
Por: Juan Diego García – julio 21 de 2015
Hacer el seguimiento del proceso de paz en Colombia se hace difícil por la mucha discreción que gobierno y guerrilla acordaron desde el comienzo. Sobre lo tratado apenas se pueden hacer suposiciones. No sorprende que el silencio oficial –la guerrilla ha sido menos parca al respecto– permita a los enemigos del proceso crear toda suerte de infundios, rumores y verdades a medias que por lo común terminan convertidas en mentiras en toda regla, destinadas claramente a restar apoyos a la iniciativa del presidente Santos. Los optimistas incorregibles, por su parte, dan por efectivas muchas de sus ilusiones desinfladas luego por la dura realidad. Y, entre mensajes agoreros y noticias felices, el lector ya no sabe a qué atenerse.






