En Guatemala, luego de los acuerdos de paz, se extendió la agroindustria de cultivos como la palma aceitera. Algo similar puede pasar en Colombia. Foto: Omar Vera.
Por: Gearóid Ó Loingsigh – mayo 27 de 2017
Hace 21 años se firmó un acuerdo final entre la guerrilla de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) y el gobierno de Guatemala. Con este se puso fin a una larga sublevación armada contra la oligarquía guatemalteca que comenzó en los años 50 del siglo XX y que, no obstante el lapso de unos años, tuvo mucho que ver con el golpe de Estado que, en 1954, dio la CIA contra el gobierno de Jacobo Árbenz y su programa de reforma agraria. Así, no es sorprendente que el tema agrario fuera un tema clave en las negociaciones.
Aunque la sustitución voluntaria de cultivos declarados ilícitos aparece como eje central del proceso de paz de La Habana, este tiene muchos más temas que aún están crudos y necesitan ponerse en marcha, pues tocan aspectos estructurales de la política de drogas en Colombia, llaman a un giro hacia la salud pública y los derechos humanos, y esperan afectar la política internacional de drogas. ¿Quién se ocupó en pensar en el consumo de sustancias psicoactivas de los excombatientes y los ciudadanos de las zonas de influencia de la guerrilla, una vez se terminaran los fuertes castigos de las FARC frente al consumo?
Menos de la mitad de los 2’612.508 adultos mayores que se calculan en Colombia cuentan con una pensión y muchos soportan graves condiciones de pobreza. Foto: David Gómez.
Por: Carlos J. Díaz Lotero – mayo 17 de 2017
Según la Superintendencia Financiera, en Colombia hay 1’337.723 personas pensionadas, de las cuales el 91% (1’246.643) están en el Régimen de Prima Media administrado por Colpensiones, o sea el régimen público; y el 9% (111.080 personas) en los fondos privados. Además, de los 6,4 millones de afiliados a Colpensiones solo cotizan 2,8 millones, mientras que en las administradoras de fondos privados, de los 13,8 millones de afiliados cotizan 6,2 millones.
El Brexit es solo un síntoma más de la aguda crisis en la Unión Europea.
Por: Juan Diego García –
La crisis actual de la Unión Europea ha sido sin duda el tema central de la pasada reunión de gobernantes en Roma, celebrada para conmemorar los 60 años de existencia de este bloque de países del Viejo Continente. Las declaraciones y el mismo llamado del Papa Francisco no consiguen superar el formalismo y el umbral de las buenas intenciones que, en su conjunto, no hacen más que poner de manifiesto que ante la gravedad de la situación nadie tiene soluciones realistas. La manifestación de sectores populares que exigían un retorno a los ideales que permitieron el surgimiento de la Unión es el único factor de optimismo, si bien moderado en extremo, ante el clamor de tantas fuerzas de la extrema derecha y del nacionalismo excluyente que exigen su disolución.
Jaime Enrique Gómez con sus hijos. Foto: Archivo familiar.
Por: Antígona Gómez – marzo 24 de 2017
Pasa el tiempo, él sigue su curso y atrás se queda nuestro derecho a saber y la sanción social a todo aquello que no debería ocurrir en humanidad.
Ya han pasado once años desde que te llevaron. Once años de persistencia recurrente y de luchar por tus derechos, los nuestros y los de la sociedad en su conjunto. Once años en los que las instituciones del Estado no dan respuesta a nuestro anhelo, a nuestra necesidad y a su obligación. Once años de llevarte en la memoria, de hacerte parte de la dignidad, de recordarte y caminar contigo caminos que conduzcan a la construcción de una sociedad más decente. Once años en los que decir verdad y justicia no se desligan de imaginar un país más justo, un país donde el daño al otro, su eliminación física y simbólica no sean la manera de lidiar con quienes piensan distinto. Once años en los que este país lo pensamos desde el necesario fin del conflicto armado interno y de aquello que permanente se quiere desconocer: la violencia del Estado.
Han sido años de trabajo incansable por la paz, años en lo que, incluyendo los derechos que tenemos como personas a las que la violencia marcó, se ha puesto en el centro de este caminar como objetivo principal una Colombia sin violencia y un país que camine hacia su transformación positiva.
Batallamos por el ‘sí’ y cuando el ‘no’ ganó pusimos todo el esfuerzo en que se firmará el acuerdo de paz. El triunfo del ‘no’ nos sorprendió con retrocesos para una gran porción de quienes han sido victimizados en este país y la implementación inicial del acuerdo ratifica que un gran porcentaje del Estado, el gobierno, la clase política, los medios de comunicación y la sociedad sigue siendo sordo a nuestro dolor, a nuestras propuestas, derechos y contribuciones a la paz.
Buscamos verdad y sanción social no por capricho, no repitiendo acríticamente el estribillo de la justicia transicional sino porque somos conscientes de que son fundamentales para la sanación, el duelo y el ‘nunca más’. No imaginamos conocer la verdad solo para tenerla o recordar solo para hacer memoria. Verdad y memoria son para nosotros y nosotras cimientos para transformar este país, semillas que, como nosotros y nosotras, son indispensables para construir esa otra Colombia que se aleje de la que hasta ahora nos ha dado vida desde la muerte.
Estos once años sirven para ratificar que el camino de Creonte no es la solución y que, al tiempo que alzamos la voz y exigimos los derechos que el Estado está obligado a materializar, avanzamos en procesos propios de memoria y justicia, nunca desde la venganza o la negación del otro sino desde la dignidad y la propia convicción de que solo habrá cambios con sujetos abiertos a transformar la opresión en libertad en el día a día.
Son once años de llevarte en el corazón, son también once años de pensar permanente por dónde caminar. El horizonte sigue estando lejano. El trayecto es largo, no es fácil, pero sigue plagado de aliento, de dignidad y de necesidad de producir vida. No queremos más muerte. Por eso, hoy que te recuerdo, exijo Paz sin más líderes asesinados.
Siempre en mi corazón, en mi memoria, en mi diario caminar. Te extraño, papi.
Hasta ahora, los ejecutivos de Odebrecht han confesado haber pagado sobornos por 800 millones de dólares. Foto: TaxCredits.net
Por: Fernando de la Cuadra – marzo 17 de 2017
Lo que se ha observado en las últimas semanas con las ramificaciones de las redes de corrupción montadas por la contratista Odebrecht es de una magnitud inimaginable. Cuando comenzó a conocerse el tenor de las ‘delaciones premiadas’ de los 77 ejecutivos de esta megaempresa, muchos políticos importantes y funcionarios del alto escalón gubernamental de países latinoamericanos comenzaron a desfilar por las páginas de los diarios y en noticiarios de televisión. Nombres como Alejandro Toledo, Ollanta Humala y Alan García en Perú; Uribe [y Santos] en Colombia; el panameño Ricardo Martinelli y el ex presidente de El Salvador, Mauricio Funes, fueron parte de la extensa lista de exmandatarios acusados de haberse beneficiado con las ‘propinas’ que efectuaba la empresa contratista para adjudicarse importantes proyectos de infraestructura regional.
Una semana antes de que el presidente mexicano arribara a Washington para dialogar con el flamante presidente de los Estados Unidos ha recibido una bofetada diplomática: Trump ha firmado ya la orden ejecutiva que da luz verde a la construcción del muro fronterizo con su vecino del sur. Este insulto debiera hacer reflexionar a todos las cancillerías latinoamericanos sobre cómo serán las relaciones con su vecino del norte en los próximos años.