Etiqueta: Afganistán

  • Los territorios de la guerra, las guerras del territorio

    Patrulla militar estadounidense en Afganistán. Foto: Matthew Freire.
    Patrulla militar estadounidense en Afganistán. Foto: Matthew Freire.

    Por: Ana Esther Ceceña – octubre 13 de 2017

    La relación con el territorio es tan vieja como la historia de la humanidad, pero por primera vez, con el capitalismo del siglo XXI, el territorio adquiere signos de finitud. No sólo tiene carácter de objeto, y es tratado como tal, sino que se ha convertido en un objeto escaso.

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  • Guerras en curso

    "La niebla de la guerra" - Ilustración: Leg0fenris

    Por: Juan Diego García – julio 2 de 2014

    Las ofensivas bélicas de Occidente no parecen arrojar como resultado una ocupación firme de los territorios agredidos, como sucedía en el colonialismo clásico. La ocupación estable no es el objetivo, al menos por ahora. En las guerras que los Estados Unidos y sus aliados llevan a cabo en Asia y África se manifiesta una constante que tiene en la simple destrucción su objetivo inmediato y casi único. Países antes prósperos y relativamente estables como Iraq o Libia han quedado convertidos en ruinas y no precisamente por errores de cálculo, normales en toda contienda bélica. En realidad, en todos estos casos se repite un patrón que bien podría describirse con la consigna de ‘destruirlo todo, arrasarlo todo’. La misma estrategia se repite en Afganistán y con ciertas variables se utiliza también en Pakistán.

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  • «Afganistán, una década perdida»

    Mujeres afganas bajo la ocupación - Ilustración: Derek VisserPor: Catalina Carmona – febrero 10 de 2012

    Georgette Gagnon, director de la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas United en Afganistán para los Derechos Humanos (UNAMA Human Rights, por su sigla en inglés), señaló recientemente que «la UNAMA ha documentado 3.021 muertes de civiles en 2011, con un incremento del 8% frente al año 2010. En 2011 fue el quinto año consecutivo en el que se ha observado un aumento de muertos y heridos civiles. 11.864 civiles han muerto en este conflicto los últimos cinco años desde 2007».

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  • Las nuevas guerras coloniales

    Estados Unidos gasta cada día 450 millones de dólares solamente en su invasión de Iraq - Foto: Jayel Aheram

    Por: Juan Diego García – marzo 24 de 2011

    Igual que ocurrió durante la Guerra Fría, las contradicciones entre las grandes potencias del globo se dilucidan hoy mediante conflictos bélicos en la periferia pobre del sistema. El llamado Tercer Mundo resulta el escenario donde la disputa mundial adquiere sus expresiones más crueles y si antes se trataba de una dura competencia entre Oriente y Occidente, entre ‘comunismo y democracia’, desaparecido el campo socialista –en particular la Unión Soviética– se asiste hoy a un juego mucho más complicado de fuerzas en pugna por alcanzar la hegemonía. A los protagonistas de ayer –que en la práctica permanecen en el conflicto actual– habrán de agregarse otros nuevos, todos ellos en busca de lo mismo: materias primas esenciales, áreas de influencia, control de mercados, corredores estratégicos, bases militares, gobernantes ‘amigos’ y, en el caso de los occidentales, una obsesión de vieja data que ya aparece en las formas clásicas del colonialismo, a saber, la imposición violenta de sus valores y la forzada integración de las sociedades periféricas en el nuevo orden mundial, así sea al precio de destruir culturas completas –genocidio incluido– en aras del ‘progreso de la humanidad’.

    La pugna por la hegemonía mundial aparece entonces como un transfondo insoslayable en el análisis de las guerras en curso, de los levantamientos armados espontáneos o debidamente fomentados, y de los golpes de Estado contra gobiernos no controlables o contra tiranos políticamente agotados, en medio de una dinámica creciente de inestabilidad política y desgarros sociales que dibujan de manera tan dramática el cuadro de casi todos los países del mundo pobre y dependiente.

    Por supuesto, cada conflicto tiene sus propios motivos y no es sensato reducir todo a la intervención de fuerzas extrajeras, de la misma forma que es bastante ingenuo considerar que las naciones más poderosas en pugna por el control mundial son agentes respetuosos de la soberanía y la autodeterminación de los demás, que resultan inocentes protagonistas y fieles garantes de la legalidad internacional y sobre todo que, lejos de intereses espurios, en sus ‘misiones’ tan sólo les anima un sincero amor por la humanidad y el deseo de extender la democracia por el mundo. Hasta el más ciego puede constatar como la política internacional de las naciones ricas no es otra cosa que un discurso cínico de justificación de agresiones, desembarcos, bloqueos y toda clase de medidas de fuerza bruta que nada tienen que ver con el supuesto y jamás practicado ‘derecho internacional’. No resulta entonces extraño que antes que el respeto universal por tratados y normas internacionales predomine de nuevo la ‘diplomacia de las cañoneras’ y si bien algunos gobiernos intentan conservar un lenguaje retórico de respeto por los demás, cada vez se impone con mayor claridad la expresión sin tapujos del supuesto derecho del más fuerte como origen natural del poder.

    Las guerras actuales tienen, para quienes las alimentan y promueven, ganancias de todo orden. Para el llamado Complejo Militar Industrial –que no sólo existe en los Estados Unidos, aunque allí tenga su máxima expresión– los beneficios económicos son inmediatos y seguros, con independencia de los resultados del conflicto, tal como se puede comprobar en la destrucción de Iraq, la batalla perdida de Afganistán, el atolladero de Pakistán, la bomba de tiempo que supone el conflicto en Palestina, la también perdida guerra contra las guerrillas en Colombia y la actual agresión contra Libia: los inmensos raudales de dinero que han recogido las empresas de la guerra arrojan un balance inmediato y ampliamente favorable para ellas, así sea al alto precio de propiciar otros mil conflictos y llevar a extremos inéditos las contradicciones de todo tipo, aún en sus propios países. La guerra, como ocurrió antaño, juega un papel importante en la búsqueda de salidas a la crisis del capitalismo, una suerte de mecanismo automático del sistema que opera con independencia de los riesgos inmensos que supone.

    Por supuesto, no sólo gana el Complejo Militar Industrial. Los beneficios, a mediano y largo plazo, se suponen comunes para todos los grupos de la clase dominante metropolitana. Después de la agresión inicial vienen la ocupación, el saqueo y, por supuesto, la ‘reconstrucción’, asegurándose el objetivo central de la cruzada, que no es otro que controlar los recursos naturales del país sometido, al precio más bajo y en las mejores condiciones posibles.

    El gran inconveniente de esta estrategia de nueva colonización –tal como sucedió en el pasado– es que, lejos de trascurrir en armonía y amistosa cooperación entre en las potencias interesadas, se producen inevitables roces que alimentan una dinámica de confrontación de impredecibles consecuencias. Estados Unidos aparece como la gran potencia que aspira a hegemonizar este proceso de saqueo planetario, admitiendo a Europa como una especie de socio menor, incómodo pero necesario. Pero, en el escenario mundial se mantiene Rusia que, a pesar de sus dificultades temporales, tiene un potencial nada desdeñable y sobre todo sigue siendo una potencia nuclear imposible de ignorar, al tiempo que a la palestra suben economías en ascenso como Brasil, India y sobre todo China. Algunas aspiran al menos a hegemonías regionales pero Estados Unidos y China, dadas sus dimensiones, buscan una influencia y un dominio planetarios, y tienen todas las condiciones para conseguirlo.

    Para muchos analistas, Estados Unidos es ya una potencia en declive en tanto que China lo es en ascenso, convertida ya en la segunda economía del mundo y con aspiraciones a convertirse en la primera antes de una década. Así, se dan todas las condiciones para una confrontación multipolar, que bien puede desembocar en una guerra generalizada. Todo conduce a pensar que, en lugar de una era de entendimiento y paz, lo que se está gestando es probablemente una versión nueva y más terrible de las guerras mundiales del siglo anterior. Y es así porque desplazar el enfrentamiento entre potencias a la periferia del sistema tiene sus límites: sólo es cuestión de tiempo para que el cerco militar a China, por parte sobre todo de los Estados Unidos, y la estrategia de hostilizar y desmembrar Rusia desemboquen en una confrontación directa de incalculables resultados.

    En Latinoamérica y El Caribe la confrontación no parece hoy tan aguda como en Asia y África, pero se produce igualmente: Brasil es, sin duda, el mayor obstáculo para una potencia como Estados Unidos, que debe aceptar ya la presencia de China, Rusia, Japón y Europa en una región que siempre consideró suya en exclusiva. Hay demasiados recursos en juego y procesos sociales y políticos muy agudos, que bien pueden servir para propiciar intervenciones bélicas mediante las cuales se busque recuperar protagonismo. De nuevo, antes que enfrentarse a Brasil directamente, Europa y los Estados Unidos, en particular, activan conflictos en la periferia de este coloso suramericano –en Venezuela y Colombia, de manera particular–, con la finalidad de debilitar sobre todo el proceso de integración y reducir en lo posible las nuevas relaciones con China que en países claves de la región ya reemplaza a los Estados Unidos como socio preferente. Por supuesto, se mantiene la estrategia de ahogar a Cuba por todos los medios y frustrar el posible surgimiento de experiencias similares en el área. Pero, de momento, la región se beneficia de las urgencias que otros frentes imponen a las potencias occidentales.

    Por supuesto, en todo este incierto panorama los pueblos tienen un protagonismo decisivo. Los movimientos sociales en Latinoamérica y el Caribe, los levantamientos en el mundo árabe, las luchas nacionalistas en Asia y el descontento creciente de la misma población metropolitana encierran un potencial inmenso que puede determinar una salida que no sea la guerra o convertir ésta en una oportunidad para dar nacimiento a una nueva era. Como se afirmaba entonces, existe la posibilidad de que la guerra desemboque en una revolución o que una gran revuelta ciudadana detenga la locura de la guerra.

  • Talibán hondureño jura proteger tiburones

    Caricatura: Ficciorama

     

    Por: Jesse Freeston – 4 de octubre de 2010

    Este mes hubo muchas noticias sobre Afganistán, pero tal vez la más terrible es la evidencia de que una prohibición de la música –que data de antes de la invasión– está siendo aplicada en la ciudad oriental de Jalalabad. Hashim Shukoor, periodista de McClatchy, reporta ataques y amenazas contra los vendedores de música en esa ciudad. Se cree que los agresores son del talibán afgano. La historia fue difundida miles de veces, y con razón, porque los editores y los lectores por igual entienden la importancia de la música para cualquier sociedad. ¿Pero qué pasa si un ataque similar se llevaba a cabo en otro lugar? ¿Queremos enterarnos? (más…)

  • La trampa afgana de Obama

    Por: Amy Goodman* y Denis Moynihan – marzo 18 de 2009

    El presidente Barak Obama brindó su primera conferencia de prensa en horario central el lunes 9 de febrero por la noche. Cuando le preguntaron sobre Afganistán, respondió: “éste será un gran desafío”. También le preguntaron si cambiaría la política del Pentágono que prohíbe filmar y fotografiar los ataúdes envueltos en la bandera de Estados Unidos de soldados muertos en Irak y Afganistán. Dijo que la estaba revisando. El periodista que formuló la pregunta señaló que fue Joe Biden, quien hace varios años acusó al gobierno de Bush de eliminar las imágenes para evitar la conmoción pública por las muertes de miembros del servicio militar estadounidense. Ahora, el vicepresidente Joe Biden prevé que un aumento de soldados estadounidenses en Afganistán implicará más bajas estadounidenses: “odio decirlo, pero sí, creo que así será. Habrá un aumento”

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