Por: Edmundo Moure – 4 de septiembre de 2020
Mi generación nació en los albores de la II Guerra Mundial. Somos hijos de muchas hogueras y terribles holocaustos. No obstante, aprendimos muy temprano, por boca memoriosa de los ancestros de la Galicia remota, que el espacio sagrado en donde se guarda el fuego se llama hogar, o lareira. Cuando había que conservarlo, como el mayor de los tesoros surgido de las tinieblas, las benefactoras brasas se cautelaban durante todo el año. El último día de aquel ciclo, a medianoche, se las dejaba extinguir y las cenizas eran arrojadas sobre el campo, en señal unívoca de muerte y resurrección. Y se volvía a encender la nueva lumbre, con la promesa de doce meses venturosos. Si, por alguna razón, se apagaba antes de tiempo, la desgracia caía sobre la casa hogar en la forma mustia de la ceniza, metáfora ancestral de la desdicha humana que conlleva toda aniquilación.
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