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  • La autonomía perdida: todo el tiempo

    Ignora el preso de qué lado se inclina la balanza, pero es tanto la tardanza que yo les digo por mí: el hombre que entra allí, deja afuera la esperanza.

    Filosofía de un Confinado, Bobby Valentín va a la Cárcel (Vol. 2), 1975

    Por: C. TRaven

    Camila Botero nació en Medellín y se crió en Pereira, en una zona rural a la que su familia llegó cuando ella tenía doce años. Pereira es un espacio intermedio con historia de organización obrera y sindical que Camila conoció desde la infancia, cuando su madre la llevaba a plantones de trabajadoras en huelga en una fábrica de Dosquebradas. Esa experiencia temprana no la convirtió en militante: la militancia vendría después, por otras rutas, pero sí depositó en ella una disposición a interrogar el orden de las cosas antes de aceptarlo.

    Su trayectoria escolar muestra la tensión característica de los sectores populares con capital cultural pero sin respaldo institucional. Era buena estudiante y al mismo tiempo, según sus propias palabras, ‘ponía muchos problemas por todo’. En la infancia quiso ser química, después de leer la biografía de Marie Curie. Un deseo que no se sostuvo en el campo científico colombiano que no ofrece a las mujeres de su posición social las condiciones para que persista, para que se convierta en trayectoria real.

    Lo que vino después: seis años de militancia en el Ejército de Liberación Nacional, en un equipo de comunicación en el Chocó. Puede leerse como la prolongación de esa misma disposición, re encauzada hacia el campo político: la misma curiosidad, el mismo rechazo de las categorías heredadas, el mismo impulso hacia lo que ella llama “explorar lo diferente”. En mayo de 2022, Camila fue capturada en Pereira. Tenía veintiocho años.

    La operación desplegada tuvo helicópteros, decenas de uniformados, allanamiento de la vivienda materna. No era un procedimiento policial ordinario, era una puesta en escena del poder estatal, diseñada para neutralizar al individuo y producir efectos de sentido en el entorno social. Fue imputada por el delito de rebelión y permaneció privada de la libertad durante cuarenta y dos meses en la cárcel de mujeres El Buen Pastor de Bogotá.

    Lo que sigue es parte de su relato, producido en una entrevista para el podcast Kja Xonora, y su sección: ‘Duendialogando’ conducida por Gustavo Gómez.

    El momento exacto

    — Mila: (…) sí sabía que me estaban buscando, que estaba individualizada ya por la policía. Porque se me quedaron los papeles en un operativo, pues… la cédula y eso…

    —Gustavo Gómez: Individualizada es… ¿que ya te estaban haciendo el seguimiento?

    — Mila: ¡Ajá!, pero realmente no pensé que me fueran a capturar. Ya las personas con las que milité, los mandos, los habían matado. Entonces yo estaba ya como… sin saber qué hacer. Y me fui para la casa de mi mamá y la casa de mi mamá estaba vigilada. (…) Estaba acompañando a mi primita que se iba a cambiar de ropa. Y… como por abajo de mi casa, por ahí llegó un montón de gente, y por arriba con helicópteros, pues gente enfusilada.

    —Gustavo Gómez: ¿Helicópteros y todo?

    — Mila: Sí, muy armados, subían pues como por la loma de mi casa, mucha gente.

    La muerte de los mandos, la soledad que sobreviene, el refugio en la casa materna que resulta ser una trampa: la secuencia no es accidental ni biográficamente particular. Es la lógica del campo policial-militar operando sobre una trayectoria individual con la eficiencia de quien conoce los mapas del afecto y del territorio.

    El hogar materno, ese espacio que condensa la protección simbólica más básica, se convierte en el punto exacto donde la persecución se cierra. Hay en eso una violencia que va más allá del procedimiento jurídico: el Estado llega precisamente por donde el cuerpo busca refugio.

    Lo que sustrae el encierro

    Cuando Gustavo Gómez pregunta qué le quitó la cárcel, Camila no menciona el tiempo perdido ni la libertad de movimiento en abstracto. La respuesta va a algo más preciso:

    —Mila: Lo que yo sentía que me estaban quitando era la autonomía, decidir sobre eso… yo estaba en mi casa muchos días porque quería estar ahí, no porque me obligaran. Entonces pierdes toda la autonomía, toda la posibilidad de decidir a qué hora te despiertas, qué comes, si quieres desayunar hoy o no… a quién quieres abrazar.

    La distinción que Camila establece —entre permanecer en casa por elección y permanecer en una celda por obligación— tiene una precisión filosófica que ningún vocabulario técnico hubiera expresado mejor. Lo que el encierro sustrae no es el movimiento sino la condición de agente: la capacidad de producir las propias prácticas desde un lugar reconocible como propio. La indeterminación temporal que describe: ‘no saber cuándo va a salir’ – agrava ese despojo: sin horizonte, las decisiones cotidianas pierden el sentido que les da la continuidad.

    El cuerpo sigue actuando, pero la acción ha quedado desconectada de cualquier proyecto.

    La forma contemporánea del castigo

    Camila aborda el tema de la tortura con una cautela que es en sí misma informativa. Sabe que la palabra puede ser impugnada, que hay escalas de credibilidad que el campo mediático y judicial asignan de manera diferencial a quienes la pronuncian según su posición. Por eso la introduce con matices y la ancla en lo que puede describir con certeza:

    — prohibieron que castigaran a la gente como de forma individual en esas jaulas, pues sí, en esas celdas que se llamaban UTE, que eran como en sótanos oscuros, eso lo prohibieron, pero entonces ya lo que hacen es castigos colectivos. Entonces, por ejemplo, si se están portando mal, entre comillas, en un patio, como que castigan a todo el patio con un operativo o trasladan personas de ese patio.

    El desplazamiento de la sanción individual hacia el castigo colectivo no es una suavización del régimen penitenciario: es su sofisticación. Es más eficiente, menos visible, y más difícil de impugnar jurídicamente. Al hacer recaer la consecuencia sobre el grupo, el sistema convierte a cada presa en reguladora del comportamiento de las demás, sin que ninguna autoridad tenga que ejercer una coacción directa y verificable.

    La amenaza distribuida reemplaza a la amenaza localizada, y produce una forma de sometimiento más difícil de documentar y, por tanto, de resistir.

    La tristeza como condición objetiva

    Ilustración: cj_dsgn

    Hay un punto en la conversación en que Camila abandona el registro político y habla desde la percepción corporal directa. No describe la tristeza como un estado de ánimo ni como una reacción a eventos específicos:

    — Mila: En la cárcel (la tristeza) es como… todo el tiempo, todo el tiempo. Entonces yo también decía, no es que una no sienta tristeza, o que no la sepa pilotear, sino que debe hacer algo como en el cuerpo… existir en tristeza todo el tiempo.

    — Gustavo Gómez: Constante.

    — Mila: Si …, ¡eso debe dañar algo!.

    La tristeza que Camila describe no es subjetiva en el sentido de ser variable o contingente: es el resultado previsible de la privación sistemática de las condiciones mínimas de la vida social. «Existir en tristeza todo el tiempo» es una formulación que capta algo que el lenguaje clínico tiende a psicologizar y el lenguaje político tiende a heroizar.

    Camila no hace ninguna de las dos cosas: registra un daño corporal con la misma sobriedad con que antes describió la mecánica del castigo colectivo. Y frente a ese daño, lo que encontró no fue redención sino recursos: la lectura, la amistad, la radio clandestina, la colectiva El Mal Rebaño. Recursos que ella misma distingue de cualquier narrativa consoladora: son herramientas para seguir, y para que lo que vivió tenga algún uso político fuera de los muros.

    — La cárcel me dio la Kja Xonora, que es increíble, pero también un montón de amigas allá, que son seres hermosos, increíbles, brutales, un montón de experiencias, y me dio la posibilidad de leer como un hijueputa, me dio la posibilidad de estudiar (…) como de ver el mundo desde otro lugar, como situarme en otro espacio en el que no había estado, y que es muy difícil, pero existe, y la gente lo tiene que padecer. Entonces, como ya entrados en gastos, bueno, vamos a sacarle esto, y lo chimba que es poder… experimentar también, como sentir lo que la gente sufre, parce, para decir: cómo, esto no puede pasar, o existir.

    Hacia la comprensión

    El relato de Camila Botero resulta incómodo para las dos lecturas disponibles que la sociedad colombiana suele aplicar a quienes estuvieron presos por delitos políticos: la que los convierte en héroes y la que los trata como enemigos merecedores del castigo que recibieron.

    Ambas lecturas son formas de clausura: la primera cancela el análisis detrás de la admiración; la segunda lo cancela detrás del juicio moral.

    Lo que el relato de Camila exige, si uno acepta seguirlo hasta el final (disponible en KjaXonora Radio Web), es algo más difícil: entender cómo una trayectoria particular: hija de una familia trabajadora de Pereira, lectora desde la infancia, curiosa de vocación, comunicadora por elección, llegó a ese punto de la estructura social donde el Estado aplica lo que ella misma llama el derecho penal del enemigo: la suspensión de las garantías ordinarias para quienes han sido clasificados como amenaza al orden constitucional.

    Esa clasificación no es neutra ni universal. Recae de manera sistemática sobre quienes, desde posiciones sociales específicas, deciden nombrar las contradicciones del orden establecido y negarles la legitimidad que ese orden reclama para sí.

    La cárcel, en este registro, no es el resultado de una culpa individual: es el instrumento con que una estructura social particular gestiona la disidencia de quienes no tienen acceso a los mecanismos institucionales de impugnación.

    las relaciones humanas no deben ser a través del castigo

    Camila Botero – Foto: El Mal Rebaño

    Camila sale de la cárcel sin pedir comprensión. Quiere estudiar, sistematizar lo que vivió, escribirlo. Y quiere, sobre todo, que «estos lugares no existan». No es un deseo abstracto: es el programa político de alguien que conoce desde adentro el mecanismo que pretende desmantelar. Ese es, posiblemente, el capital más durable que el encierro no pudo quitarle.

    — Mila: Bueno, ya, pero me siento mejor, Sí, ya respiré…

    — Gustavo Gómez :Le tocamos las fibritas a Milita, ahí van viendo que es que ella también se tiene su corazón y su sentimiento (…) Vamos a continuar con esta charla, que no es con cualquiera tampoco, porque es que la Milita es un personaje de esos que yo quería tener en mi sección, y es la primera que estrena, esto en vivo, y no va a ser la última.

    — Gustavo Gómez : Milita, ¿crees que algo cambió tu manera de pensar después de estar encanada?

    — Mila: Parce de todo, todo. Yo, a pesar de que militaba en una organización revolucionaria, pues como que no prestaba mucha atención al tema, al asunto de las personas privadas de la libertad, y en general de la privación de la libertad, marica. Y esta experiencia para mí cambió toda la forma como de.., incluso de concebir las relaciones humanas no deben ser a través del castigo, ni de la culpa, ni del control y la vigilancia.

    O sea que… parce, siempre hay que procurar la libertad de las otras personas que te rodean. Eso me cambió completamente, y que no deben existir las prisiones porque son lugares horribles.


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  • Masacre de presos en la cárcel La Modelo

    Por: Equipo Jurídico Pueblos y Gearóid Ó Loingsigh

    En la noche del 21 de marzo y la madrugada del 22, las fuerzas del Estado colombiano entraron por la fuerza a la cárcel La Modelo de Bogotá, asesinando a 23 presos e hiriendo a 83 como respuesta a las protestas y peticiones de los reclusos ante el pésimo estado sanitario que reina en los establecimientos penitenciarios y que hacen temer por un futuro brote de COVID-19. El director del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec), general Norberto Mujica, y la ministra de Justicia, Margarita Cabello, intentaron justificar la masacre alegando que no se buscaba reprimir las protestas legítimas de los presos sino evitar un plan de fuga masivo que había sido detectado días antes.

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  • La Tramacúa debe cerrarse

    Con actos culturales como este, familiares de los presos y defensores de derechos humanos han exigido que se cumpla lo dispuesto por la corte Constitucional y se cierre de inmediato la cárcel de La Tramacúa - Foto: Marcela Zuluaga.
    Con actos culturales como este, familiares de los presos y defensores de derechos humanos han exigido que se cumpla lo dispuesto por la corte Constitucional y se cierre de inmediato la cárcel de La Tramacúa – Foto: Marcela Zuluaga.

    Por: Marcela Zuluaga – mayo 14 de 2016

    En lo corrido del año, los internos de la cárcel de máxima y mediana seguridad de Valledupar (Cesar) han realizado dos huelgas de hambre exigiendo el cierre del penal conocido popularmente como La Tramacúa.

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  • ¿Qué está pasando en las cárceles colombianas?

    "Atrapado" - Foto: Guillermo Ruiz.
    «Atrapado» – Foto: Guillermo Ruiz.

    Por: July Henríquez Sampayo – marzo 3 de 2016

    Las cárceles y las penitenciarías del país son una caja de Pandora que se abre periódicamente y de la que llueven cada tanto las noticias de las tragedias de turno que padecen los más de 120.444 seres humanos que han sido sancionados con el encierro, del infierno cotidiano que ningún ser humano debería tolerar.

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  • La ley de los Nule, la ley del embudo

    Algunos de los elementos prohibidos incautados a los primos Nule - Foto: Inpec

    Por: Miguel Ángel Beltrán Villegas – mayo 11 de 2013

    “Para este caso, el señor juez ha considerado que asistir a la primera comunión de su hijo Felipe Nule es un acto trascendental para el interno y al Inpec lo que le corresponde es cumplir con la orden del señor juez”. Con estas palabras el general Gustavo Adolfo Ricaurte justificó ante los medios de comunicación su decisión de permitir la salida de la cárcel del empresario Manuel Nule, recluido en la penitenciaría La Picota de Bogotá, con el fin de participar en la ceremonia de primera comunión de su hijo en Cartagena. Un viaje que costó cinco millones de pesos, dinero que pagaremos los contribuyentes colombianos.

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  • Colombia entre rejas

    El caso de 'La Tramacúa' ha sido el más sonado caso de violaciones a los derechos humanos de los presos políticos en Colombia - Foto: Comité de Solidaridad con los Presos Políticos

    13 de abril de 2012

    Entre el 20 y el 24 de marzo, 555 prisioneros políticos desarrollaron una jornada nacional de huelga de hambre en 11 reclusiones del país. El motivo de la protesta fue el de rechazar los pronunciamientos del vicepresidente Angelino Garzón y del ministro de Justicia, Juan Carlos Esguerra, que niegan la existencia de prisioneros políticos en Colombia. Además, los reclusos exigieron el ingreso de la Comisión Internacional de Observación de la Situación de Derechos Humanos en las Reclusiones Colombianas y de las y los Prisioneros Políticos, para que sus miembros constaten las situación degradante que soportan y las vulneraciones a los derechos humanos que padecen.

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  • Los Nule y los ‘nulos’ del sistema penitenciario colombiano

    Algunos de los elementos prohibidos incautados a los primos Nule - Foto: Inpec

    Por: Miguel Ángel Beltrán V. * – febrero 8 de 2012

    Los medios de comunicación dieron a conocer la semana pasada un nuevo escándalo de corrupción en la Cárcel Nacional Picota, esta vez por cuenta de los empresarios Miguel, Manuel y Guido Nule, procesados por el llamado ‘Carrusel de la Contratación en Bogotá’ y condenados a una penas ínfimas de siete años y medio –en el caso de su socio Mauricio Galofre, la pena fue de sólo seis años y ocho meses– por el delito de peculado por manejo irregular y apropiación de cerca de $70.000 millones en anticipos para la ejecución de tres contratos que le fueron entregados por el Instituto de Desarrollo Urbano (IDU). De acuerdo con la información suministrada por los medios, un registro rutinario realizado por guardias del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) puso en evidencia que los empresarios Nule contaban en su ya exclusivo sitio de reclusión con teléfonos celulares, computadores, IPods, una consola de juegos Play Station y hasta más de medio millón de pesos en efectivo, todos ellos artículos prohibidos por la normatividad penitenciaria y carcelaria.

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  • En penitenciaría de Valledupar planean asesinar presos políticos

    Por: Fermín Romero – enero 27 de 2009

    Internos del centro de reclusión de Valledupar denuncian que se están planeando asesinatos de presos políticos del Patio 2° al interior del penal.

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  • Funcionarios del Inpec estarían preparando falsas desmovilizaciones

    Por: Fermín Romero* – junio 23 de 2008

    La denuncia la realizaron presos políticos de la cárcel de Girón en Santander, el día 19 de junio. Acusan al Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec), institución que depende y dirige presidencia, de preparar falsos positivos y de buscar desprestigiar a las organizaciones insurgentes para evitar un intercambio humanitario. Afirman que, el pasado 18 de junio en horas de la mañana, funcionarios del Inpec llevaron hasta un patio de visitas a cerca de 35 presos políticos, algunos de los talleres y otros de los patios 10b y 8, a quienes propusieron convertirse en delatores dentro del marco de la Ley de Justicia y Paz.

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