. Hay demasiados recursos en juego y procesos sociales y políticos muy agudos, que bien pueden servir para propiciar intervenciones bélicas mediante las cuales se busque recuperar protagonismo. De nuevo, antes que enfrentarse a Brasil directamente, Europa y los Estados Unidos, en particular, activan conflictos en la periferia de este coloso suramericano –en Venezuela y Colombia, de manera particular–, con la finalidad de debilitar sobre todo el proceso de integración y reducir en lo posible las nuevas relaciones con China que en países claves de la región ya reemplaza a los Estados Unidos como socio preferente. Por supuesto, se mantiene la estrategia de ahogar a Cuba por todos los medios y frustrar el posible surgimiento de experiencias similares en el área. Pero, de momento, la región se beneficia de las urgencias que otros frentes imponen a las potencias occidentales.

    Por supuesto, en todo este incierto panorama los pueblos tienen un protagonismo decisivo. Los movimientos sociales en Latinoamérica y el Caribe, los levantamientos en el mundo árabe, las luchas nacionalistas en Asia y el descontento creciente de la misma población metropolitana encierran un potencial inmenso que puede determinar una salida que no sea la guerra o convertir ésta en una oportunidad para dar nacimiento a una nueva era. Como se afirmaba entonces, existe la posibilidad de que la guerra desemboque en una revolución o que una gran revuelta ciudadana detenga la locura de la guerra.

  • Año borrascoso

    Foto: Eduardo Martín Blasco

    Por: Juan Diego García – enero 5 de 2011

    El balance del año que termina bien podría describirse con un verso del gran poeta chino Mao Tse-Tung, que en un momento de enorme incertidumbre en la Larga Marcha escribió: “Reina un gran desorden bajo los cielos. La situación es excelente”. En efecto, el desorden universal no podría ser de mayores dimensiones. La necesidad del cambio, tampoco.

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  • La guerra debería ser tema de estas elecciones

    Los documentos publicados por Wikileaks revelan graves abusos del ejército estadounidense en territorios extranjeros- Foto: Jeremiah Johnson

    Por: Amy Goodman- noviembre 1 de 2010

    A sólo días de las cruciales elecciones legislativas de mitad de mandato en EEUU, WikiLeaks, el sitio web de denuncia de prácticas ilegales, reveló la mayor filtración de información clasificada del ejército estadounidense de la historia. Casi 400.000 documentos secretos del Pentágono, relacionados con la invasión y ocupación estadounidense de Iraq, fueron publicados en la web. Los documentos, terriblemente detallados, dan muestra del cotidiano torrente de violencia, asesinatos, violaciones y torturas al que han sido sometidos los iraquíes desde que George W. Bush declaró la “misión cumplida”. Los documentos publicados por WikiLeaks, conocidos como “Registros de la Guerra de Iraq” han ocupado los primeros lugares en los titulares de Europa, pero en Estados Unidos apenas merecieron mención en los programas de entrevistas de los domingos.

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  • La tortura en Iraq no disminuye

    La tortura en Iraq ha sido denunciada en todo el mundo, incluida Colombia - Foto: Omar Vera

    Por Amy Goodman – 24 de septiembre de 2010

    Si uno creyera en el discurso del presidente Barack Obama debería pensar que las operaciones de combate en Iraq han terminado. Sin embargo, expuesta públicamente por primera vez con el escándalo de Abu Ghraib, la tortura en las cárceles iraquíes crece y crece, cada vez más distante de todo tipo de escrutinio o responsabilidad. Tras arrestar a decenas de miles de iraquíes –en muchos casos, sin imputárseles ningún cargo– y mantener a muchos de ellos prisioneros durante años sin juzgarlos, Estados Unidos ha entregado el control de las prisiones de Iraq, con sus 10.000 prisioneros, al gobierno iraquí. Conozcan al nuevo jefe: es igual que el anterior. (más…)

  • El extraño caso de Kaos y Control

    Hola, Jefe... ¡parece que los tenemos! ...pero me da la impresión de que no parecen agentes de KAOS...

    Por: Nicole Pinzón – julio 27 de 2010

    A partir del pasado 28 de junio, día en que el gobierno de Estados Unidos anunció haber detenido a una supuesta red de diez espías que trabajaban para el Servicio de Inteligencia Extranjera de Rusia (SVR, por sus siglas en ruso), la antigua KGB, una serie de preguntas y contradicciones envuelven los hechos, principalmente en el caso de una de la peruana Vicky Peláez, quien escribía en el Diario La Prensa, el informativo en español más leído en Nueva York.

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  • Apuntes sobre las bases militares extranjeras y la soberanía

    Por: Miguel Ramos – noviembre 12 de 2009

    A propósito de la rarísima apelación a la soberanía que el uribismo esgrime como excusa para permitir la entrega de siete bases militares a los EEUU, se debe tener en cuenta, primero, que la humanidad se encuentra en una era caracterizada por los adelantos tecnológicos en información, en comunicación y en transporte, también por el flujo ilimitado de capitales y sus derivados entre países. La era en cuestión es la famosísima globalización, mundialización en buen romance. Frente a la globalización, y las maneras como ésta avanza, se puede tener la opinión que sea, pero igual es un hecho del que se parte para explicar un concepto acuñado en los más importantes think tanks de los EEUU: el de la ‘soberanía responsable’, o la noción de que la soberanía conlleva obligaciones y deberes para con otros Estados y sus propios ciudadanos, que limita el accionar de los Estados mismos.

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