
Por: Omar Vera – diciembre 15 de 2015
Una mañana, cuando tenía nueve años, un estruendo me despertó: a menos de un kilómetro de mi casa, los hombres de Pablo Escobar habían instalado un carro bomba que hizo pedazos la sede del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) en Bogotá. Pocos minutos después, pude ver desde mi ventana la enorme columna de humo que se levantaba formando un hongo que traía a mi cabeza la paranoia nuclear con la que crecimos muchos durante la Guerra Fría, mientras en mi familia crecía la preocupación porque algún pariente hubiera quedado entre los centenares de víctimas, al tiempo que escuchábamos las noticias por la radio.
