Categoría: Opinión

  • El aviso de Fukushima

    El desastre en la planta de Fukushima (Japón) ha abierto un gran debate mundial sobre la energía nuclear - Foto: Gonzalo Déniz

    Por: Vicent Boix – abril 7 de 2011

    Las noticias desde la central nuclear japonesa que inquieta a todo el planeta ya no ocupan las primeras páginas en los medios de comunicación. El accidente agotó su vigencia y se ha enfriado de la misma manera en que los operarios, o liquidadores, enfrían los núcleos de los reactores de la central. A pesar de ello, Fukushima sigue siendo un asunto muy serio en el presente y su legado será peor.

    Seguramente, en su noticiero preferido la tragedia nuclear se ha reducido en espacio y tiempo, aunque la amenaza radioactiva no ha menguado y sigue surcando vientos y océanos sin entender de patrias, lenguas y banderas. La radiación aumenta fuera de la zona de exclusión, aparece en alimentos y atraviesa el Pacífico para esconderse en la leche estadounidense, aunque inocuamente según dicen. La tranquilidad de millones de personas en Tokio depende de la rosa de los vientos, las aguas marítimas cercanas presentan altos índices de radiactividad y en la propia central el riesgo es tan elevado que limita el trabajo de los liquidadores. Todo ello sucede mientras se intenta controlar la temperatura de cuatro reactores que siguen todavía fuera de control, meses después del terremoto y del tsunami.

    Conforme pasan los días, el verbo ‘desconocer’ y sus derivados se hacen más habituales en las noticias referentes a la central: se desconoce la evolución que pueden experimentar los cuatro núcleos dañados y, por tanto, se desconoce el riesgo final; se desconocen las consecuencias del desastre a largo plazo en las personas; se desconocen los daños reales existentes tanto en los núcleos como en los sistemas de contención; y se desconoce, sobre todo, qué nuevo problema puede mañana agudizar este constante dolor de cabeza llamado Fukushima. Recuerden que el inconveniente principal es la fusión de los núcleos, pero, con el paso de los días, se sumó a esto la pérdida de agua en las piscinas donde se almacena el combustible usado y recientemente miles de toneladas de agua con altos índices de radiactividad han sido vertidas directamente al océano. Sobre este aspecto algunos científicos han añadido un ‘desconocimiento’ más porque, contrariamente a las tantas veces cacareada seguridad nuclear, al parecer nadie había contemplado nunca el escenario –ahora real– de evacuación urgente de agua radioactiva de los mares.

    En Fukushima se desconoce y se improvisa a mil por hora. Pese a quién pese, desconocimiento e improvisación son conceptos antagónicos a la razón y, por lo tanto, al método científico. Por eso, ante tanto vacío técnico ciertos discursos se transforman en supercherías, por muy catedráticos que sean los oradores. Y, pese a quién pese –y esto sí que les pesa a algunos y algunas–, al final el tiempo acaba dando la razón, una vez más, a los colectivos sociales, especialmente los ecologistas, tantas veces tildados de iletrados y alarmistas.

    Aquello que nunca pasaría ha pasado, pasa y pasará. Aquello que era fiable y seguro –energía nuclear, transgénicos, agroquímicos, etc.– acaba siendo un problema para las personas y el medio ambiente. Aquello que era vendido como el milagro de los peces y los panes, con rango de utilidad pública y máxima necesidad, resulta ser en realidad un método de enriquecimiento para que cuatro cínicos se llenen los bolsillos.

    Lo cierto es que nos vendieron esta tecnología como la panacea de la seguridad tecnológica. Nos dijeron que los hechos en Chernobil fueron fruto de la burocracia, la desorganización y la decadencia del régimen soviético, pero la realidad es que ha vuelto a pasar en menor medida y no precisamente en Cuba. Además, los hechos han vuelto a ser caprichosos y retorcidos con el crucial tema de la seguridad: falló el sistema eléctrico por un tsunami en el país de los tsunamis, los operarios de la central no disponían de suficientes medidores de radiactividad y se intenta frenar la catástrofe enfriando los núcleos con camiones de bomberos de los de toda la vida. Como se ve: ‘tecnología de punta’ y abundancia en el país capitalista de los tamagotchis y mundialmente conocido por embobarnos con robots inútiles, programados para hacer mil y una pendejadas.

    A ello, súmese ahora la falta de información sobre el asunto y el currículum manchado con mentiras y falsos informes de la empresa propietaria de la central de Fukushima. Agréguese el interrogante económico de cuánto costará reparar todo el desaguisado, aunque ya se sabe de qué manera se realizará: nacionalizando los costos de la tragedia, lo que originó que las acciones de la empresa propietaria ascendieran nuevamente, mostrando las contradicciones, las miserias y la falta total de ética de los amos y señores del planeta.

    El resultado del cóctel aleja esta energía de esa imagen limpia, segura y económica, situándola en la órbita hedionda de las grandes transnacionales y de sus políticos y tecnólogos cómplices que, con los bolsillos llenos de dinero de las empresas eléctricas y dopados por la sobredosis de prepotencia innata al cargo, quieren que comulguemos con ruedas de molino mientras tachan de ignorante al que se opone a lo nuclear. Y, ojo, no dudarán en seguir con su particular cruzada si Fukushima queda en un gran, duradero, caro y radioactivo susto.

    Ojalá todo quede en un sobresalto de dimensiones planetarias, aunque sería estúpido traspapelar en el olvido el aviso que llegó desde Japón. Fukushima nos indica, una vez más, que ha colapsado el sistema económico desarrollista en el que vivimos. Podrá desaparecer su niebla radioactiva, pero volverán a vislumbrarse en toda su magnitud el cambio climático, la crisis en los precios de los alimentos, mil millones de hambrientos, invasiones bélicas por petróleo, deforestación, pérdida de biodiversidad, contaminación atmosférica, desigualdad, ‘tarifazos’, ‘pensionazos’, reformas laborales regresivas, expresidentes untados por transnacionales, crisis ecológica, económica, financiera, energética, agrícola, moral y un largo etcétera que ha hecho de vivir en este siglo un deporte de alto riesgo.

  • El desarrollo de las fuerzas destructivas

    Discrepancia - Foto: *~Dawn~*

    Por: Juan Diego García – abril 3 de 2011

    Con la modernidad ha venido aparejada la idea del progreso, del renacer, de una época de luces en contraste con la oscura noche del Medioevo. El devenir histórico se asume como una especie de línea ascendente hacia un bienestar que, si bien admitía pequeños retrocesos, acaba pronto por ajustar sus dinámicas en todos los órdenes, expandiendo mayores cotas de libertad e igualdad a colectivos sociales cada vez más amplios. El análisis de las sombras, en este proceso de elevado y explicable optimismo, queda relegado a las pocas voces que destacan el duro impacto del progreso sobre las mayorías proletarias y campesinas, así como sobre los pueblos de la periferia del sistema, víctimas mayores de la expansión del capitalismo por el planeta.

     

    Uno de los elementos decisivos de toda esta dinámica revolucionaria es, sin duda, la ciencia moderna y su estrecho vínculo con el desarrollo material, algo que ha permitido en cortos períodos alcanzar niveles de producción sin parangón en el pasado. En efecto, con el capitalismo se han logrado alcanzar niveles de riqueza material que ni las mentes más agudas de antaño se hubiesen imaginado, si bien muy mal repartidas a todos los niveles. Por su parte, el socialismo soviético industrializa a la URSS en un cortísimo espacio de tiempo, si se compara con el mismo proceso en el Occidente capitalista, y no menos sorprendente será el caso de la República Popular China, convertida hoy en la segunda potencia industrial del planeta.

    La idea optimista del progreso enfatiza casi siempre los aspectos cuantitativos del problema y lleva a sus extremos la idea del desarrollo de las fuerzas productivas, dando por bueno cualquier avance material sin dar mayor importancia a los demás aspectos. Desde una perspectiva capitalista primará, naturalmente, el principio de la ganancia sobre cualquier otra consideración y sólo una presión social considerable obligará a tomar en cuenta otros factores que, a corto o largo plazo, desaconsejen determinadas decisiones. Por su parte, en el modelo soviético del socialismo –con otros presupuestos ideológicos– se asume la cuestión de manera semejante y se reduce la teoría del desarrollo de las fuerzas productivas a sus aspectos puramente cuantitativos.

    Pero, el progreso así entendido fue objeto de críticas desde los albores mismos de la modernidad. El movimiento obrero y socialista en Europa pone en evidencia ya en el siglo XIX –y las luchas campesinas inclusive antes– que las ventajas del nuevo orden favorecen básicamente a unas minorías y que las nuevas fuerzas productivas devoran literalmente generaciones enteras, al tiempo que destruyen el medio ambiente, aunque entonces ese impacto no preocupara demasiado por la relativa abundancia de recursos en el planeta. Los dramáticos impactos del naciente capitalismo dieron pie a las ensoñaciones románticas y conservadoras sobre un mundo rural que la modernidad extingue, pero también a respuestas revolucionarias y reformistas orientadas al futuro. Imparable, el sistema impone, no obstante, el escenario de las barriadas miserables y un medio ambiente deteriorado en extremo, pero que parece digerir sin problemas el pesado humo del industrialismo. Todo sea por el progreso, es la consigna.

    El socialismo de tipo soviético, que predominó a lo largo del siglo pasado, no resultó ajeno a esta idea de ingenuo optimismo sobre el progreso material que trae el industrialismo y la modernidad. Por razones comprensibles –su atraso material, ante todo–, las grandes revoluciones socialistas en Rusia y China manifiestan una especie de exagerado productivismo, es decir, un énfasis decisivo en el desarrollo material a cualquier precio, con el sacrificio heroico de varias generaciones y con el consecuente impacto sobre la naturaleza –destructivo en extremo e irreparable en muchas ocasiones–.

    Con los vertiginosos avances del último medio siglo, el aspecto destructivo de las fuerzas del progreso se evidencia de forma dramática y sólo por intereses espurios se lo niega o se lo justifica, argumentando que la destrucción es el precio inevitable a pagar por el bienestar. Como corolario, un optimismo interesado acerca del omnímodo poder de la ciencia y de la técnica sirve de base para confiar en ellas la reparación de los daños infringidos a la naturaleza y a los seres humanos. Siempre habrá una solución científica para todo: para las fugas radioactivas o para aliviar los efectos más duros de la condición alienada del ser humano en la modernidad.

    Los actuales acontecimientos en Japón ponen en evidencia la dinámica letal que trae consigo el progreso, cuando las fuerzas de la ciencia y de la técnica devienen en factores destructivos de incalculables consecuencias. Ya no trata sólo de que empresarios y autoridades niponas hayan obrado con total negligencia en el mantenimiento de las centrales nucleares, como denunció la Agencia Internacional de la Energía Atómica que repetidas veces advirtió sobre los fallos que provocaron una catástrofe que hoy amenaza con extenderse por buena parte del planeta, sino que, de nuevo, tras estos fallos no hay otra cosa que el afán de lucro y una devoción irresponsable por el progreso a cualquier precio.

    Igual ocurre con el derrame de petróleo en el Golfo de México por culpa de la BP, el surgimiento y propagación de la gripe aviar a partir de granjas saturadas y sin control –pero muy ventajosas para sus propietarios–, el aire envenenado de las ciudades por culpa del automóvil –cuya industria configura un gremio con inmenso poder político– y otros muchos casos, todos ellos indefectiblemente ligados a la obtención de beneficios sustentados siempre con el discurso del necesario progreso material de la sociedad.

    Pero la tozuda realidad se encarga de recordar la dinámica contradictoria que encierra el desarrollo de las fuerzas productivas cuando se limita al productivismo o se reduce a los estrechos límites del cálculo empresarial. El capitalismo no sólo colapsa porque disocia su enorme capacidad productiva de la necesidad de distribuir la riqueza creada sino porque, con tal de asegurar los más altos niveles de beneficio, convierte el positivo desarrollo de las fuerzas productivas en un factor de destrucción que llega a poner en peligro a la misma especie humana. Seguramente, con presupuestos políticos diferentes, el socialismo soviético condujo a resultados similares, al menos en este aspecto: la destrucción del Mar de Aral o el accidente nuclear de Chernobil son pruebas dramáticas que no permiten abrigar dudas al respecto.

    La industrias en general, la energía nuclear, el automóvil, la agricultura moderna de gran plantación, el comercio masificado de las grandes superficies, ciertas obras de infraestructura de gran impacto y otras actividades similares en el capitalismo aseguran sin duda productos y servicios baratos y en candidades ingentes, pero al mismo tiempo provocan inevitablemente la contaminación del suelo, la polución del aire y del agua, la destrucción de los bosques, el envenenamiento de los alimentos y el deterioro de la salud humana, no menos que la desaparición acelerada de miles de especies animales y vegetales de valor incalculable para la misma supervivencia del planeta, así como la innecesaria aniquilación de pueblos y culturas de incalculable valor.

    Si en el mundo rico crece entre la ciudadanía el descontento con un orden que sacrifica la calidad de vida y muestra cada vez con mayor evidencia su carácter insostenible, en la periferia pobre del planeta los retos para salir del atraso y la pobreza por caminos diferentes al industrialismo clásico se imponen en la agenda del desarrollo. La minería a cielo abierto, la explotación de petróleo y gas, la tala de bosques a gran escala, la realización de obras de infraestructura, la producción masiva de alimentos y demás mercancías indispensables para sostener una vida razonablemente digna, todo ello sin seguir los mismos caminos del capitalismo se convierten en el nudo gordiano, en desafíos tanto teóricos como prácticos de cuya solución eficaz depende superar la condición de naciones inviables, de sociedades cloaca, es decir, receptoras de los desechos materiales y culturales del sistema capitalista mundial.

    Cuando las naciones que buscan salir del atraso dependen del petróleo, la minería, la oferta de alimentos a gran escala y, en general, de materias primas, quedando convertidas por tanto en suministradoras cautivas del mundo rico, perpetúan necesariamente su carácter de economía deformadas y dependientes, dilapidan sus propios recursos –casi todos no renovables– y destruyen su medio ambiente a cambio de nada. Si los habitantes del mundo rico ven amenazada su calidad de vida y su vida misma por un Fukushima nuclear, no menos le ocurre a los mapuches de Chile cuando se enfrentan a las grandes multinacionales que invaden sus tierras e inundan sus campos para garantizar el ‘progreso’. Desafíos similares enfrentan poblaciones urbanas y rurales de Perú, Ecuador, Brasil o Colombia que hacen frente a los mismos dilemas y no pocas veces deben pagar un alto precio para no ser convertidas en víctimas propiciatorias del ‘progreso’.

    Más allá del discurso engañoso de los defensores del capitalismo y, por supuesto, más allá de la visión romántica de socialismos utópicos que idealizan mundos premodernos, se impone la necesidad de formular en las nuevas condiciones las líneas maestras de la teoría de las fuerzas productivas, armonizando las relaciones entre los seres humanos y de éstos con la naturaleza. Seguramente, todo pasa por revertir las actuales relaciones sociales de forma que de objetos devengamos en sujetos y por lograr que el progreso que permiten la ciencia y la técnica no lleve a la humanidad a morir de éxito.

  • Periodismo: el negocio de la información

    Cegado por los medios - Foto: Ahmad Hammoud

    Por: Juan Linares – abril 3 de 2011

    Ernesto Sábato, el genial escritor argentino próximo a cumplir 100 años, nos recuerda que la palabra testículo tiene el mismo origen que testimonio. En la antigüedad, escribe Sábato, los romanos acostumbraban a poner una mano sobre los testículos en prueba de su palabra, en prueba de que lo que afirmaban era cierto. Era la forma que tenían para refrendar una verdad. (más…)

  • Desnudando a Santos

    Santos en el Foro Económico Mundial - Foto: Édgar Alberto Domínguez Cataño

    Por: Carlos Jaime Fajardo – 28 de marzo de 2011

    El abrazo con Chávez, el collar que una indígena caucana colocó a Santos en agosto pasado, la propuesta de unidad nacional y el alza del salario del 4% han tendido un ropaje confuso sobre el presidente, que ha llevado a que sectores de la oposición, como el partido Liberal, algunos del Polo Democrático Alternativo, uno que otro sindicalista y ciertos indígenas, consideren que se produjo una ruptura con el proyecto uribista, por lo que han decidido hacer parte de su régimen. Esto hace necesario empezar a desnudarlo. (más…)

  • ¡Contra la pared!

    Requisas a jóvenes en el centro de Bogotá - Foto: Camila Ramírez

    Por: Christian Peñuela – 28 de marzo de 2011

    La calle para sentir, la calle para vivir, la calle para sobrevivir y la calle para ‘parchar’. Es la calle donde la gente establece relación con su ciudad y con los demás. Hoy, a los jóvenes se les veta deambular por la ciudad. En Colombia se prohíbe ser joven. (más…)

  • Las nuevas guerras coloniales

    Estados Unidos gasta cada día 450 millones de dólares solamente en su invasión de Iraq - Foto: Jayel Aheram

    Por: Juan Diego García – marzo 24 de 2011

    Igual que ocurrió durante la Guerra Fría, las contradicciones entre las grandes potencias del globo se dilucidan hoy mediante conflictos bélicos en la periferia pobre del sistema. El llamado Tercer Mundo resulta el escenario donde la disputa mundial adquiere sus expresiones más crueles y si antes se trataba de una dura competencia entre Oriente y Occidente, entre ‘comunismo y democracia’, desaparecido el campo socialista –en particular la Unión Soviética– se asiste hoy a un juego mucho más complicado de fuerzas en pugna por alcanzar la hegemonía. A los protagonistas de ayer –que en la práctica permanecen en el conflicto actual– habrán de agregarse otros nuevos, todos ellos en busca de lo mismo: materias primas esenciales, áreas de influencia, control de mercados, corredores estratégicos, bases militares, gobernantes ‘amigos’ y, en el caso de los occidentales, una obsesión de vieja data que ya aparece en las formas clásicas del colonialismo, a saber, la imposición violenta de sus valores y la forzada integración de las sociedades periféricas en el nuevo orden mundial, así sea al precio de destruir culturas completas –genocidio incluido– en aras del ‘progreso de la humanidad’.

    La pugna por la hegemonía mundial aparece entonces como un transfondo insoslayable en el análisis de las guerras en curso, de los levantamientos armados espontáneos o debidamente fomentados, y de los golpes de Estado contra gobiernos no controlables o contra tiranos políticamente agotados, en medio de una dinámica creciente de inestabilidad política y desgarros sociales que dibujan de manera tan dramática el cuadro de casi todos los países del mundo pobre y dependiente.

    Por supuesto, cada conflicto tiene sus propios motivos y no es sensato reducir todo a la intervención de fuerzas extrajeras, de la misma forma que es bastante ingenuo considerar que las naciones más poderosas en pugna por el control mundial son agentes respetuosos de la soberanía y la autodeterminación de los demás, que resultan inocentes protagonistas y fieles garantes de la legalidad internacional y sobre todo que, lejos de intereses espurios, en sus ‘misiones’ tan sólo les anima un sincero amor por la humanidad y el deseo de extender la democracia por el mundo. Hasta el más ciego puede constatar como la política internacional de las naciones ricas no es otra cosa que un discurso cínico de justificación de agresiones, desembarcos, bloqueos y toda clase de medidas de fuerza bruta que nada tienen que ver con el supuesto y jamás practicado ‘derecho internacional’. No resulta entonces extraño que antes que el respeto universal por tratados y normas internacionales predomine de nuevo la ‘diplomacia de las cañoneras’ y si bien algunos gobiernos intentan conservar un lenguaje retórico de respeto por los demás, cada vez se impone con mayor claridad la expresión sin tapujos del supuesto derecho del más fuerte como origen natural del poder.

    Las guerras actuales tienen, para quienes las alimentan y promueven, ganancias de todo orden. Para el llamado Complejo Militar Industrial –que no sólo existe en los Estados Unidos, aunque allí tenga su máxima expresión– los beneficios económicos son inmediatos y seguros, con independencia de los resultados del conflicto, tal como se puede comprobar en la destrucción de Iraq, la batalla perdida de Afganistán, el atolladero de Pakistán, la bomba de tiempo que supone el conflicto en Palestina, la también perdida guerra contra las guerrillas en Colombia y la actual agresión contra Libia: los inmensos raudales de dinero que han recogido las empresas de la guerra arrojan un balance inmediato y ampliamente favorable para ellas, así sea al alto precio de propiciar otros mil conflictos y llevar a extremos inéditos las contradicciones de todo tipo, aún en sus propios países. La guerra, como ocurrió antaño, juega un papel importante en la búsqueda de salidas a la crisis del capitalismo, una suerte de mecanismo automático del sistema que opera con independencia de los riesgos inmensos que supone.

    Por supuesto, no sólo gana el Complejo Militar Industrial. Los beneficios, a mediano y largo plazo, se suponen comunes para todos los grupos de la clase dominante metropolitana. Después de la agresión inicial vienen la ocupación, el saqueo y, por supuesto, la ‘reconstrucción’, asegurándose el objetivo central de la cruzada, que no es otro que controlar los recursos naturales del país sometido, al precio más bajo y en las mejores condiciones posibles.

    El gran inconveniente de esta estrategia de nueva colonización –tal como sucedió en el pasado– es que, lejos de trascurrir en armonía y amistosa cooperación entre en las potencias interesadas, se producen inevitables roces que alimentan una dinámica de confrontación de impredecibles consecuencias. Estados Unidos aparece como la gran potencia que aspira a hegemonizar este proceso de saqueo planetario, admitiendo a Europa como una especie de socio menor, incómodo pero necesario. Pero, en el escenario mundial se mantiene Rusia que, a pesar de sus dificultades temporales, tiene un potencial nada desdeñable y sobre todo sigue siendo una potencia nuclear imposible de ignorar, al tiempo que a la palestra suben economías en ascenso como Brasil, India y sobre todo China. Algunas aspiran al menos a hegemonías regionales pero Estados Unidos y China, dadas sus dimensiones, buscan una influencia y un dominio planetarios, y tienen todas las condiciones para conseguirlo.

    Para muchos analistas, Estados Unidos es ya una potencia en declive en tanto que China lo es en ascenso, convertida ya en la segunda economía del mundo y con aspiraciones a convertirse en la primera antes de una década. Así, se dan todas las condiciones para una confrontación multipolar, que bien puede desembocar en una guerra generalizada. Todo conduce a pensar que, en lugar de una era de entendimiento y paz, lo que se está gestando es probablemente una versión nueva y más terrible de las guerras mundiales del siglo anterior. Y es así porque desplazar el enfrentamiento entre potencias a la periferia del sistema tiene sus límites: sólo es cuestión de tiempo para que el cerco militar a China, por parte sobre todo de los Estados Unidos, y la estrategia de hostilizar y desmembrar Rusia desemboquen en una confrontación directa de incalculables resultados.

    En Latinoamérica y El Caribe la confrontación no parece hoy tan aguda como en Asia y África, pero se produce igualmente: Brasil es, sin duda, el mayor obstáculo para una potencia como Estados Unidos, que debe aceptar ya la presencia de China, Rusia, Japón y Europa en una región que siempre consideró suya en exclusiva. Hay demasiados recursos en juego y procesos sociales y políticos muy agudos, que bien pueden servir para propiciar intervenciones bélicas mediante las cuales se busque recuperar protagonismo. De nuevo, antes que enfrentarse a Brasil directamente, Europa y los Estados Unidos, en particular, activan conflictos en la periferia de este coloso suramericano –en Venezuela y Colombia, de manera particular–, con la finalidad de debilitar sobre todo el proceso de integración y reducir en lo posible las nuevas relaciones con China que en países claves de la región ya reemplaza a los Estados Unidos como socio preferente. Por supuesto, se mantiene la estrategia de ahogar a Cuba por todos los medios y frustrar el posible surgimiento de experiencias similares en el área. Pero, de momento, la región se beneficia de las urgencias que otros frentes imponen a las potencias occidentales.

    Por supuesto, en todo este incierto panorama los pueblos tienen un protagonismo decisivo. Los movimientos sociales en Latinoamérica y el Caribe, los levantamientos en el mundo árabe, las luchas nacionalistas en Asia y el descontento creciente de la misma población metropolitana encierran un potencial inmenso que puede determinar una salida que no sea la guerra o convertir ésta en una oportunidad para dar nacimiento a una nueva era. Como se afirmaba entonces, existe la posibilidad de que la guerra desemboque en una revolución o que una gran revuelta ciudadana detenga la locura de la guerra.

  • ¿Por qué no despega la economía colombiana?

    Por: Juan Linares – 6 de marzo de 2011

    Alguien dijo que los hombres deberían hacer todos los días, por el bien de su alma, dos cosas que le desagraden. Yo esta noche, negra y sin estrellas, intentaré justificar esa premisa, llenar ese casillero de virtudes ingratas, escribiendo sobre economía: una actividad que se le presenta al hombre común como un modelo de virtudes domésticas, pero que en realidad encierra trampas, engaños, bajadas de cabeza y mucha charlatanería. “El mercado se regula solo”, esa vieja y remanida frase de Adam Smith es, en estos tiempos de insurrecciones y puebladas, una metáfora cruel: es una madre que le pega al niño cuando éste llora de hambre. (más…)

  • Derecho a la memoria

    El sabotaje al mural en el centro de Bogotá es un ataque frontal al derecho a la memoria - Foto: Dexpierte

     

    Por: José Antequera Guzmán – febrero 25 de 2011

    Hace más de un mes, un grupo de jóvenes decidió realizar un mural en la calle 19 con carrera 7, en el corazón de Bogotá, dedicado a la memoria de Miguel Ángel Díaz y Faustino López, primeros desaparecidos de la Unión Patriótica, y a ellos se suma el rostro de Jaime Pardo Leal, figura emblemática de ese proyecto inconcluso por la paz con justicia social. El mural es una evocación artística de quienes también fueran líderes sindicales y gestores de la cultura.

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  • Uribe y sus muchachos

    Álvaro Uribe condecora en 2004 al exembajador de Estados Unidos en Colombia, William Wood - Foto: Presidencia

    Por: Juan Diego García – 17 de febrero de 2011

    Álvaro Uribe Vélez, ex presidente de Colombia, ha logrado salir airoso de todas las acusaciones que en su contra han formulado la oposición, los representantes de organizaciones defensoras de derechos humanos nacionales y extranjeras, sindicalistas, líderes indígenas y de otras minorías nacionales, estudiantes y activistas populares del más amplio espectro, sin excluir a periodistas e intelectuales, personalidades del mismo sistema y, en ocasiones, hasta gentes de sus propias filas, desengañadas o sencillamente abrumadas ante el cúmulo de escándalos de corrupción administrativa, nepotismo generalizado, empezando por los hijos del presidente, despilfarro y, sobre todo, unas relaciones nunca suficientemente aclaradas con los grupos del paramilitarismo, ellos mismos manifiesta y públicamente fervorosos partidarios del expresidente.

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  • Democracias en declive

    El desempleo, la marginación y los intereses financieros minan la legitimidad y operatividad del modelo de democracia europea y alimentan las frecuentes y violentas protestas populares - Foto: Piazza del Popolo

    Por: Juan Diego García – 17 de febrero de 2011

    El descontento ciudadano se generaliza en Europa, debilitando no sólo el vínculo entre los votantes y los partidos, entre la población y los gobiernos, sino, algo de mucho mayor calado, erosionando de manera aún imprecisa pero cierta la misma legitimidad del sistema democrático. Además de las clásicas promesas electorales que se incumplen en cuanto los políticos llegan al poder y la corrupción rampante, indigna constatar que los parlamentos y los gobiernos, antes que interpretar las demandas de los electores, se han convertido abiertamente en gestores diligentes de los intereses de banqueros y especuladores.

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