Contaminación petrolera en la Amazonía. Foto: Micaela Ayala V.
Por: Alberto Vargas – julio 4 de 2018
De acuerdo a cifras oficiales de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), actualmente casi 2.400 millones de personas no tienen acceso a los servicios básicos de saneamiento del agua y alrededor de 1.000 niños mueren diariamente en todo el mundo por esta carencia. La ONU indica, también, que actualmente la escasez de agua afecta a más del 40 por ciento de la población en el mundo, con altas probabilidades de que la proporción aumente. Al menos 1.800 millones de personas consumen aguas contaminadas con materia fecal y más del 80% de estas aguas se vierten en el mar o los ríos sin que se eliminen los contaminantes.
Indígenas del salar de Uyuni (Bolivia). Foto: Yan Boechat.
Por: Luis Martín-Cabrera – abril 7 de 2018
No hace falta ser experto en energía para darse cuenta de que es imperativo buscar alternativas a los combustibles fósiles, entre otras cosas, porque estamos llegando al principio del fin de la producción de petróleo, pero sobre todo porque los efectos destructivos que provocan los combustibles fósiles –agotamiento permanente de las fuentes de agua, deforestación, inundaciones, vertidos tóxicos, incendios, huracanes, subida de los niveles del mar, etc.– son cada vez más palpables para la mayoría de la población mundial.
Recientemente se filtró a la prensa un informe sobre cambio climático que está preparando el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Se trata de un informe sobre los impactos del calentamiento global a 1,5°C sobre los niveles preindustriales. Según los datos obtenidos por Reuters, si se sigue en el ritmo actual de emisiones, se sobrepasará este límite en 2040, lo cual conllevará impactos graves sobre muchos países, principalmente Estados islas y con costas bajas, daños probablemente irreversibles a los arrecifes de coral -que son el primer eslabón de la cadena alimentaria marina- y derretimiento del hielo en Groenlandia y la Antártida occidental. Aunque el informe es un borrador y el IPCC declaró que puede cambiar luego de las revisiones a las que será sometido, no van a cambiar los datos de la ciencia, lo que podría –y debería– cambiar son las propuestas que hace el IPCC frente a esta realidad.
Los gases contaminantes provenientes de la industria, la agricultura y los automóviles están dentro de las principales causas del cambio climático. Foto: Billy Wilson.
Por: Gerardo Honty – diciembre 4 de 2017
El pasado 6 de noviembre la Organización Meteorológica Mundial (OMM) publicó un avance de su informe “Estado del clima mundial 2017”. Allí se anuncia que este año va a ser uno de los tres más cálidos jamás registrados -los otros dos fueron 2015 y 2016- con cada vez más frecuentes episodios de efectos devastadores, como huracanes, inundaciones, olas de calor y sequías. De enero a septiembre de 2017 se registró una temperatura media global de aproximadamente 1,1°C por encima de los niveles preindustriales y el período de 2013 a 2017 será el quinquenio más cálido jamás registrado.
En una conmovedora iniciativa que abre nuevos escenarios frente al cambio climático, un grupo de 21 niños inició una acción judicial contra Washington. El razonamiento es claro: estos niños se presentaron como representantes de las generaciones futuras, sosteniendo que en tanto el Gobierno permite el avance del cambio climático este viola sus derechos constitucionales a un ambiente sostenible en el futuro. Esos niños, una vez adultos, así como sus hijos, nietos y bisnietos, no contarán con un ambiente de adecuada calidad e, incluso, sus vidas podrán estar comprometidas.
El primero en elaborar una ecología de la Tierra como un todo, todavía en los años 20 del siglo pasado, fue el geoquímico ruso Vladimir Ivanovich Vernadsky (1963-1945). El autor confería carácter científico a la expresión ‘biósfera’, creada en 1875 por el geólogo austriaco Eduard Suess. En los años 70, con James Lovelock, se desarrolló la teoría de Gaia, según la cual la Tierra se comporta como un superorganismo vivo que siempre produce y reproduce vida. Gaia, nombre griego para la Tierra viva, no es un tema de la Nueva Era sino el resultado de minuciosas observaciones científicas.
La comprensión de la Tierra como Gaia ofrece la base para políticas globales, como por ejemplo el control del calentamiento global. Si sobrepasa dos grados celsius -estamos cerca de eso-, miles de especies vivas no tendrán capacidad de adaptarse y minimizar los efectos negativos de la situación así modificada. Desaparecerían. Si se produjese en este siglo un ‘calentamiento abrupto’ de entre 4 y 6 grados celsius, como prevé la sociedad científica norteamericana, las formas de vida que conocemos no subsistirían y la supervivencia de gran parte de la humanidad correría serio peligro.
Varios científicos, especialmente el holandés Paul Creutzen, premio Nobel de química, y el biólogo Eugene Stoermer, se dieron cuenta, ya en el año 2000, de los cambios profundos ocurridos en la base físico química de la Tierra y acuñaron la expresión ‘antropoceno’. Desde 2011 esta expresión viene ocupando páginas en los periódicos.
Con el antropoceno se quiere señalar el hecho de que la gran amenaza de la biósfera, que es el hábitat natural de todas las formas de vida, es la agresión sistemática de los seres humanos a todos los escenarios que, juntos, forman el planeta Tierra.
El antropoceno es, entonces, una especie de bomba de relojería que se está montando, y que, al explotar, puede poner en peligro todo el sistema vida, la vida humana y nuestra civilización. Se plantea la pregunta: ¿qué hacemos colectivamente para desarmarla? Aquí es importante identificar lo que hicimos para que se conformase esta nueva era geológica: algunos lo atribuyen a la introducción de la agricultura hace 10.000 años, cuando empezamos a intervenir en los suelos y en el aire; otros creen que fue a mediados del siglo XVIII, cuando se inició el proceso industrial que implica una intervención sistemática en los ritmos de la naturaleza, introduciendo contaminantes en los suelos, en las aguas y en el aire; y algunos sitúan la fecha en 1945, con la explosión de dos bombas atómicas sobre Japón y los posteriores experimentos atómicos que dispersaron radiactividad por la atmósfera.
En los últimos años, las nuevas tecnologías que han actuado sobre la Tierra, agotando sus bienes y servicios naturales, han causado también que se lancen a la atmósfera toneladas de gases de efecto invernadero y se depositen miles de millones de litros de fertilizantes químicos en los suelos, que causan el calentamiento global y otros eventos extremos.
El imperativo categórico es cambiar nuestra relación con la naturaleza y la Tierra: ya no se la puede considerar un mostrador de recursos de los que podemos disponer a nuestro gusto, principalmente para la acumulación privada de bienes materiales. La Tierra es pequeña y sus bienes y servicios son limitados. Es necesario producir todo lo que necesitamos, no para un consumo desmedido sino para una sobriedad compartida, respetando los límites de la Tierra y pensando en las necesidades de los que vendrán después de nosotros. La Tierra les pertenece a ellos y se la tomamos prestada para devolvérsela enriquecida.
Como se deduce, cabe subrayar que tenemos que inaugurar el contrapunto a la era del antropoceno, que es la era del ecoceno, es decir, una en la que la preocupación central de la sociedad ya no será el desarrollo o crecimiento sostenible sino la ecología. En el ecoceno debe garantizarse el mantenimiento de toda la vida y a ello deben servir la economía y la política.
Para preservar la vida es importante la tecnociencia, pero igualmente la razón cordial y sensible. En ella se encuentra la base de la ética, la compasión, la espiritualidad y el cuidado fervoroso de la vida. Esta ética del cuidado imbuido de una espiritualidad de la Tierra nos comprometerá con la vida contra el antropoceno. Por lo tanto, es necesario construir una nueva óptica que nos abra hacia una nueva ética, poner sobre nuestros ojos una nueva lente para que nazca una nueva mente. Tenemos que reinventar al ser humano para que sea consciente de los riesgos que corre, pero, sobre todo, para que desarrolle una relación amistosa hacia la Tierra y se haga el cuidador de la vida en todas sus formas.
Hace 65 millones de años cayó un meteoro de 9,6 km de diámetro en la península de Yucatán en México. Su impacto fue equivalente a 2 millones de veces la energía de una bomba nuclear. Tres cuartos de las especies vivas desaparecieron y, junto con ellas, todos los dinosaurios, que habían vivido durante 133 millones de años sobre la faz de la Tierra. Nuestro ancestral, pequeño mamífero, sobrevivió.
Ojalá esta vez el meteoro rasante no seamos nosotros, carentes de responsabilidad colectiva y sin el cuidado esencial que protege y salva la vida.
El prolífico escritor Uruguayo Eduardo Galeano, en uno de los apartes finales de su libro «Patas arriba: la escuela del mundo al revés», nos induce a imaginarnos un escenario hipotético donde la Iglesia dictará un nuevo mandamiento –que, por cierto, se le había olvidado a Dios–: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte». Pensándolo bien, esta idea no estaría del todo mal, sobre todo si de esta forma entran en razón quienes destruyen a la Madre Naturaleza, Gaia, Pachamama o como bien se la quiera llamar, con el fin de aumentar la relación costo beneficio de sus lucrativos negocios e inversiones. Sin embargo, no creo que a los testaferros de Dios en la tierra les interese pronunciarse al respecto y menos en un escenario como el planteado el pasado diciembre en la COP17 ó XVII Conferencia del Cambio Climático, realizada en la cuidad de Durbán (Sudáfrica). Las grandes potencias no aceptaron que se pusiera sobre la mesa una nueva discusión frente al efecto que produce el gas metano, el cual es veinte veces más contaminante y genera un efecto invernadero más fuerte que otras sustancias de procedencia y características similares.