Etiqueta: víctimas

  • Muertes, amenazas y desplazamientos aumentan en 2008

    Mayo 12 de 2008

    Desde comienzos de 2008, los asesinatos y las amenazas de muerte contra diferentes actores de la sociedad civil se han incrementado. Las personas que trabajan por la defensa de los derechos humanos son víctimas de una persecución e impunidad por parte del gobierno, a través de las fuerzas del Estado y paramilitares. Aunque las declaraciones de la actual administración manifiestan garantías en la seguridad de activistas y periodistas, la arremetida es innegable. Según las estadísticas proporcionadas por las centrales obreras y los diferentes observatorios de derechos humanos, en marzo de 2008 las muertes de sindicalistas aumentaron en un 300% y el número de exilios de periodistas ha crecido. Además, las autodenominadas Águilas Negras han reactivado su acción en el Magdalena Medio, algunas ciudades capitales y Bogotá. Esto ha ocasionado una serie de amenazas a activistas, intentos de homicidio, nuevos desplazamientos, toques de queda impuestos por los grupos paramilitares y extorsiones a las comunidades que, de nuevo, tienen que pagar por la falsa seguridad que prestan estos grupos irregulares.

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  • Marcha contra el paramilitarismo, los crímenes de Estado y la parapolítica

    Más de 200.000 personas salieron el 6 de marzo a marchar por las calles de Bogotá, en el marco del Cuarto Encuentro Nacional de Victimas de Crímenes de Estado. La concentración fue convocada a las 10:00am y los puntos de partida fueron: el Parque Nacional; las Universidades Nacional, Distrital y Pedagógica; el SENA y el Hospital San Juan de Dios. Otro punto de reunión fue el Parque Central del municipio de Soacha, desde donde marcharon las organizaciones de desplazados que el pasado martes 4 de marzo iniciaron su movilización desde Flandes (Tolima). El destino común fue la Plaza de Bolívar.

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  • Desplazados marcharon hacia Bogotá

    Marzo 7 de 2008

    En la mañana del 4 de marzo, en el puente que une a Flandes con Girardot, se dio lugar a un sentido homenaje a las victimas del terrorismo de Estado. Sobre el mismo río Magdalena sobre cuyas aguas han sido arrojados los cuerpos de miles de campesinos aberrantemente asesinados, las delegaciones de desplazados provenientes del Cauca, Antioquia, Tolima, Atlántico, Meta, entre otros, lanzaron miles de pétalos de flores para dar cuenta de la lucha por la vida de miles de personas de todo el país y su sacrificio cotidiano.

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  • Pereira se moviliza contra el olvido y la barbarie

    Marzo 6 de 2008

    A pesar de las amenazas, atentados y demás intentos de acallar las voces inconformes, este 6 de marzo, las calles del centro de Pereira se llenaron por varias horas de miles de personas quienes con pancartas, pasacalles, fotografías y estandartes denunciaron a los verdugos del pueblo colombiano, rindieron un homenaje a  las victimas de la violencia y a pueblo que sufre las desigualdades de un gobierno guerrerista.

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  • 6 de marzo

    Por: Mauricio Rodríguez – marzo 4 de 2008

    Ya nadie espera, el miedo se fractura y la esperanza crece. Aquellos que callaron por  tantos años, presos del dolor de la muerte, el terror del retorno de los homicidas y los recuerdos detenidos en el tiempo, han tomado la decisión de no guardar silencio, han recuperado el ímpetu para torcerle la cola a la historia. Se cansaron de la impunidad y las vagas promesas de reparaciones futuras, ‘siempre y cuando olviden o perdonen a los asesinos’.

    En el siglo X de nuestra era, los condenados por herejía eran quemados vivos para que no sobreviviera el alma. En América, a partir del siglo XV, los indios eran lacerados hasta morir o los negros morían de hambre y físico cansancio, después de repetir cien veces el rosario. En el siglo XX, en África, los franceses dejaban morir a los niños de algunas tribus, para que se incrementara la ayuda humanitaria, con la cual se construían canchas deportivas en Lion o en París.

    Y, sin embargo, en Colombia, la historia pasa por encima como si no tuviera nada que decirnos. En el preludio del siglo XXI, y antes de cumplirse su primera década, son más de cuatro millones de desplazados y desplazadas, más de la mitad menores de 14 años y un tercio de ellos niños que no conocen su tercera navidad. Son más de dos mil desaparecidos, miles de muertos que no conocieron un velorio propio, ni en grupo. Aún en las fosas los huesos permanecen amarrados, buscando evitar que las almas escaparan del tormento de la muerte.

    En Colombia, los asesinos cuentan pero no denuncian. Reciben beneficios si declaran el sitio de las fosas, el número de muertos, la cantidad de tierras robadas y el terror producido. Pero no dicen el nombre de los jefes, los autores intelectuales o los verdaderos ‘comandantes’ de sombrero y gabán. En Colombia, van a la cárcel los paramilitares como presos políticos, porque descuartizar, violar o jugar balón con las cabezas son prácticas políticas de una clase dirigente que se acostumbró a gobernar gracias a los cortes de franela. En Colombia, los medios justifican y perdonan, muestran la valentía de los cobardes y esconden la voz incesante de las víctimas.

    En Colombia, los senadores que viven de la muerte van a la cárcel y podrán recibir nuevos beneficios si declaran que son parte activa de los asesinos, si reconocen que su actividad delictiva está fuera del Estado y no como es en la realidad: que mandaron asesinar, arrasar y robar tierras para llegar al poder, aprovechándose de su lugar en la escala burocrática. En Colombia, los paramilitares gobiernan la mayor parte del Congreso, mandan a los congresistas, a los mismos que hace veinte años les dieron trabajo en grupos de limpieza, como celadores de fincas coqueras o como escoltas personales.

    Pero, también en Colombia, la mayoría de los colombianos se cansó del silencio y el establecimiento otorga, porque callar es la mejor manera de mostrar su infamia. Y en medio del silencio cómplice de medios, empresarios y gobierno, el 6 de marzo se iniciará un nuevo capítulo en la lucha del pueblo por la dignidad, por la justicia y la reparación efectiva.  En Colombia marcharemos miles y miles, y otros miles, por muchas circunstancias, no saldrán a las calles, pero en su espíritu resucitarán las ganas, se opacará el miedo y encenderá la luz de la esperanza. En Colombia casi nadie quiere seguir esperando el triunfo de la guerra fratricida. Por eso, el seis de marzo saldremos a las calles para exigir acuerdos humanitarios y la paz negociada.

    En Colombia quiere ganar la vida y es nuestro deber acompañarla en esa lucha.

  • La larga marcha

    Por: Juan Diego García – marzo 4 de 2008

    El próximo día 6 de marzo se realizará una marcha internacional para honrar a las víctimas del terrorismo de Estado y abogar por la salida negociada del conflicto armado en Colombia.

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  • Marzo 6: restitución de la memoria colectiva

    Marzo 1 de 2008

    La marcha del 6 de marzo es de gran importancia para el país por las reivindicaciones que se hacen a la memoria de todas las personas que han sido asesinadas, torturadas y desaparecidas. Además, enfrenta el miedo, al alzar la voz en contra de los crímenes que las Fuerzas Armadas y los paramilitares han cometido en contra de la población civil. Esta respuesta a la gran cantidad de crímenes cometidos contra campesinos, pensadores políticos, sindicalistas, estudiantes, indígenas e incontables líderes comunitarios y populares acerca la realidad de miles de colombianos a la opinión pública, denunciando que han sido victimas del Estado por la complicidad de éste con fuerzas paramilitares e, incluso, porque este fenómeno se ha convertido en parte de la política oficial imperante en Colombia.

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  • La Guajira es una dama reclinada

    Por: Francesca Minerva*

    «La Guajira es una dama reclinada,
    bañada por las aguas del Caribe inmenso,
    y lleva con orgullo en sus entrañas sus riquezas guardadas,
    orgullo pa’ mi pueblo. […]
    Viene un heredero a reclamarla, porque hoy sí tiene plata,
    porque ahora sí vale. […]
    Claro, tiene el gas que es una ganga, la sal de Manaure
    y su carbón de piedra,
    pa’  los gringos.. pa’ lo yanquis…
    pa’ los japoneses… pa’ los europeos…
    y los guajiros comiendo mierda «.

    Suena así una canción colombiana dedicada a las prósperas tierras del norte de Colombia, apretada entre las mandíbulas de la guerra, del abandono del Estado y de la explotación de las grandes empresas multinacionales.

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  • ¿Por qué no me puse la camiseta blanca hoy?

    Por: Mario Ruiz – julio 5 de 2007

    El día de ayer se recibió un correo de la empresa, donde llaman a los funcionarios a vestirse con camisetas blancas, a propósito de la jornada que habrá hoy, en horas del medio día, en contra del secuestro, en rechazo al asesinato de los 11 ex diputados del Valle y reclamando la devolución de los cadá¡veres. Los argumentos que expresaré a continuación son solamente para la reflexión y expresan algunos aspectos de mi forma de pensar. Hoy no me vestí de blanco, entre otras, por las siguientes razones.

    Es necesario que se tengan en cuenta otras apreciaciones en la vida nacional. El país se encuentra en una guerra cuyas características se asimilan a las de una guerra civil, que se expresa de diferentes maneras: la existencia de grupos insurgentes cuyo accionar se levanta, principalmente, contra un Estado, buscando su derrocamiento; la inconformidad de grandes masas en las ciudades; la movilización de sectores de la sociedad que reclaman derechos y garantías.

    El reconocimiento de la existencia o no de la guerra es un principio para buscar su solución. Existen opciones: una es buscar acuerdos donde las partes deben ceder en sus aspiraciones buscando un punto medio; la otra es la radicalización del conflicto, es decir, que las partes enfrentadas, antes que buscar una salida negociada, se fortalezcan política y militarmente para tratar de resolver la guerra a su favor.

    Para esto, la validación de sus prácticas, se requiere la aceptación política de la población. En este proceso entran a jugar elementos tan vitales e importantes como son los imaginarios populares, es decir, las ideas en grandes capas de la población donde la influencia de los medios masivos de comunicación entra a jugar un papel de vital importancia, a favor o en contra de una u otra posición.

    Desde hace mucho tiempo, grandes sectores de la sociedad han llamado a uno y otro sector a buscar puntos coincidentes para llegar a un acuerdo humanitario, tratando ponerle fin a las penurias de las personas retenidas por la guerrilla. Ni un sector ni el otro han hecho lo suficiente para buscarle una salida a tan difícil situación: unos argumentan la necesidad de una zona de despeje, el otro sector argumenta la imposibilidad de ceder en esta solicitud. Lo cierto de todo es que el tema se ha convertido, más que en un asunto de carácter obligatorio para cualquier sociedad civilizada -en el entendido de que se está hablando de seres humanos que están padeciendo este flagelo-, en un espectáculo morboso y degradante de aquellos que buscan sacar tajada política de tan terrible situación. El Derecho Internacional Humanitario brinda las herramientas necesarias y suficientes para que los actores involucrados en dicho conflicto lleguen a acuerdos.

    Pero en el país, infortundamente para nosotros, hay otras muertes y otros muchos colombianos que han sido asesinados o desaparecidos. Aquellos son ignorados, desconocidos o, simple y llanamente, olvidados. Según informaciones publicadas en la revista Semana hace pocos días, más de 30.000 colombianos reposan en fosas comunes a lo largo y ancho del territorio nacional. A esto no le hacen el ‘show’ ni la publicidad suficiente, los medios masivos de comunicación no llaman a movilizaciones y, mucho menos, la Presidencia de la República. Por supuesto, el Congreso calla, quizás porque algunos de los autores intelectuales han ejercido como ‘padres de la patria’, quizás porque muchos de esos colombianos osaron manifestar su inconformismo ante un Estado cuya democracia es burlada constantemente por las clases que ostentan el poder.

    Entonces, ¿por qué nunca el gobierno colombiano ha expresado su rechazo públicamente en contra de estas prácticas, no menos detestables o despreciables?

    Recuerdo en estos momentos las marchas que se hacían contra el secuestro diez años atrás, cuando Francisco Santos, ahora vicepresidente, convocaba a la ‘sociedad civil’ a manifestarse en contra de esa práctica. ¿A quién le sirvieron, entonces, esas movilizaciones? ¿Quién capitalizó todas esas grandes manifestaciones? Por ese entonces, se estaba viviendo una situación de desplazamiento, producto de la guerra. Millares de campesinos estaban protestando en la calle, reclamando sus derechos, y la respuesta del gobierno fue represión, la muerte de varios indígenas en el Cauca, la desaparición de varios campesinos en el Tolima y el asesinato de un participante en las calles de Bogotá, a manos de los antimotines.

    Desde 1986, cuando se creó la Central Unitaria de Trabajadores, mas de 4.300 dirigentes y dirigentas sindicales han sido asesinados por parte de grupos paramilitares o por miembros activos de la Fuerza Pública, actuando en alianza con fuerzas ‘oscuras’. La inmensa mayoria de estos crímenes han quedado en la impunidad: al momento sólo 35 personas han sido judicializadas por estos asesinatos y más de 4.265 están impunes. ¿Quién protesta por estos asesinatos?

    Cada día, a lo largo y ancho del territorio nacional, mueren de hambre niños y ancianos por problemas de hambre, desnutrición o falta de atención médica oportuna. Sólo se recuerdan cuando los medios de comunicación necesitan aumentar el raiting de la teleaudiencia. ¿Recuerdan lo que pasó hace unos pocos días con los niños del Chocó? ¿Será que el hambre se calmó o la miseria se acabó, que no han vuelto a decir nada en los medios de comunicación?

    Por otro lado, en los barrios populares son asesinados jóvenes que, por desgracia, han caido en el terrible problema de la droga, muchos de ellos por escuadrones de la muerte. Pereira, por ejemplo, en los últimos dos años ha figurado en el país como la ciudad más violenta, con el índice más alto de homicidios por cada 100.000 habitantes. En términos concretos, cada fin de semana en Medicina Legal practican alrededor de 15 levantamientos. Hagan una simple operación matemática: multipliquen esto por 52 semanas, que es lo que contiene un año, y observen cuanto da. Por estas muertes nadie reclama.

    Entonces, sería más partidario de participar de una movilización donde se reclame un acuerdo humanitario, donde se llegue a compromisos sobre la imperiosa libertad de todos y cada uno de los secuestrados, pero donde, igualmente, se exija el esclarecimiento de los millares de asesinatos que se han cometido en contra de sindicalistas, defensores de derechos humanos, campesinos indefensos -como los asesinados por el ejercito en Cajamarca-, o de los cientos de cadáveres presentados falsamente como muertos en combate. Sobre éstos últimos, no hay que olvidar que esos mismos medios de comunicación mostraban a esas personas asesinadas como ‘botín de combate’, mientras la procuraduria general de la Nación tiene abiertas cerca de 100 investigaciones contra miembros de la Fuerza Pública por asesinatos cometidos contra civiles, que hoy en dí­a, se conocen como falsos positivos. Esto tambien está archivado y nadie, absolutamente nadie, del gobierno protesta o exige claridad sobre estos hechos.

    La verdad, estaría de acuerdo con protestar, con manifestarnos, con expresarnos en contra de todas esas penurias que padece el conjunto del pueblo colombiano. Aquí, al parecer, hay unos muertos que duelen y los demás son sólo frías e inermes estadísticas, cuyo dolor sólo lo padecen sus familiares más cercanos, porque el ‘gran gobierno’ y los medios masivos de comunicación ocultan la verdad que, en silencio, se vive allí donde las noticias no llegan o donde los micrófonos no expanden las voces que reclaman a viva voz que haya justicia.

    Éstas son algunas razones de por qué no me puse la camisa blanca.