Por: Amy Goodman* – julio 25 de 2007
¿Qué tienen en común Osama bin Laden y las bananas de Chiquita? Ambos han utilizado sus fortunas millonarias para financiar actividades terroristas.
Por: Amy Goodman* – julio 25 de 2007
¿Qué tienen en común Osama bin Laden y las bananas de Chiquita? Ambos han utilizado sus fortunas millonarias para financiar actividades terroristas.
Por: JCTG – Julio 24 de 2007
Durante nuestras vidas hemos visto como cambian nuestros gustos y fisionomías por las diferentes modas que impone el mercado en el ambiente cultural. Estas tendencias son el producto de la creación popular y se pueden ver fácilmente en la música, donde un nuevo género, o el realce de uno anterior -reggaetón, neopunk-, crea una gran base social.
Por: Carlos Angulo y Rossih Martínez – julio 20 de 2007
En medio de la celebración por una independencia a medias, vamos a desempolvar la memoria histórica de Colombia, que muchos prefieren no contar o borrar para no reconocer méritos de aquellos que, a través de la diversidad, aportan a la construcción de naciones. Hoy, más que nunca, queda clara la hipocresía de este país con los afrocolombianos. Deberíamos saber que los denominados ‘gobernantes’ sólo muestran interés por nuestros territorios cuando sus intereses se encuentran amenazados por cualquier suspiro de organización, entonces acuden de inmediato con paños de agua tibia a tratar de controlar la situación antes de que se les salga de control, algo que es inevitable en las condiciones de vida en que nos encontramos los afrocolombianos y afrocolombianas.
Por: Rafael Rincón Patiño – julio 17 de 2007
El domingo 11 de julio de 2007 perdió la vida el guayacán amarillo de la calle 33 con la carrera 80A de la ciudad de Medellín. Había sido amenazado de tala por la ampliación de la avenida 33, pero su pena fue conmutada por un transplante a otro lugar. Sin embargo, a la hora del transplante, pudo más la motosierra depredadora de la administración municipal que la promesa de dejarlo vivo.
Por: Juan Diego García – julio 15 de 2007
Cuando al nuevo presidente de Francia le hablan de cultura, no saca su pistola pero sí se apresura a prometer que borrará del país toda huella de la herencia de Mayo del 68, aquel levantamiento obrero y estudiantil que revolucionó el país en paralelo con revueltas semejantes en México, China, Alemania y los Estados Unidos, y, en menor medida, en otras latitudes del planeta.
Por: Mario Ruiz – julio 5 de 2007
El día de ayer se recibió un correo de la empresa, donde llaman a los funcionarios a vestirse con camisetas blancas, a propósito de la jornada que habrá hoy, en horas del medio día, en contra del secuestro, en rechazo al asesinato de los 11 ex diputados del Valle y reclamando la devolución de los cadá¡veres. Los argumentos que expresaré a continuación son solamente para la reflexión y expresan algunos aspectos de mi forma de pensar. Hoy no me vestí de blanco, entre otras, por las siguientes razones.
Es necesario que se tengan en cuenta otras apreciaciones en la vida nacional. El país se encuentra en una guerra cuyas características se asimilan a las de una guerra civil, que se expresa de diferentes maneras: la existencia de grupos insurgentes cuyo accionar se levanta, principalmente, contra un Estado, buscando su derrocamiento; la inconformidad de grandes masas en las ciudades; la movilización de sectores de la sociedad que reclaman derechos y garantías.
El reconocimiento de la existencia o no de la guerra es un principio para buscar su solución. Existen opciones: una es buscar acuerdos donde las partes deben ceder en sus aspiraciones buscando un punto medio; la otra es la radicalización del conflicto, es decir, que las partes enfrentadas, antes que buscar una salida negociada, se fortalezcan política y militarmente para tratar de resolver la guerra a su favor.
Para esto, la validación de sus prácticas, se requiere la aceptación política de la población. En este proceso entran a jugar elementos tan vitales e importantes como son los imaginarios populares, es decir, las ideas en grandes capas de la población donde la influencia de los medios masivos de comunicación entra a jugar un papel de vital importancia, a favor o en contra de una u otra posición.
Desde hace mucho tiempo, grandes sectores de la sociedad han llamado a uno y otro sector a buscar puntos coincidentes para llegar a un acuerdo humanitario, tratando ponerle fin a las penurias de las personas retenidas por la guerrilla. Ni un sector ni el otro han hecho lo suficiente para buscarle una salida a tan difícil situación: unos argumentan la necesidad de una zona de despeje, el otro sector argumenta la imposibilidad de ceder en esta solicitud. Lo cierto de todo es que el tema se ha convertido, más que en un asunto de carácter obligatorio para cualquier sociedad civilizada -en el entendido de que se está hablando de seres humanos que están padeciendo este flagelo-, en un espectáculo morboso y degradante de aquellos que buscan sacar tajada política de tan terrible situación. El Derecho Internacional Humanitario brinda las herramientas necesarias y suficientes para que los actores involucrados en dicho conflicto lleguen a acuerdos.
Pero en el país, infortundamente para nosotros, hay otras muertes y otros muchos colombianos que han sido asesinados o desaparecidos. Aquellos son ignorados, desconocidos o, simple y llanamente, olvidados. Según informaciones publicadas en la revista Semana hace pocos días, más de 30.000 colombianos reposan en fosas comunes a lo largo y ancho del territorio nacional. A esto no le hacen el ‘show’ ni la publicidad suficiente, los medios masivos de comunicación no llaman a movilizaciones y, mucho menos, la Presidencia de la República. Por supuesto, el Congreso calla, quizás porque algunos de los autores intelectuales han ejercido como ‘padres de la patria’, quizás porque muchos de esos colombianos osaron manifestar su inconformismo ante un Estado cuya democracia es burlada constantemente por las clases que ostentan el poder.
Entonces, ¿por qué nunca el gobierno colombiano ha expresado su rechazo públicamente en contra de estas prácticas, no menos detestables o despreciables?
Recuerdo en estos momentos las marchas que se hacían contra el secuestro diez años atrás, cuando Francisco Santos, ahora vicepresidente, convocaba a la ‘sociedad civil’ a manifestarse en contra de esa práctica. ¿A quién le sirvieron, entonces, esas movilizaciones? ¿Quién capitalizó todas esas grandes manifestaciones? Por ese entonces, se estaba viviendo una situación de desplazamiento, producto de la guerra. Millares de campesinos estaban protestando en la calle, reclamando sus derechos, y la respuesta del gobierno fue represión, la muerte de varios indígenas en el Cauca, la desaparición de varios campesinos en el Tolima y el asesinato de un participante en las calles de Bogotá, a manos de los antimotines.
Desde 1986, cuando se creó la Central Unitaria de Trabajadores, mas de 4.300 dirigentes y dirigentas sindicales han sido asesinados por parte de grupos paramilitares o por miembros activos de la Fuerza Pública, actuando en alianza con fuerzas ‘oscuras’. La inmensa mayoria de estos crímenes han quedado en la impunidad: al momento sólo 35 personas han sido judicializadas por estos asesinatos y más de 4.265 están impunes. ¿Quién protesta por estos asesinatos?
Cada día, a lo largo y ancho del territorio nacional, mueren de hambre niños y ancianos por problemas de hambre, desnutrición o falta de atención médica oportuna. Sólo se recuerdan cuando los medios de comunicación necesitan aumentar el raiting de la teleaudiencia. ¿Recuerdan lo que pasó hace unos pocos días con los niños del Chocó? ¿Será que el hambre se calmó o la miseria se acabó, que no han vuelto a decir nada en los medios de comunicación?
Por otro lado, en los barrios populares son asesinados jóvenes que, por desgracia, han caido en el terrible problema de la droga, muchos de ellos por escuadrones de la muerte. Pereira, por ejemplo, en los últimos dos años ha figurado en el país como la ciudad más violenta, con el índice más alto de homicidios por cada 100.000 habitantes. En términos concretos, cada fin de semana en Medicina Legal practican alrededor de 15 levantamientos. Hagan una simple operación matemática: multipliquen esto por 52 semanas, que es lo que contiene un año, y observen cuanto da. Por estas muertes nadie reclama.
Entonces, sería más partidario de participar de una movilización donde se reclame un acuerdo humanitario, donde se llegue a compromisos sobre la imperiosa libertad de todos y cada uno de los secuestrados, pero donde, igualmente, se exija el esclarecimiento de los millares de asesinatos que se han cometido en contra de sindicalistas, defensores de derechos humanos, campesinos indefensos -como los asesinados por el ejercito en Cajamarca-, o de los cientos de cadáveres presentados falsamente como muertos en combate. Sobre éstos últimos, no hay que olvidar que esos mismos medios de comunicación mostraban a esas personas asesinadas como ‘botín de combate’, mientras la procuraduria general de la Nación tiene abiertas cerca de 100 investigaciones contra miembros de la Fuerza Pública por asesinatos cometidos contra civiles, que hoy en día, se conocen como falsos positivos. Esto tambien está archivado y nadie, absolutamente nadie, del gobierno protesta o exige claridad sobre estos hechos.
La verdad, estaría de acuerdo con protestar, con manifestarnos, con expresarnos en contra de todas esas penurias que padece el conjunto del pueblo colombiano. Aquí, al parecer, hay unos muertos que duelen y los demás son sólo frías e inermes estadísticas, cuyo dolor sólo lo padecen sus familiares más cercanos, porque el ‘gran gobierno’ y los medios masivos de comunicación ocultan la verdad que, en silencio, se vive allí donde las noticias no llegan o donde los micrófonos no expanden las voces que reclaman a viva voz que haya justicia.
Éstas son algunas razones de por qué no me puse la camisa blanca.
Por: Juan Diego García – julio 4 de 2007
Los recientes triunfos electorales de la derecha y la muy publicitada cumbre de la Unión Europea eclipsan dos acontecimientos relevantes en Alemania e Italia: la creación de un partido de la izquierda (Die Linke) en Berlín y la reunión de grupos comunistas en Roma con el propósito de dar nacimiento a un partido similar al de sus colegas teutones.
Por: Rafael Rincón* – junio 28 de 2007
Si el filósofo griego Aristóteles (384-322 a.C.) viviera hoy en Colombia, su célebre frase en la que define al hombre como un zoon politikon (animal político) hubiera terminado acuñada como zoon ‘parapolitikon’ (animal parapolítico).
Según el estagirita, el animal político se ocupaba de la polis, de la ciudad, del Estado, de su funcionamiento, de su organización y estructura. Lo propio de él era lo público, que era también la vida social. Lo político era la ciudad, el Estado, lo social.
Colombia es un país sin política. Un país sin Congreso, sin lo público y con la ciudadanía amenazada. Un Estado inferior, algo menos que Estado.
En las democracias, el lugar por excelencia de la política es el Congreso de la República. Pero, el Congreso colombiano fue convertido en el hábitat, la madriguera, de los señores de la guerra. Primero fue la visita al Congreso del comandante paramilitar Salvatore Mancuso y su séquito vociferante: ellos se sentaron, intimidaron y ordenaron. Fue la ‘palomita’ parlamentaria, el país creyó que eran extraños, pero realmente estaban visitando a sus pares.
Luego, se cayó el tinglado cuando la Corte Suprema de Justicia sindicó a una veintena de congresistas por secuestro y concierto para delinquir, quedando al descubierto los congresistas prepago del paramilitarismo y del narcotráfico. Quedaron también en evidencia las jurisdicciones electorales de la parapolítica. El partido presidencial de la U quedó al descubierto con sus tenebrosas alianzas.
Si la política es debate y deliberación, en Colombia no hay política porque las leyes se hacen en desayunos presidenciales, se aprueban ‘micos’ a pupitrazo limpio y se obedece cerrilmente las directivas del ‘líder’ del Ejecutivo.
La política desaparece cuando la deliberación es remplazada por la imposición. En el Congreso, los derechos de las personas desaparecen en oscuras conciliaciones, pactos del más allá o mandatos de la obra de Dios, como ocurrió con los derechos de las parejas homosexuales.
No hay política en Colombia porque la cosa pública, la res pública, la República, no la asumen ni el Presidente ni el Congreso. Ellos son Presidente y Congreso de la cosa nostra, de la res de los hacendados, son los guardas de la res privada.
El cuestionado ganadero del Magdalena Medio, Carlos Arturo Clavijo Vargas, líder del movimiento No al despeje, llegó al Congreso en el año 2002, con Rocío Arias como fórmula a la Cámara de Representantes, para cuidar sus reces, su hato ganadero y el de sus compinches. Él no llegó a deliberar, llegó a imponer un proyecto político para refundar un nuevo país que había pactado con su candidato a la presidencia en el municipio de Puerto Berrío (Antioquia), el ex gobernador Álvaro Uribe Vélez.
El animal parapolítico es la negación de la política. Se ocupa desde el mundo privado de lo público, niega al Estado, pero lo convierte en un trampolín para los negocios privados.
La parapolítica es, parodiando al teórico político alemán Carl Schmitt, la guerra por otros medios. Los paramilitares, cuando tomaron la decisión de institucionalizar su proyecto ‘político’ triunfante, consagrado en la Constitución de Paramillo (2001), que consiste en refundar al país, lo que hicieron fue decidir continuar la guerra por otros medios.
Esa guerra, que produce mejores resultados que la paz, que es más económica que la paz, es el estado político deseado, es un estado parapolítico, llamado por ellos “Estado Comunitario”, porque pone en común las instituciones del Estado democrático con los intereses de la sociedad autoritaria.
La parapolítica, esa que enarbola la seguridad democrática y muestra como botín la disminución de homicidios, es, ni más ni menos, una propuesta de ‘guerra fría’ a la colombiana.
Ése es el famoso postconflicto en donde nace la Comisión Nacional de Reconciliación y la Ley 975 de 2005, son las legislaciones para acomodar las secuelas del nuevo orden.
Lo más público para este zoon ‘parapolitikon’ colombiano es el Tratado de Libre Comercio (TLC), porque es lo más común de los intereses particulares dominantes. Es un tratado que el ‘parapolitikon’ define como la síntesis de todas las oportunidades de negocios.
El zoon ‘parapolitikon’ no se interesa por los dracmas, ni por los dramas, su interés son los dólares y las comedias. El dolor de las víctimas del desplazamiento forzado se celebra con papayeras, confetis y algarabías, en donde las bases sociales extorsionadas alaban y rinden culto a los crímenes de lesa humanidad de sus amos.
El animal parapolítico es un ciudadano sin Estado. Aprendió la autodefensa y convirtió la estrategia antisubversiva en proyecto de Estado. El animal parapolítico responsabiliza al Estado de la falta de seguridad, afirma que no hay Estado que lo defienda. Es un parapolitikon que no tiene obligaciones, no paga impuestos, pero quiere tener privilegios, quiere tener un Estado que le cuide las tierras, que proteja la res nostra.
El zoon ‘parapolitikon’ tiene ejércitos particulares, tolerados muchas veces por los ejércitos oficiales, para garantizar su status quo, que es un estatus social que denigra del estatus político.
La parapolítica es el dominio del miedo, el triunfo de un orden conservador, de una economía ilegal, la negación de las libertades. Es el autoritarismo sin Estado, es la arbitrariedad de civil, una dictadura sin charreteras.
* Director del Consultorio de Derechos y Gobernabilidad háBeas Corpus.
Por: Juan Diego García – junio 12 de 2007
Aunque el neoliberalismo se ha desacreditado mucho y sus paladines se muestran ahora más reservados que hace algunos años, lo cierto es que las políticas económicas que se inspiran en esta ideología de capitalismo sin controles se han universalizado y hasta en el Viejo Continente han ido ganando terreno al modelo europeo de capitalismo, ante la claudicación teórica y política de democristianos y socialdemócratas y el agotamiento de los viejos partidos de la izquierda comunista. En realidad, las fuerzas que se oponen al neoliberalismo están constituidas por movimientos sociales de muy diversa naturaleza, que, dada su dispersión, aún están lejos de representar una alternativa política inmediata.
Por: Juan Diego García – mayo 16 de 2007
Las autoridades de Bogotá vinculan el escándalo de la parapolíticacon el incuestionable propósito del presidente Uribe de acabar con la violencia de la extrema derecha y poner fin a los vínculos ilegales entre política, violencia y dineros mal habidos. La democracia colombiana estaría dando una prueba de madurez y grandeza, en la que luminosos días esperan a la sufrida población de este país andino si se continúa por la senda de la ‘seguridad democrática’, lema central del gobierno.