Por: Omar Vera – junio 5 de 2010
A la mitad del viaje de la vida, Marina y Jairo se encontraron con un puerto junto al gran río, hasta donde llegaba el aroma del mar que habían olvidado. No se trata de una coincidencia, la mayoría de los colombianos nos hemos olvidado del aroma de la vida, de la gran tragedia humana que viven millones, de las grandes tristezas de los que sufren la pobreza más oprobiosa y el dominio de los señores de la guerra. La película de Carlos Gaviria –Pérez, aclaro para que no quepan confusiones con su homónimo, ese gran intelectual con el corazón a la izquierda– no sólo logra ubicarse dentro de las mejores obras cinematográficas producidas en nuestro país durante los últimos años sino que sacude al espectador de este olvido autoinflingido que nos ha sumido colectivamente en un estado de permanente negación ante lo que somos: una nación sometida por la sangre al imperio de la codicia.