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  • Derrotando la doctrina donroe: América Latina puede resistir la extorsión de los cañones de Trump

    Derrotando la doctrina donroe: América Latina puede resistir la extorsión de los cañones de Trump

    Por: Nancy Okail y Michel Paalberg

    La violencia performativa, es decir, ejecuciones sin juicio en el mar, oscurece la manera en que la administración está construyendo una nueva política de Estados Unidos hacia el hemisferio: actos de asesinato como herramienta para crear estructuras permanentes de dominación y extracción.

    «El dominio estadounidense en el Hemisferio Occidental nunca volverá a cuestionarse», declaró el Departamento de Estado en un nuevo video que vincula, de manera algo improbable, la Doctrina Monroe de 1823 con el asesinato de personas en embarcaciones en el Caribe y el Pacífico, 200 años después.

    Hacer estallar lanchas rápidas supuestamente para detener el contrabando de fentanilo, que cabe señalar, no llega a Estados Unidos en lanchas rápidas, parece carente de sentido. Como estrategia antinarcóticos es ineficaz, una valoración compartida por la DEA.

    Plasmada en la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de diciembre de 2025, la «Doctrina Donroe» busca restaurar la preeminencia estadounidense en una región que ha sido eclipsada por China, convertir reclamos de seguridad en autoridad militar excepcional contra los «narcoterroristas», institucionalizar esa autoridad mediante órdenes permanentes, «reclutar y ampliar» gobiernos alineados con Washington, y usarla para asegurar acceso estratégico y comercial. El fin deseado: cooperación militar, acuerdos comerciales, acceso a minerales críticos y tierras raras, probablemente acompañado de turbios tratos personales para la familia Trump. El retroceso democrático, en una región donde la democracia es aún relativamente joven, es una condición necesaria para su éxito.

    La arquitectura de la Doctrina Donroe sigue en construcción. Los gobiernos latinoamericanos aún pueden resistir las presiones de Washington y negarse a co-crear su orden transaccional. Una mayor integración regional re-equilibraría ese poder de negociación, ayudando a los países con menos poder a imponer condiciones, defender límites constitucionales, rechazar operaciones particulares y soportar los costos de la presión estadounidense. Más de 100 legisladores, líderes políticos y expertos de 15 países se reúnen este fin de semana en el Tercer Congreso Panamericano en Montevideo para fortalecer la colaboración regional, la base de una arquitectura alternativa a una basada en el dominio estadounidense.

    La resistencia a la coerción estadounidense, sin embargo, también depende de la reparación democrática dentro de la región. Los gobiernos capturados por líderes autoritarios no pueden proveer una base duradera para la soberanía. La corrupción erosiona la capacidad estatal y la confianza pública, haciendo más atractivas las soluciones militares extranjeras. La administración Trump apuesta por una doctrina hemisférica que favorece a líderes autoritarios, ávidos de participar en la corrupción.

    La prueba de concepto más visible de la Doctrina Donroe comenzó con ataques aéreos contra embarcaciones frente a la costa de Venezuela, pasó por el asesinato de pescadores en el Pacífico, luego revelado como un programa encubierto de la CIA, y llegó al anuncio, en agosto, de una nueva Fuerza de Tarea Conjunta para el Hemisferio Occidental, que establece un cuartel general permanente para convertir esos asesinatos extrajudiciales en operaciones conjuntas con gobiernos aliados. Esto se corresponde con el Escudo de las Américas de la administración, una coalición de gobiernos latinoamericanos de derecha aliados con la administración Trump. Desde el secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, hasta los asesinatos por ataques a embarcaciones, todo se apoyó en dos guerras infinitas como marco y justificación que precedieron por mucho tiempo a Trump: la Guerra contra las Drogas y la Guerra contra el Terror.

    Convertir a supuestos contrabandistas, muchos de ellos probablemente pescadores, en «narcoterroristas» es una forma de trasladar el tráfico del marco del derecho penal a las autoridades reclamadas en tiempo de guerra. Los sospechosos dejan de ser objeto de investigación para convertirse en blanco de ejecución inmediata, con evaluaciones secretas reemplazando el debido proceso y las pruebas en los tribunales. La urgencia de la seguridad nacional antepone la discrecionalidad del ejecutivo a la autoridad judicial. Los ataques a embarcaciones declaran públicamente la autoridad excepcional del ejecutivo. Los programas del Pentágono y la CIA la institucionalizan.

    Como la Guerra contra el Terror, este encuadre retrata a un enemigo y crea una industria para gestionarlo. Crea sociedades de intercambio de favores con otros gobiernos que aprovechan la cooperación militar para obtener acceso a la asistencia extranjera estadounidense, armas, inteligencia y cobertura diplomática para fines poco decorosos, ya sea la represión interna, la corrupción o el asesinato estatal de su propia gente. Con las encuestas mostrando una confianza decreciente en todas las instituciones excepto en los militares, atizar el miedo a narcoterroristas todopoderosos sirve a los intereses mutuos de los reaccionarios en Washington, Bogotá y Tegucigalpa. El principal riesgo es que crea estructuras burocráticas que sobreviven a las administraciones de turno. Con la cooperación multilateral y las instituciones en declive, este nuevo complejo militar-industrial lo vuelve casi irreversible.

    También crea herramientas para inmiscuirse en la política partidista interna. El éxito del «Escudo de las Américas» de Trump depende del giro continuo de América Latina hacia la derecha. Ecuador y Colombia ya aceptaron ataques militares «conjuntos» en su territorio, que probablemente se convertirán en ataques unilaterales estadounidenses. Trump intervino abiertamente en apoyo a la elección de Nasry Asfura en Honduras, como hace actualmente con Flávio Bolsonaro en Brasil. Que muchos de estos aliados estén ellos mismos vinculados al narcotráfico tiene poca importancia: el presidente de Colombia, de la Espriella, hizo carrera como abogado defensor de grandes narcos; al negocio frutero de la familia del presidente ecuatoriano Noboa se le halló transportando cocaína; y el expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández obtuvo un indulto de Trump tras su condena en Estados Unidos por cargos de narcotráfico.

    El proyecto funciona con mayor facilidad donde los cimientos democráticos son débiles y los líderes enfrentan menos restricciones por parte de los ciudadanos, los congresos, los tribunales y las instituciones independientes, lo cual refleja el propio esfuerzo de Trump por debilitar los frenos a la autoridad del ejecutivo dentro de Estados Unidos. Bukele en El Salvador ofrece el caso estelar del uso del espectro del crimen para consolidar un «estado de excepción» permanente y el autoritarismo. Tales regímenes pueden autorizar operaciones, compartir inteligencia, firmar acuerdos, asignar tierras y suprimir a la oposición con menos escrutinio.

    El escrutinio democrático puede exponer los costos climáticos de la extracción, disputar las asignaciones de tierras y las intervenciones territoriales, exigir transparencia en los contratos e insistir en que la riqueza de los recursos beneficie al público. La corrupción evita esos controles al conectar al poder externo con porteros locales capaces de transferir recursos públicos y proteger el convenio. La falta de transparencia en torno a los más de 13.000 millones de dólares recaudados por Estados Unidos por la venta de petróleo venezolano ilustra la magnitud del problema de rendición de cuentas.

    Para la región, el sistema emergente depende de que los gobiernos elijan participar y de que las instituciones sostengan su autoridad. Como progresistas en Estados Unidos, debemos desafiar las falsas afirmaciones antinarcóticos, el uso de fuerza letal sin control y el desperdicio de recursos públicos que sostienen este proyecto, y exigirle cuentas a nuestro gobierno. La resistencia regional y la reparación democrática deben avanzar juntas.


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  • Las llaves de la paz

    Las organizaciones y movmimientos sociales son actores fundamentales si se quiere hablar de paz en Colombia - Foto: Iván Otero GelabertPor: Juan Diego García – junio 15 de 2012

    El presidente Santos reitera que la llave de la paz la tiene él de manera exclusiva. En consecuencia, rechaza toda iniciativa que no venga del Palacio de Nariño, de suerte que las organizaciones sociales, los movimientos populares y los partidos políticos quedan relegados a la condición de simples espectadores. Además, en la reciente Cumbre de Cartagena de Indias el primer mandatario de Colombia declaró enfáticamente que no deseaba acción alguna por parte de gobiernos extranjeros.

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  • La Celac

    Cumbre de la Celac en Caracas - Foto: Presidencia de Brasil

    Por: Juan Diego García – diciembre 5 de 2011

    La Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac), constituida por los gobiernos del área a inicios de diciembre en Caracas, abre nuevas perspectivas al proceso de integración regional, tiene en sí misma un significado político de no menor importancia y nace, por supuesto, con todas las potencialidades y también con todas las limitaciones que son propias de este tipo de acontecimientos. La comunidad se origina con las fortalezas pero también con las debilidades de sus componentes.

    El acontecimiento tiene variadas lecturas y mientras unos hacen gala de un optimismo sin límites hay por contraste quien considera que la iniciativa nace lastrada por enormes contradicciones y que, en el mejor de los casos, tendrá la existencia formal y vana de la Liga Árabe o la Unión Africana.

    De partida, y no podía ser de otra manera, el distinto peso específico de cada país introduce diferencias en la toma de decisiones, alterando, más allá de la buena voluntad de sus participantes, los alcances reales de la solidaridad regional. No es un secreto para nadie que esta iniciativa constituye una victoria más de la diplomacia de Brasil, la mayor economía de la zona y cuyos intereses como potencia emergente tendrán una influencia decisiva en el devenir de la naciente organización. Las economías menos potentes del área no podrán jugar un papel semejante y se corre el riesgo de reproducir las relaciones de dominación que se buscan superar. Si las diferencias en el grado de desarrollo económico introducen obstáculos internos a los procesos de armonización institucional y política, igual ocurre con la orientación de cada Estado respecto a las relaciones con los países centrales del capitalismo. Pero tales diferencias no significan necesariamente que el proyecto esté condenado al fracaso o a convertirse en una iniciativa sin trascendencia: indican tan sólo que en su funcionamiento efectivo no serán pocas las dificultades que obliguen a temperar un exagerado entusiasmo.

    Si la Celac funciona tan sólo como un reemplazo de la Organización de Estados Americanos (OEA), es decir, como una instancia de resolución pacífica de conflictos entre naciones hermanas, constituye de por si un enorme avance en la medida en que posibilita el ejercicio de la soberanía y debilita la influencia de los Estados Unidos. Si la misma OEA no es ya aquella ‘oficina de colonias yankees’ de otras épocas y la férula de Washington no tiene el efecto determinante de ayer, una Celac que funcione razonablemente puede ir desplazando a la OEA y resolver en la práctica las diferencias actuales entre los gobiernos que desean que la OEA desaparezca, por inútil y perniciosa, y aquellos que prefieren mantener ambos organismos, seguramente por no enemistarse abiertamente con sus amigos estadounidenses.

    Es clara la intención de los gobiernos más proclives a Washington de hacer compatibles estos esfuerzos de unidad continental con los lazos tradicionales que les unen a los Estados Unidos y a Europa. Sin embargo, en defensa de sus intereses económicos, aún los gobiernos menos entusiasmados por los nuevos rumbos regionales no hacen ascos a la búsqueda de otros aliados. Atemorizada por las perspectivas de una gran recesión económica en los mercados tradicionales del Occidente rico, que expone en grado sumo el actual modelo agrominero orientado básicamente a la exportación, la burguesía criolla busca nuevos socios en las llamadas economías emergentes –China e India, en particular– que asegurarían el mantenimiento de las altas tasas de crecimiento de los últimos años en la región.

    Si la Celac se entiende como algo más que una institución para arreglar pacíficamente los conflictos entre socios regionales y se asume como un mecanismo de actuación en el panorama internacional, resulta inevitable que promueva esfuezos mancomunados en todos los órdenes, empezando por el modelo económico y siguiendo por una política exterior de bloque, medidas comunes de defensas de los recursos, promoción de la cultura propia y la misma defensa mancomunada ante cualquier agresión militar que afecte a uno o varios de los Estados miembros.

    Una región que desee mayores grados de autonomía y un desarrollo más equilibrado no puede someterse al juego tramposo de los Tratados de Libre Comercio (TLC), que exponen sus economías a una competencia insostenible y reproducen de hecho las formas clásicas del vínculo colonial tradicional. Economías orientadas a la exportación, carentes de un mercado interno dinámico y que renuncian a un desarrollo industrial y tecnológico propio, convirtiéndose en apéndices menores de las economías metropolitanas, no son precisamente los fundamentos del desarrollo. Los países de la Celac que han firmado este tipo de tratados constituyen un palo atravesado en la rueda del carro del desarrollo regional.

    Siendo rigurosos, no solo sobra la OEA ni los TLC. Tampoco se necesita el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), inoperante tras la guerra de Las Malvinas: una agresión británica a un país miembro del tratado, Argentina; una aventura de claro sabor colonial, frente a la cual los Estados Unidos, violando todos los comprimisos solemnes de la defensa mutua, apoyó abiertamente al Reino Unido. La consecuencia real de la constitución definitiva de la Celac, si se asume rigurosamente el espíritu manifestado en Caracas, debería ser la conformación de un organismo propio de defensa, la declaración de la región como una zona de paz, la exigencia del desmantelamiento inmediato de las bases militares gringas en el área y la suspensión inmediata de la navegación de la IV Flota de los Estados Unidos en el Caribe, una presencia amenazante que ningún país de la región ha solicitado –al menos que se sepa–.

    Pero, sin ir tan lejos, la molestia apenas disimulada de Washington por el nacimiento de la Celac da una idea de su importancia. Para Cuba significa un golpe más –y muy contundente– al aislamiento al que ha sido sometida por los Estados Unidos desde hace casi medio siglo. Para procesos progresistas como el de Venezuela significa, igualmente, el debilitamiento de los esfuerzos de la derecha y de Occidente por derrocar a Chávez y frustar la Revolución Bolivariana. Las perspectivas serán tan alentadoras como lo determine la correlación social de fuerzas que logre generarse. El desarrollo de la Celac depende, fundamentalmente, de la movilización de las poblaciones laboriosas del continente que asuman el reto de alcanzar, esta vez sí, la independencia política, el desarrollo económico y un puesto digno en el concierto de las naciones, poniendo término a los proyectos del ‘Destino Manifiesto’ y de cualquier otra forma de imperialismo que pretenda someter a estos pueblos a la humillante condición de súbditos.