Por: Juan Diego García – junio 29 de 2008
Álvaro Uribe ha celebrado la muerte del líder guerrillero Pedro Antonio Marín con desbordado triunfalismo y no poco morbo, anotándose el deceso como un éxito más de su política de ‘seguridad democrática’. Se comprende que el presidente, enfrentado a crecientes presiones por los compromisos de sus parlamentarios con los crímenes de la extrema derecha y ahora denunciado por la compra de votos parlamentarios para asegurar su reelección, aproveche el acontecimiento de la desaparición del guerrillero más antiguo del mundo para apuntarse el suceso como una victoria propia.