Por: Juan Diego García
El coronavirus pone de manifiesto todas las debilidades del actual orden capitalista. Por supuesto, también muestra su enorme capacidad de acomodarse a las crisis, ahora y en el pasado.
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El coronavirus pone de manifiesto todas las debilidades del actual orden capitalista. Por supuesto, también muestra su enorme capacidad de acomodarse a las crisis, ahora y en el pasado.
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Por: Juan Diego García – diciembre 3 de 20118
Algunos de los acontecimientos en curso justificarían la idea de que existe un retorno del fascismo en buena parte del planeta. En efecto, como antaño, estamos ante un retroceso nada desdeñable del llamado ‘Estado de derecho’, es decir, ante el abandono de las formas democráticas del dominio burgués –la ‘dictadura democrática de la burguesía’– y la instauración en su lugar de formas que en tantos aspectos muestran semejanzas con las formas clásicas del fascismo.
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Por: Alberto Vargas – julio 4 de 2018
De acuerdo a cifras oficiales de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), actualmente casi 2.400 millones de personas no tienen acceso a los servicios básicos de saneamiento del agua y alrededor de 1.000 niños mueren diariamente en todo el mundo por esta carencia. La ONU indica, también, que actualmente la escasez de agua afecta a más del 40 por ciento de la población en el mundo, con altas probabilidades de que la proporción aumente. Al menos 1.800 millones de personas consumen aguas contaminadas con materia fecal y más del 80% de estas aguas se vierten en el mar o los ríos sin que se eliminen los contaminantes.

Por: Leonardo Boff – octubre 17 de 2017
El primero en elaborar una ecología de la Tierra como un todo, todavía en los años 20 del siglo pasado, fue el geoquímico ruso Vladimir Ivanovich Vernadsky (1963-1945). El autor confería carácter científico a la expresión ‘biósfera’, creada en 1875 por el geólogo austriaco Eduard Suess. En los años 70, con James Lovelock, se desarrolló la teoría de Gaia, según la cual la Tierra se comporta como un superorganismo vivo que siempre produce y reproduce vida. Gaia, nombre griego para la Tierra viva, no es un tema de la Nueva Era sino el resultado de minuciosas observaciones científicas.
La comprensión de la Tierra como Gaia ofrece la base para políticas globales, como por ejemplo el control del calentamiento global. Si sobrepasa dos grados celsius -estamos cerca de eso-, miles de especies vivas no tendrán capacidad de adaptarse y minimizar los efectos negativos de la situación así modificada. Desaparecerían. Si se produjese en este siglo un ‘calentamiento abrupto’ de entre 4 y 6 grados celsius, como prevé la sociedad científica norteamericana, las formas de vida que conocemos no subsistirían y la supervivencia de gran parte de la humanidad correría serio peligro.
Varios científicos, especialmente el holandés Paul Creutzen, premio Nobel de química, y el biólogo Eugene Stoermer, se dieron cuenta, ya en el año 2000, de los cambios profundos ocurridos en la base físico química de la Tierra y acuñaron la expresión ‘antropoceno’. Desde 2011 esta expresión viene ocupando páginas en los periódicos.
Con el antropoceno se quiere señalar el hecho de que la gran amenaza de la biósfera, que es el hábitat natural de todas las formas de vida, es la agresión sistemática de los seres humanos a todos los escenarios que, juntos, forman el planeta Tierra.
El antropoceno es, entonces, una especie de bomba de relojería que se está montando, y que, al explotar, puede poner en peligro todo el sistema vida, la vida humana y nuestra civilización. Se plantea la pregunta: ¿qué hacemos colectivamente para desarmarla? Aquí es importante identificar lo que hicimos para que se conformase esta nueva era geológica: algunos lo atribuyen a la introducción de la agricultura hace 10.000 años, cuando empezamos a intervenir en los suelos y en el aire; otros creen que fue a mediados del siglo XVIII, cuando se inició el proceso industrial que implica una intervención sistemática en los ritmos de la naturaleza, introduciendo contaminantes en los suelos, en las aguas y en el aire; y algunos sitúan la fecha en 1945, con la explosión de dos bombas atómicas sobre Japón y los posteriores experimentos atómicos que dispersaron radiactividad por la atmósfera.
En los últimos años, las nuevas tecnologías que han actuado sobre la Tierra, agotando sus bienes y servicios naturales, han causado también que se lancen a la atmósfera toneladas de gases de efecto invernadero y se depositen miles de millones de litros de fertilizantes químicos en los suelos, que causan el calentamiento global y otros eventos extremos.
El imperativo categórico es cambiar nuestra relación con la naturaleza y la Tierra: ya no se la puede considerar un mostrador de recursos de los que podemos disponer a nuestro gusto, principalmente para la acumulación privada de bienes materiales. La Tierra es pequeña y sus bienes y servicios son limitados. Es necesario producir todo lo que necesitamos, no para un consumo desmedido sino para una sobriedad compartida, respetando los límites de la Tierra y pensando en las necesidades de los que vendrán después de nosotros. La Tierra les pertenece a ellos y se la tomamos prestada para devolvérsela enriquecida.
Como se deduce, cabe subrayar que tenemos que inaugurar el contrapunto a la era del antropoceno, que es la era del ecoceno, es decir, una en la que la preocupación central de la sociedad ya no será el desarrollo o crecimiento sostenible sino la ecología. En el ecoceno debe garantizarse el mantenimiento de toda la vida y a ello deben servir la economía y la política.
Para preservar la vida es importante la tecnociencia, pero igualmente la razón cordial y sensible. En ella se encuentra la base de la ética, la compasión, la espiritualidad y el cuidado fervoroso de la vida. Esta ética del cuidado imbuido de una espiritualidad de la Tierra nos comprometerá con la vida contra el antropoceno. Por lo tanto, es necesario construir una nueva óptica que nos abra hacia una nueva ética, poner sobre nuestros ojos una nueva lente para que nazca una nueva mente. Tenemos que reinventar al ser humano para que sea consciente de los riesgos que corre, pero, sobre todo, para que desarrolle una relación amistosa hacia la Tierra y se haga el cuidador de la vida en todas sus formas.
Hace 65 millones de años cayó un meteoro de 9,6 km de diámetro en la península de Yucatán en México. Su impacto fue equivalente a 2 millones de veces la energía de una bomba nuclear. Tres cuartos de las especies vivas desaparecieron y, junto con ellas, todos los dinosaurios, que habían vivido durante 133 millones de años sobre la faz de la Tierra. Nuestro ancestral, pequeño mamífero, sobrevivió.
Ojalá esta vez el meteoro rasante no seamos nosotros, carentes de responsabilidad colectiva y sin el cuidado esencial que protege y salva la vida.
Por: Juan Diego García – julio 24 de 2017
Como una peste, la corrupción permea todo el orden social en el mundo y son excepcionales los países que pueden ufanarse de no padecer este mal que amenaza con derruir todo el sistema, con independencia de los esfuerzos de la clase dominante por adecuar el funcionamiento de las leyes vigentes a sus propósitos, es decir, asegurarse la impunidad total o al menos alguna de sus formas: penas de prisión puramente nominales, casa por cárcel, oportuna huida a algún paraíso penal -Estados Unidos, por ejemplo-, ninguna obligación de devolver lo robado y, lo que es más común, cortas penas de prisión tras las cuales el culpable tiene asegurado un retiro lleno de comodidades en algún lugar del Caribe.

Por: Luis Arizmendi* – marzo 15 de 2017
El arribo de Trump a la Casa Blanca proyecta necesidades reales de reconfiguración del capitalismo estadounidense y del capitalismo mundial. Un complejo choque entre la geopolítica del siglo XX y la emergencia de una geopolítica inédita para el siglo XXI está en curso.
Por: Marta Lucía Fernández Espinosa
Claro que el capitalismo ha sido el enemigo, pero es un enemigo nuevo, recién aparecido. Las mayorías de pobres en el mundo son mucho más antiguas. Tal vez se piense que las empresas financieras son hermanas gemelas de las industriales y se tienda a poner en el mismo saco a capitalistas y banqueros, no obstante, la actividad bancaria es mucho más antigua que el capitalismo. Unos y otros han llegado a inconciliables hostilidades, ya que el esfuerzo riesgoso del industrial no se compara con la holgazanería parasitaria del banquero, más o menos como lo afirmara Henry Ford en las primeras décadas del siglo XX.
Por: Juan Diego García – julio 14 de 2012
Los argumentos que esgrimen las comunidades afectadas por las modernas explotaciones mineras en América Latina se refieren, al menos, a tres aspectos diferentes: las condiciones técnicas propias de este tipo de explotaciones y su impacto, las condiciones institucionales y políticas del país, y los inconvenientes de un modelo económico orientado fundamentalmente a exportar materias primas como recurso estratégico para impulsar el desarrollo.