Etiqueta: La Guajira

  • “Cualquier transición será insuficiente si no pone la vida en el centro”

    “Cualquier transición será insuficiente si no pone la vida en el centro”

    Por: Marcela Zuluaga C.


    Mientras gobiernos y empresas discuten el futuro de los combustibles fósiles; comunidades afrodescendientes, campesinas e indígenas insisten en que las transiciones justas parten de la defensa del territorio, la biodiversidad, la justicia climática y el bienestar de las personas. Demandan desde los andes hasta los desiertos de la guajira, que se construya con respeto por los sistemas de vida y los derechos sobre sus tierras y aguas.

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  • El costo social del carbón térmico colombiano

    Investigación: Marcela Zuluaga C.

    La explotación de carbón térmico en Colombia no solo genera graves impactos ambientales, sino que trae consigo una serie de consecuencias sociales para las comunidades que habitan en las zonas de influencia minera.

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  • Glencore envenena ríos del Cesar y La Guajira

    Investigación: Joanna Zapata y Marcela Zuluaga
    Audiovisuales: Iván Castaño
    Imágenes de dron: Plinio Barraza
    Noviembre 29 de 2023

    Los desechos de la minería del carbón presentan un serio problema, empresas como el grupo Prodeco – Glencore son responsables de los cambios en la calidad del agua, pérdida de diversidad acuática, y de acumulación de contaminantes en la cadena alimenticia de las especies acuáticas en las comunidades de Calenturitas y la Jagua, en el Cesar, y cerca a El Cerrejón en La Guajira. 

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  • Glencore: Swallowing the Tropical Forest in Colombia

    Research: Joanna Zapata, Marcela Zuluaga, and Omar Vera
    Audiovisuals: Iván Castaño
    Drone footage: Plinio Barraza

    The environmental footprint that Glencore has left in northern Colombia is evident. Vast expanses of tropical forests in the departments of Cesar and La Guajira, where the Swiss company operates open-pit coal mines, have accumulated four decades of deforestation and soil damage that may never be repaired.

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  • Glencore: devorando bosque tropical en Colombia

    Investigación: Joanna Zapata, Marcela Zuluaga y Omar Vera
    Audiovisuales: Iván Castaño
    Imágenes de dron: Plinio Barraza
    Octubre 2 de 2023

    La huella ambiental que Glencore ha dejado en el norte de Colombia es notoria. Enormes extensiones de bosques tropicales de los departamentos de Cesar y La Guajira, donde se ubican las minas de carbón a cielo abierto operadas por la compañía suiza, acumulan ya cuatro décadas de deforestación y daños al suelo que posiblemente nunca sean reparados.

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  • El único río en el desierto

    Por: Marcela Zuluaga Contreras – noviembre 8 de 2021

    A Jakeline Romero Epiayú le ha tocado ver como cada año la mina de El Cerrejón le arrebata grandes mordidas a lo que era el territorio ancestral de su pueblo wayúu, mientras la gente muere de sed y hambre en el desierto.

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  • La Guajira: “Basta ya de explotación minera”

    El agua del arroyo Bruno es la mayor preocupación para los habitantes de La Guajira. Foto: Camila Ramírez.
    El agua del arroyo Bruno es la mayor preocupación para los habitantes de La Guajira. Foto: Camila Ramírez.

    Por: Camila Ramírez – diciembre 13 de 2017

    Durante prácticamente cuatro décadas, las comunidades indígenas wayúu, afrodescendientes y campesinas del departamento de La Guajira se han resistido al desplazamiento forzado, los asesinatos de sus líderes sociales, la pérdida de sus costumbres culturales, el deterioro de sus ecosistemas, la extinción de animales y plantas, la destrucción de las fuentes hídricas y las enfermedades que ha traído consigo el hecho de tener como vecino a la mina de carbón a cielo abierto más grande del mundo: el Cerrejón.

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  • ¿Dónde salta el Conejo?

    El corregimiento Conejo, de Fonseca (La Guajira), visitado por voceros de las FARC hace pocos días, ha sido fuertemente golpeado por la pobreza y el paramilitarismo - Foto: La Plena.
    El corregimiento Conejo, de Fonseca (La Guajira), visitado por voceros de las FARC hace pocos días, ha sido fuertemente golpeado por la pobreza y el paramilitarismo – Foto: La Plena.

    Por: Diego Marín – marzo 3 de 2016

    En un departamento como La Guajira, que no es conocido en Colombia por ser especialmente democrático, un diario local registró lo sucedido en el corregimiento Conejo, ubicado en el municipio de Fonseca, con más equilibrio que otros medios:

    Conejo es un pueblo campesino y somos los primeros que anhelamos la paz porque estamos entre la espada y la pared, porque somos los paganos de todo. Ése fue el tema que ellos trajeron. Vinieron a hablarnos de cómo iba el proceso de paz y por eso fuimos a la reunión […] Ellos sólo vinieron hablar de paz, pero no se metieron con nadie, ni ofendieron a nadie. Eran los 30 guerrilleros armados, entre ellos unas 20 mujeres, el resto eran de civil y no tenían armas.

    El diario local continúa con otro artículo que reseña como todo el mundo sabía lo que pasaría en Conejo. Con la franqueza caribeña que tanto molesta a los cachacos, los mismos pobladores aclaran que el miércoles en la noche se retiraron los militares y el jueves en la mañana entraron los guerrilleros. Los periodistas, que llegaron de varias partes del Caribe, afirman que el protocolo y la logística estuvieron mejor que en las entidades gubernamentales.

    Un habitante continúa, señalando que todo el pueblo la pasó mejor que en los días del carnaval local y sin trago, en paz. Otro remata diciendo: “que vuelva la guerrilla para que el gobierno nos atienda”. Esto es lo que debe causar tanto ardor en el ego de la godarria de saco y corbata, y por eso no se registra en la prensa nacional, ocupada de morbosos escándalos homofóbicos y del próximo partido de la selección de fútbol.

    Yo sigo examinado los titulares de la versión electrónica del diario guajiro, rodeado de nieve a las 4:30 am hora local de Oslo (Noruega), y el calor caribeño que irradian las fotografías contrasta con los escalofríos que produce la realidad regional: “Robo millonario en el Banco Popular de Riohacha”, “Afrodescendientes reclaman inclusión en programas del gobierno”, “Asesinado de un tiro en la cabeza menor de tres meses en Ríohacha”, “Con la llegada de las FARC se movió la economía en el corregimiento de Conejo”. Me acuerdo de mis amigos costeños […] y me avergüenzo de lo lejos que hemos dejado a estos pueblos en la historia y los corazones del resto del país.

    Es allá, en esos pueblos, donde el país debe aprender de reconciliación y paz, dejando a un lado la doble moral y la mojigatería de la política tradicional. El sábado pasado, luego de un debate en el festival de cine documental de Oslo al que me invitaron para hablar de Colombia, me preguntaba un periodista noruego sobre las posibilidades de la paz y el fuerte rechazo de los colombianos a las negociaciones. Sin haber visto los vídeos de La Plena, le respondí lo que hoy deja ver el diario guajiro: la famosa oposición de las ciudades es la radicalidad irresponsable de los que no han vivido la guerra, en las regiones, en los pueblos que sí la han padecido, es donde entienden mejor el cuento de la paz.

    Imposible no hacer una pausa para recordar como hace diez años teníamos que lidiar con el mismo radicalismo pero de parte de algunos que, con el rollo de la insurrección, enredaron a más de uno en las cafeterías de Bogotá, mandándolos para el monte o dividiendo la izquierda. Hasta el día de hoy, jamás se les vio con el overol puesto y ahora andan de embajadores de la paz, o acomodados en Bogotá con salarios millonarios y varios posgrados debajo del brazo.

    A la gente en las regiones no se les puede ‘meter conejo’, menos a los de Conejo que, como muchos otros, han visto correr la sangre por disparos de fusiles de uno y otro bando. Espero que, al menos, tanto los indignados por el ‘atrevimiento’ de las FARC como los que festejamos estos ejemplos de paz se hayan tomado el trabajo de mirar en el mapa donde fue que saltó el conejo. Todo el que cuente con la fortuna de tener amigos costeños, especialmente guajiros, reconocerá la zona de inmediato, gracias a los interminables debates sobre el vallenato al que nos tienen acostumbrados. Conejo queda en la esquina nororiental del eje Valledupar San Juan Fonseca, con Villanueva incluido. Es como un embudo al revés, que se cierra hacia La Guajira y se abre hacia el Magdalena, incrustado en la geografía colombiana entre la Sierra Nevada y la Serranía del Perijá. Conejo queda recostado contra esta última, haciendo frontera con Venezuela.

    No hay pueblo de esa zona que no esté nombrado en un vallenato famoso. Diomedes Díaz nació por allí, en La Junta, y por allí queda también Badillo, el pueblo de la custodia famosa de Escalona, mejor dicho, es la propia meca de la cultura vallenata. Pero es también un foco candente del paramilitarismo, por ese embudo invertido hacia el interior del país se vertió gran parte de la violencia de la motosierra y las masacres, subiendo contra corriente por el cauce del río Magdalena. También por eso es que arman tanto escándalo compatriotas como los del Centro Democrático, los de la Federación Colombiana de Ganaderos (Fedegan) y el procurador. Como se dice popularmente, se le metieron a la cocina, hicieron fiesta y no se dieron cuenta ni cuándo salieron. A los amantes de la guerra, enemigos del proceso de La Habana le pasaron la paz por las narices, demostrando que allá, en su patio trasero, también la gente quiere la paz y que su discurso de guerra es un embeleco oportunista e irresponsable desde las alturas de la capital.

    Allí reside, para mí, la verdadera importancia estratégica de lo que sucedió en Conejo. Es un golpe de mano de la paz a los señores de la guerra. ¿Cómo se explica que en la propia cuna del paramilitarismo y cuando todos sabían lo que pasaba, nadie diera aviso oportuno a la caverna de Medellín y Bogotá? ¿Dónde quedaron las filtraciones del Ejército hacia el Centro Democrático y Uribe? Esta vez nadie reveló coordenadas, nadie alertó del movimiento de tropas ni de la presencia de la guerrilla. Por primera vez en la historia del gobierno de Juan Manuel Santos, quedó demostrada una real unidad de mando y total acatamiento de la autoridad presidencial: no hubo ni ministros, ni oficiales, ni soldados ni funcionarios que le hicieran el juego al procurador Ordóñez o a Uribe. Esta vez se quedaron solos. Cabe anotar que ‘coincidencialmente’ el presidente Santos también estaba en La Guajira.

    Esta historia quedará marcada por el espíritu macondiano del que tanto nos enorgullecemos, y es que, como diría Trespalacios ‘El Propio’: no puede haber paz sin bacanería. La paz es una cuestión de bacanes y bacanas. Pero, en el fondo, lo que sucedió en Conejo fue el primer gran ejercicio público de confianza y coordinación entre las FARC y el Ejército colombiano, de cara a un cese de fuegos bilateral y definitivo. Fue también un golpe de alto valor simbólico para demostrar el apoyo popular a la paz y, sobre todo, fue un golpe a la imagen y la moral de los enemigos del proceso de paz, quienes cada vez están más solos y con mayores dificultades para atajar el tren de la paz, aunque éste atraviese por sus propias fincas.

  • “¿Por qué cambiaríamos nuestro único río por regalías?”

    El río Ranchería, principal fuente de agua para los wayúu en La Guajira - Foto: http://www.wayuunaiki.org.vePor: Vicenta Siosi Pino* – junio 10 de 2012

    El pasado 4 de abril, Vicenta Siosi Pino, indígena wayuú del clan Apshana, escribió una carta a Juan Manuel Santos en la que le solicita que “ayude a los wayuú”. El río Ranchería, único río que no seca su cauce en el desértico departamento de La Guajira, podría ser desviado por Carbones del Cerrejón Ltd., empresa que pretende explotar la riqueza mineral que hay bajo su lecho desviándolo 26 kilómetros de su cauce. Las consecuencias para los pueblos originarios, las ciudades y el frágil ecosistema de la región serían incalculables.

    Doctor Juan Manuel Santos, presidente de la República de Colombia. Respetuoso saludo.

    Le escribo desde Pancho, una aldea wayuú con casas de barro, techo de zinc y que se levanta en la margen derecha del río Ranchería, el único río de la media y alta Guajira. Decenas de rancherías circundan Pancho porque los wayuú vivimos diseminados por este desierto que Dios nos dio. Las gentes por aquí viven de pescar en el río con atarrayas artesanales. Aún los niños pescan y lizas, bagres, bocachicos y camarones son nuestro alimento. Las mujeres recogen cerezas, iguarayas, mamoncillos cotoprix, coas silvestres y las venden por las calles de Riohacha. Un poco más arriba, en la vega del río, uno consigue aceitunas, jamanar, ciruela jova.

    El otoño, con sus truenos escandalosos, nos avisa de las lluvias y entonces se preparan las huertas para el frijol, la patilla, auyama, maíz. Recoger la cosecha es un gozo indescriptible.

    Algunos wayuú tienen rozas permanentes junto al río. Con gran esfuerzo, cargan el agua con baldes y riegan mata por mata. Son indígenas de vocación agrícola y gozan de buen alimento en su casa.

    Otros wayuú toman barro y con agua del río amasan y forman unos bloques que queman en hornos. Fabrican ladrillos para construcción de viviendas citadinas.

    Como en la orilla del río hay espesa vegetación. Un grupo corta las ramas de los árboles de trupillo, que siempre crecen rápido, y hace carbón de madera. Es una fuente de ingreso porque el carbón se vende en los restaurantes de los arijuna–personas que no pertenecen a la etnia wayuú–.

    Del bosquecillo del río también tomamos la leña para cocinar. Nosotros no tenemos gas domiciliario ni estufas eléctricas.

    Algunos hombres van a la ribera del Ranchería y cazan cangrejos azules. Le sacan las muelas y los vuelven a depositar en sus cuevas. Las muelas se comercian.

    La mayoría de los Wayuú criamos chivos. Los rebaños, numerosos o escasos, van al río a tomar agua. Algunos tienen vacas y caballos. Aquí en Pancho miramos pasar las reses y mulas de los indígenas de Chispana y Buenavista.

    Nunca dejará de sorprendernos ver acampar cerca del río los grandes rebaños de cabras de los wayuú de la alta Guajira. Cuando el verano es fuerte, arrean su ganado decenas de kilómetros, se alojan en chozas improvisadas cerca del agua y permanecen allí hasta que disminuye la temporada seca. Luego se marchan.

    El Ranchería es el único río de los wayuú, la única corriente de agua que atraviesa este territorio ancestral dando vida a nuestra vida. Al río vamos a bañarnos. Es una diversión exultante. Allí se encuentran los jóvenes, se enamoran, fundan lazos de amistad. Las mamás lavan ropa y los pequeñitos aprenden a nadar. Existe entre los wayuú una gran colección de juegos en el agua. Con el barro blando de las orillas las niñas fabrican sus juguetes: muñecas, tacitas, platicos que secan al sol.

    Los wayuú no tenemos teatro, salas de cine, rueda de Chicago, montaña rusa ni parque interactivo. Sólo tenemos el río Ranchería preñado de mitos, leyendas, relatos y encantos.

    Miles de aves cantan en la aurora de La Guajira. Es la música más hermosa del mundo. Los pájaros van al río a saciar su sed, así como los burros, cerdos, monos, zorros chuchos, mapuritos y todos los animales que nos acompañan en este viaje por la vida.

    El río Ranchería no se seca. Cuando arrecia el verano disminuye su caudal. El mar de leva entra a la corriente y trae como ofrenda pescados del océano para alimentarnos. Entonces subimos un kilómetro río arriba y allí encontramos agua dulce.

    Pero el panorama no es alentador. En un libro del Cerrejón titulado “Resumen del proyecto de expansión para grupos de interés”, en su página 60, dice que el cambio climático global nos afectaría porque “el clima en La Guajira podría tornarse más cálido y seco, con una disminución en la pluviometría de 5-10 por ciento […] Los glaciales de la Sierra Nevada de Santa Marta podrían desaparecer hacia el año 2050, lo que afectaría la disponibilidad de fuentes de agua en la región”.

    ¿Cómo será la vida del Wayuú sin el río Ranchería?

    A Pancho llegaron, el día 28 de marzo de 2012, funcionarios del Cerrejón e informaron a la comunidad que tienen proyectado desviar el río Ranchería 26 kilómetros a la altura de la mina de carbón. Advirtieron que el río se va a secar en verano. Pero si nosotros pasamos casi todo el año en verano, ¿cómo vamos a sufrir esto?

    Añadieron que, posiblemente, construyan un embalse en el río Palomino (Barrancas) para surtirnos en verano. Pero, en su libro escrito está en la página 48 que esta fuente de agua desaparece durante la temporada seca. ¿Cómo nos proveerá un arroyo seco?

    Anunciaron que los 500 millones de toneladas de carbón bajo el río generarían regalías. En 30 años de explotación del mineral las regalías a La Guajira le han servido para nada. Todavía ninguna población del departamento tiene un acueducto eficiente. En Riohacha, la capital, el agua llega en el barrio Centro tres días a la semana, sin alcanzar a subir a las regaderas, y en las zonas periféricas el líquido se recoge sólo un día.

    Los hospitales permanecen en paro porque no cancelan los sueldos en meses y el atraso tecnológico es abrumador. La educación ocupa el último lugar del país. Según una investigación del Banco de la República, el 50% de los niños wayuú padecen desnutrición. Este año, el DNP, el Dane, el Banco Mundial y la Cepal informaron que el departamento de La Guajira ostenta el más alto nivel de pobreza e indigencia en Colombia, con un 64%. Veo que las regalías no han ayudado en lo fundamental. ¿Por qué cambiaríamos nuestro único río por regalías?

    Al final de la reunión concluyeron que sería una gran obra de ingeniería y que las cosas seguirían igual. A lo que una jovencita de la comunidad preguntó: “Si todo permanecerá igual, ¿por qué nos quieren compensar?”. Nuestro transcurrir en la península de La Guajira gira alrededor del río, éste es la gracia y la vida aquí. Por favor, no permita que la empresa extranjera Cerrejón destruya el acuífero que mantiene el Ranchería y seque la única fuente de agua que poseemos.

    Si se licencia el traslado y empezamos a padecer los perjuicios, no podremos volver atrás, el daño es irreversible.

    Por favor, ayude a los Wayuú.

    __________

    * Wayuú del clan Apshana, periodista y escritora.

  • Masacre de Bahía Portete: etnocidio contra los wayúu

    Las mujeres wayúu han sido las principales víctimas de la violencia paramilitar en La Guajira - Foto: Omar Vera

    Noviembre 2 de 2010

    Durante la tercera versión de la Semana por la Memoria, organizada por la comisión nacional de reparación y reconciliación (CNRR), se lanzó el informe de la masacre de Bahía Portete en la Alta Guajira. En el informe, a través de las voces de los sobrevivientes y los familiares de las víctimas, se presenta un aporte para reconstruir la memoria histórica y conocer la verdad sobre la tragedia humanitaria en Colombia.

    En la masacre de Bahía Portete murieron seis personas, cuatro de las cuales eran mujeres. Con ésta, se atentó contra una población que fue desplazada masivamente y violentada étnica y sexualmente el día 18 de abril de 2004, cuando 40 paramilitares del Frente Contrainsurgencia Wayúu de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) entraron a bahía Portete y, lista en mano, procedieron a torturar y asesinar a estas personas, quemando varias casas y destruyendo el cementerio ancestral, lugar sagrado de gran importancia para los indígenas wayúu. Los hechos ocurrieron en plena negociación del gobierno de Uribe con los grupos paramilitares y en su momento fueron mostrados por las autoridades a la opinión pública como consecuencia de una supuesta guerra interclánica entre familias wayúu.

    Dentro de los objetivos del informe se resaltaron las consecuencias que esta masacre dejó para la memoria de la comunidad, además de las consecuencias del desplazamiento de más de 600 indígenas wayúu, así como la destrucción física y espacial contra esta población.

    La presentación del informe estuvo precedida por las palabras de Agustín Fince, autoridad mayor wayúu, quien relató en su lengua natal, el wayuunaiki, el impacto que ha tenido el desplazamiento a tierras diferentes de las ancestraless transformó por completo la vida de su comunidad.

    Luego de la presentación de los hechos, Debora Barros, una de las víctimas, recordó que la violencia contra las mujeres wayúu ha sido sistemática y que la Fuerza Pública no las ha protegido. Su voz temblorosa, en medio de la rabia y el dolor por haber vivido esta tragedia, evocó la resistencia de los indígenas wayúu contra la colonialización y evangelización de los españoles, a quienes nunca entregaron sus tierras y el despojo que durante las últimas décadas han sufrido, de mano de ciertas políticas gubernamentales, los megaproyectos y la acción de los grupos paramilitares, señalando que la acción del frente de las AUC responsable de la masacre de Bahía Portete contó con la complacencia de agentes del Estado y que, debido a estos crímenes, gran parte de estas familias fueron desterradas a Maracaibo (Venezuela).

    Adicionalmente, las víctimas atribuyeron el exterminio de los pueblos indígenas y, en este caso, el de los wayuú, a las compañías multinacionales, a la construcción de proyectos turísticos y a la acción de grandes empresas nacionales como Cerrejón, que apoyada por el Estado, llevan más de dos décadas explotando la mina de carbón a cielo abierto más grande del mundo, y Empresas Públicas de Medellín (EPM), que ha construido el mayor parque eólico del país para la generación de energía en La Guajira. La expulsión de las comunidades indígenas de sus territorios y la violación de sus lugares sagrados han generado resultados catastróficos para los wayúu, quienes no tienen acceso a beneficios de los recursos naturales extraídos de sus territorios por estas compañías, como lo son la sal, el carbón y la energía eléctrica.