Por: Manuela Torres * – diciembre 7 de 2012
En nuestro medio, el trabajo doméstico siempre ha tenido una connotación asociada al servilismo, a la discriminación racial e, incluso, a la esclavitud. Además, es un oficio ejercido casi exclusivamente por mujeres, gran parte de ellas migrantes de las zonas rurales. Hoy, que la legislación laboral en muchos países ha comenzado a reconocer los derechos de quienes se dedican a esta actividad –hay un convenio de la Organización Internacional del Trabajo al respecto–, no son pocos los empleadores que los pasan por alto y el maltrato continúa siendo un común denominador. Es el caso de María Inés Arango y Rosmery Tuberquia, dos mujeres que llegaron a Medellín huyendo de la violencia en el campo antioqueño para dedicarse al oficio doméstico, que se convirtió en su única opción laboral dado su escaso nivel educativo y el total desconocimiento de las posibilidades de la vida urbana, pero fueron víctimas de personas inescrupulosas que las explotaron laboralmente, aprovechándose de su ignorancia sobre sus propios derechos.
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