
Por: Rodolfo Celis – junio 16 de 2016
Hubo un tiempo, por allá en los ochenta, cuando los escarabajos enamoraron a Europa. Pocos sabían en el pelotón de dónde habían llegado, pero había rasgos que les caracterizaban: un color de piel aindiado, unas fisonomías obreras, un hablar bajito, monosilábico, que rehuía de la cámara.

