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  • Defender la vida siendo mujer: riesgos de las ambientalistas en Colombia

    Por Andrés Gómez

    Las mujeres en Colombia componen en gran parte los procesos de transformación socioambiental. De acuerdo con una encuesta hecha por la Agencia Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) en junio de 2024, las mujeres representaban más del 42% del total de personas que se identifican como defensores en asuntos ambientales, pero poco se sabe de los riesgos diferenciados que enfrentan al cuidar la vida del planeta.

    Un ejemplo reciente de falta de claridad es el informe público presentado en 2025 por la Fiscalía General de la Nación donde aclara que entre 2016 y 2024 registró 1.372 homicidios de personas defensoras de derechos humanos, pero no discrimina quienes fueron asesinados por sus labores como ambientalista. Marlén Arévalo, líder ambiental y de derechos humanos, y representante a la Mesa Nacional de Garantías, habla de la incidencia que hasta ahora se ha logrado pero insiste en la falta de diferenciación:

    La labor que hemos hecho en la mesa de garantías con mi compañera que es la delegada de mujeres, ha sido una cosa bien bien interesante, y en la política pública pues logramos por lo menos que se colocara la palabra defensor ambiental, porque no estaba, porque nos meten a todos en el mismo canasto.

    La Fiscalía también reporta que desde el año 2016 al 2024, fueron asesinadas 14 mujeres por ser mujeres y ejercer liderazgo social: tres de los casos se encuentran inactivos, 4 en indagación, 4 en juicio y 3 más en ejecución de penas. Y en el caso de la desaparición forzada, la Fiscalía informa que del año 2016 al 2024 tiene registros de 40 casos en indagación, 14 en etapa de investigación, 6 en juicio y 4 en ejecución de penas, pero no ofrece información discriminada de quienes son mujeres.

    Ilustración: cj_dsgn

    La Fiscalía, institución que investiga delitos y ejerce la acción penal pública en Colombia, no reporta información diferenciada sobre liderazgos ambientalistas y menos la diferencia entre hombres y mujeres asesinadas o desaparecidas por su labor ambiental, tampoco respondió el derecho de petición que le envió el periódico preguntando sobre este tema.

    Es necesario saber los riegos diferenciados que asumen las personas que cuidan la vida del planeta, debido a la presión de multinacionales extractivistas legales e ilegales, y que los ecosistemas están, cada vez, bajo más presión, y quienes lideran procesos socioambientales que resisten a la voracidad de la minería y los monocultivos extensivos, se han convertido en sus enemigos, especialmente en Sur América y el Caribe, ambientalistas como Marlén Arévalo, comentan sobre ésto:

    Tuve la posibilidad en junio del año pasado de participar en la parte final de la construcción de la política pública [para defensores y defensoras de derechos humanos] porque llevaban más o menos construyéndola desde el 2022-2023. … Cuando yo llego allí y empiezo a hablar del tema ambiental, mira que curiosamente desde la institucionalidad todo el tiempo me callaban y me decían:‘No, es que eso se va a ver más adelante’; ‘No, mira, es que eso no se trabajará acá’. Inclusive compañeros defensores de derechos humanos lo que dijeron es que: ‘¡defensor es defensor, y ya!’. Y yo decía: ¿cómo así que defensor es defensor y ya? Si es el país en donde más asesina defensores ambientales por cuenta de la industria extractiva.

    Marlén no se equivoca en su análisis. La organización Global Witness, expone que entre 2012 y 2024 han sido asesinadas 2.253 personas defensoras ambientales en el mundo, e informa que 509 casos ocurrieron en Colombia. La ONG especializada en reportar crímenes a defensores ambientales, también reporta que en 2024 fueron asesinadas 146 personas por defender sus derechos a sus territorios y a un ambiente limpio, sano y sostenible, 120 de ellas en Latinoamérica. Casi un tercio de los homicidios se perpetraron en Colombia, donde a 48 personas les quitaron la vida por defender la vida, 4 de ellas mujeres:

    Fuente: Global Witness

    Colombia es de lejos el país más peligroso para ser líder social. En el informe sobre la Situación de las Personas Defensoras de Derechos Humanos en Colombia de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, reportó que entre 2016 y 2025, asesinaron en Colombia a 972 personas defensoras de derechos humanos: 112 mujeres, 843 hombres y 17 personas LGTBI+.

    Fuente: OACNUDH

    Este informe, aunque no discrimina si el liderazgo de las víctimas era social y/o ambiental, si aclara que, en el caso de las lideresas ambientales:

    Las agresiones suelen estar vinculadas a conflictos socioambientales y a la oposición frente a proyectos extractivos.

    Nombrar lo que el Estado no ve

    A un par de horas de Tumaco, en la vía que comunica con Pasto, está ubicado el municipio de Ricaurte, y en este lugar del piedemonte andino que conecta con el pacífico, son mujeres las que componen gran parte los procesos de transformación socioambiental y podría ser mayor su participación a la media nacional, solo en dos organizaciones ambientalistas del municipio más del 90% de sus integrantes son mujeres: Mujeres Recicla Ricaurte por la Paz y Guardabosques los Gualpantes.

    Lea: Recicla Ricaurte detiene la muerte antes de que llegue al mar

    Lea: Sembrar vida en tiempos de conflicto

    Estas organizaciones, junto con la Fundación Bitácora Ciudadana, en el marco del proyecto “Sembrando paz y resiliencia” financiado por el Banco de proyectos para las comunidades del Ministerio del Interior, asumieron reflexionar sobre las amenazas que enfrentan como ambientalistas e invitaron a El Turbión a participar de una serie de encuentros con ellas para compartirlas. Los hallazgos sorprenden, porque reflejan que las personas ambientalistas enfrentan amenazas a su integridad mental y física no solo por parte de los actores armados, sino de la sociedad en general y propias de las crisis climática, al ser la primera línea de acción ambiental.

    Somos violentos con las mujeres que defienden la vida

    Mujeres articipantes de los encuentros “Sembrando paz y resiliencia” – Foto: Ximena Dorado

    Cuando las mujeres de la asociación Mujeres Recicla Ricaurte salen a las calles o a las veredas del municipio a recuperar materiales reciclables, no siempre reciben reconocimiento por el trabajo ambiental que realizan. Varias de ellas contaron que, además de recolectar y recorrer largas distancias para luego separar y compactar, también deben soportar burlas o comentarios humillantes de algunos vecinos, así lo comentó Pilar*, una de las mujeres que recicla:

    Hay personas que digamos que nos nos tratan mal (…) que dicen a veces: «Ahí vienen las basureras, vienen las recoge basura.

    Otras veces la humillación está ligada a la idea de que su trabajo es remunerado por la empresa de gestión de residuos Ecoopar, ante la confusión, algunas personas no separan los orgánicos de los materiales reciclables a propósito:

    Siempre las personas piensan que nosotras somos unas empleadas de Ecoopar. Entonces desde ahí ha venido como esa crítica y muchas veces dicen: ‘No, es que ustedes para eso les pagan’.

    Las palabras humillantes y las acciones mezquinas lastiman, pero las mujeres que se han organizado para evitar que la basura del municipio afecte la biodiversidad del chocó biogeográfico o alcance el mar, saben de la importancia del trabajo ambiental que hacen, y con el poco dinero que ganan recolectando, separando y comprimiendo la basura que recolectan en las calles y áreas rurales del municipio, hoy tienen más autonomía financiera, algo vital en un territorio que ofrece pocas alternativas lícitas para las mujeres indígenas y campesinas.

    Otras personas víctimas de la baja educación ambiental son las mujeres que restauran los potreros sin árboles que han dejado economías de la coca y el ganado. Algunos vecinos de las mujeres que han traído de vuelta agua a los cauces de quebradas y ríos no les creen que hagan las cosas sin ánimo de lucro, así lo afirma Alexander*, miembro de Los Gualpantes:

    Confunden el trabajo social, ambiental con la parte de dinero. El hecho de estar nosotros trabajando en este tema que estamos aquí, le dicen, ‘¿Cuánto le dieron a ustedes por estar con la doctora aquí en este proyecto?’

    La incomprensión no siempre proviene de desconocidos. Ambas organizaciones de mujeres también enfrentan que las familias les digan que pierden el tiempo. Así lo aseguró Sandra*, participante y voluntaria de Recicla Ricaurte por la Paz.

    Pues en en la en mi familia prácticamente sí tuvimos inconvenientes cuando recién iniciamos. Porque pues se puede decir esto es como una locura, ¿no? Hicieron algo loco, o sea, tú dejas de hacer tu trabajo en tu casa y te vas a a un trabajo, como lo mencionaba, que no es remunerado.

    Y lo mismo relató Lina* en uno de los talleres con la Fundación Bitácora Ciudadana, una de las mujeres Guardabosque que es enfermera:

    Mis amistades, mis compañeras de trabajo sí me lo han dicho. Que es lo que haces allá metida perdiendo el tiempo, vos.

    En los diálogos entre las mujeres ambientalistas, surgió el respaldo solidario entre compañeras, y los encuentros sirvieron además para diseñar estrategias y mitigar la afectación en los procesos organizativos que la descalificación provoca, como lo explica una de las participantes, una de las principales acciones de mitigación frente a la estigmatización es escucharse:

    Cuidar nuestra salud emocional compartiendo con nuestras compañeras la situación desagradable.

    Espacios de cuidado mutuo - Foto: Andrés Gómez
    Espacios de cuidado mutuo – Foto: Andrés Gómez

    Ese respaldo mutuo también fortalece la convicción de que su trabajo tiene sentido, así lo afirmó Pilar*:

    Creo que lo mejor que podemos hacer es apoyarnos entre las compañeras de la organización y también reconocer las otras iniciativas de liderazgo y de conservación que se están desarrollando en el municipio,

    Defender la naturaleza en medio de economías ilícitas y violencia

    El trabajo ambiental de las organizaciones de mujeres en Ricaurte ocurre en un territorio con alta biodiversidad pero que está atravesado por estos riesgos, por lo que varias de sus actividades como recoger reciclables en veredas o restaurar zonas degradadas, implican recorrer caminos rurales donde también están presentes economías ilícitas, actores armados legales e ilegales, e incluso minas antipersonal o municiones sin explotar.

    En algunos casos, los senderos de las guardabosques pasan cerca de predios donde existen cultivos de uso ilícito. Por ello Clara*, miembro de las Gualpantes y una de las participantes de los encuentros, explica que esa cercanía ha generado tensiones con quienes controlan esos espacios:

    Cerca de los predios de la reserva hay personas que tienen cultivos ilícitos. Entonces, como algunos de nuestros senderos pasan cerca de esos lugares, sí ha habido como un cierto choque.

    Cocales en Nariño – Foto: Andrés Gómez

    Recorrer el territorio también significa moverse en zonas donde persisten riesgos asociados al conflicto armado. Ante esto, durante las jornadas de recolección o restauración ecológica, las mujeres saben que pueden encontrarse con combates, minas antipersonal o artefactos sin detonar. Pilar*, de Recicla Ricaurte, sabe de ese peligro:

    Al hacer recolección o recorrer los territorios, siempre estamos enfrentadas a ese riesgo cuando hay enfrentamientos o minas antipersona. Siempre hay que tener cuidado.

    En ocasiones, incluso reciben advertencias directas para no ingresar a determinados lugares. Cuando eso ocurre, deben abandonar temporalmente sus actividades ambientales, así lo afirma Pilar*:

    Se han presentado situaciones donde a veces nos advierten, dicen nos dicen que pues a esa zona no podemos ingresar, no podemos hacer esa recuperación en ciertas zonas, entonces nos toca dejar, nos toca tratar de no hacer esa recuperación en esos lugares.

    Talleres sobre minas antipersonal o artefactos sin detonar – Foto: Andrés Gómez

    El conflicto armado también ocasiona el reclutamiento de niños, niñas y adolescentes, y en departamentos como Nariño, Cauca, Antioquia y el Catatumbo, la oficina del ACNUDH verificó en 2025 al menos 150 casos de reclutamiento: 98 niños y 52 niñas, pero la cifra representa solo una pequeña parte de este crimen, debido al miedo a denunciar.

    Uno de los modos empleados con las niñas y adolescentes es el enamoramiento. En el mismo informe, OACNUDH expone que sistemáticamente, integrantes de grupos armados coquetean en espacios comunitarios con las menores de edad para luego manipularlas con promesas de protección o apoyo económico, pero una vez reclutadas, enfrentan aislamiento, traslado forzado, coerción sexual y la imposición de tareas de cuidado o logísticas. Estas situaciones no son ajenas a los riesgos que enfrentan las organizaciones de mujeres de “Sembrando paz y resiliencia”, Clara no duda en ratificarlo:

    Muchas de de las personas o de los participantes de la organización o de los que trabajamos somos mujeres y en ocasiones se presenta de que pues esas personas empiezan como a molestar o a querer pretender a las niñas, con comentarios, a veces alusivos a nuestra parte física, y eso que nosotros no nos podemos ir cómodas.

    El informe realizado por la OACNUDH sobre la Situación de las personas defensoras de derechos humanos en Colombia (2022-2025), también aclara que estas violencias no solo afectan a las mujeres, niñas y adolescentes que las sufren, sino a las comunidades:

    Para las mujeres de Pueblos Indígenas y comunidades afrodescendientes, las violencias de género se inscriben además en contextos de racismo estructural y despojo territorial, afectando no solo a las personas directamente atacadas, sino también las dinámicas colectivas de cuidado, gobernanza y transmisión de la cultura.

    Ante los riesgos que trae el conflicto armado, las organizaciones han tomado medidas de seguridad para reducir riesgos durante los recorridos, y una de las reglas principales es evitar desplazarse solas, así lo expresa Milena, otra miembro de los Gualpantes*:

    Cuando realizamos recorridos y pues en ocasiones como hay presencia de diferentes grupos en nuestros predios y si vamos a hacer un recorrido, pues lo hacemos acompañados.

    También han aprendido a moverse únicamente por rutas conocidas y cuando circula información sobre posibles combates o presencia de artefactos explosivos suspenden toda actividad de reciclaje, así lo cuenta Pilar: “Cuando hay alertas de que hay cilindros bomba o esto, tratamos de no acercarnos”.

    La crisis climática también amenazan a quienes restauran el territorio

    Reserva forestal Los Gualpantes – Foto: Andrés Gómez

    Las lluvias intensas y prolongadas han incrementado los riesgos de deslizamientos, avalanchas e inundaciones en el municipio, lo que afecta tanto los ecosistemas como la seguridad de quienes realizan recorridos en las montañas y en las vías del municipio.

    En la reserva tenemos dos quebradas. Esa es una de las principales como riesgos que tenemos porque eh se crecen las quebradas… la reserva tiene un puente y pues eso es muy es un riesgo gravísimo… nos afectó parte de nuestras instalaciones… llevándose el puente por el cual nosotros accedemos.» Afirmó Clara*.

    Durante las jornadas de recolección de reciclables, las mujeres de Recicla Ricaurte también enfrentan riesgos asociados a altas temperaturas, lluvias extremas o crecientes súbitas que dificultan sus desplazamientos por el territorio, y por ello Pilar explica que no salen a recuperar materiales cuando las lluvias son intensas:

    Tratamos de que cuando hay deslizamientos, cuando hay lluvias fuertes, entonces no no se salga a hacer esos recorridos o cuando hay pues avalanchas y esto eh están taponadas las vías, pues no, también se suspende

    Las mujeres Guardabosques, sin embargo, enfrentan riesgos asociados a la deforestación y la contaminación que poco se hablan, y que afectan su proyecto ecológico. Uno es la contaminación:

    los cultivos ilícitos se utilizan muchos químicos… Todos esos químicos que están en lo alto de la montaña bajan hacia la parte baja de la reserva y en la reserva se siembran forrajes que estos son utilizados para los animalitos. Eso es un riesgo por la contaminación de toda las fumigadas porque consumimos el agua, es un riesgo bien alto.

    Otro riesgo es la presencia de grandes felinos empujados hacia la reserva, lo que representa un riesgo adicional durante las actividades de monitoreo o restauración ecológica, como lo afirma Clara

    Eh, tenemos la presencia de un puma… eso ha sido, pues digamos en nuestras zona es peligroso, ¿no?… hemos presenciado muertes de vacas… y como estamos en la reserva, van niños, van jóvenes, van adultos, hacen recorrido y pues eso puede ser peligroso para nosotros.

    Las ambientalistas también han desarrollado medidas de prevención frente a eventos climáticos extremos que afectan sus recorridos y las zonas de conservación.

    Tratamos de que cuando hay deslizamientos, cuando hay lluvias fuertes, entonces no se salga a hacer esos recorridos o cuando hay avalanchas y están taponadas las vías, pues no, también se suspende lo que hace la asociación.

    Sin embargo, es el monitoreo permanente del territorio la forma de anticipar riesgos ambientales.

    Nosotros como estamos siempre haciendo los recorridos y estamos en los procesos de restauración ecológica, pues hacemos como un monitoreo de cómo están esos afluentes, de que si se ha presentado algún deslizamiento o algo, entonces estamos nosotros mismos previniendo esas situaciones.

    Sin datos sobre las defensoras no hay prevención

    Cuidarse para cuidar – Foto: Andrés Gómez

    Mujeres Recicla Ricaurte por la Paz y la Reserva Natural Los Gualpantes muestran que las organizaciones ambientalistas lideradas por mujeres enfrentan riesgos derivados del conflicto armado, estigmatización, crisis climática, pero también que intercambiando experiencias se construye de forma comunitaria formas de cuidado que les permiten continuar defendiendo el territorio y sostener sus procesos ambientales en el municipio.

    Lo que no es poco, especialmente en un territorio donde la violencia, la degradación ambiental y la crisis climática se superponen. Pero mientras el Estado no produzca información clara sobre quiénes defienden el ambiente, qué riesgos enfrentan y cómo se diferencian esos riesgos entre las personas defensoras: hombres, mujeres, Lgbtiq+, la prevención seguirá siendo insuficiente.

    Las mujeres que restauran bosques, recuperan ríos y evitan que los residuos lleguen al mar ya están nombrando esas violencias y construyendo sus propias estrategias de cuidado. Lo que aún falta es que el Estado las escuche, reconozca sus saberes y actúe, y una herramienta que podría incluir sus reflexiones para incidir en la vida cotidiana es el Acuerdo de Escazú, pero a un año de que Colombia se suscribiera, todavía no se incorpora a la institucionalidad, y para las defensoras no debe demorar, así lo exige Marlene Arévalo:

    Entonces, para nosotros es fundamental y era fundamental que eh se aprobara el Acuerdo de Escazú, se acogiera el Acuerdo de Escazú acá en Colombia. Pero al día de hoy, mira, ya llevamos más de 1 año y no se ha hecho nada con el Acuerdo de Escazú.

    El reclamo de Marlene es apenas justo. El informe de 2016 a 2025 sobre la Situación de las Personas Defensoras de Derechos Humanos en Colombia, realizado por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, expone una cifra aterradora. Casi 100 personas han muerto cada año durante los últimos 9 años; y por ello recomendó poner en práctica la red institucional de protección de personas defensoras del derecho al medio ambiente y profundizar la implementación del Acuerdo Regional sobre el Acceso a la Información, la Participación Pública y el Acceso a la Justicia en Asuntos Ambientales en América Latina y el Caribe: el Acuerdo de Escazú.


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  • Violencia contra mujeres y personas LGBTIQ+

    Por: Marcela Zuluaga Contreras.

    En el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, organizaciones feministas, ciudadanos y entidades de derechos humanos hicieron un llamado sobre la magnitud de las violencias que enfrentan las mujeres y la comunidad LGTBIQ+ en Colombia, tanto en los hogares, como en las calles y los entornos digitales.

    (más…)
  • Dejando heridas abiertas

    Por: Elena Bassi

    Entre 1996 y 2000, el Estado peruano implementó un programa de planificación familiar que derivó en la esterilización forzada de más de 270.000 mujeres, principalmente quechuas, asháninkas, shipibas, awajún y campesinas de zonas rurales, pobres y sin acceso a servicios básicos. Bajo el pretexto de combatir la pobreza a través del control natal, el régimen de Alberto Fujimori desplegó una política pública violatoria de los derechos humanos más fundamentales, en la que miles de mujeres fueron engañadas, coaccionadas o directamente forzadas a someterse a ligaduras de trompas sin su consentimiento libre e informado.

    Bajo el nombre del Programa Nacional de Salud Reproductiva y Planificación Familiar, el Estado peruano promovió y ejecutó campañas masivas de anticoncepción quirúrgica voluntaria (AQV) que, lejos de ser voluntarias, implicaron coerción, manipulación y violencia directa contra miles de mujeres, la mayoría de ellas indígenas y campesinas.

    Según cifras del Ministerio de Salud (Minsa), fueron esterilizadas más de 270.000 mujeres y alrededor de 22.000 hombres en ese periodo. Sin embargo, organizaciones como la Asociación nacional del Mujeres Afectadas por las Esterilizaciones Forzadas (Aampaef), y Estudio para la Defensa de los Derechos de la Mujer (Demus), entre otras, señalan que el número real de víctimas es aún mayor, considerando los múltiples obstáculos burocráticos, legales y sociales que han impedido que muchas mujeres puedan denunciar lo sucedido.

    Estas cifras no solo reflejan una tragedia numérica, sino la existencia de una política estatal de control demográfico basada en criterios étnicos, económicos y de género.

    Para la abogada y defensora de derechos humanos María Ysabel Cedano, de DEMUS, “lo que ocurrió en el Perú fue una forma de violencia institucional sistemática contra mujeres pobres e indígenas, disfrazada de política de salud pública”. De hecho, múltiples testimonios recogidos por AMPAEF y por medios como La República e Infobae revelan patrones recurrentes: mujeres engañadas con promesas de alimentos o medicinas, presionadas durante partos, esterilizadas sin anestesia o sin entender los formularios que firmaban en español, lengua que muchas no dominaban.

    El caso de Celia Edith Ramos Durand, una joven campesina que murió tras ser esterilizada en condiciones inhumanas, es uno de los más emblemáticos y ha sido recientemente admitido por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, abriendo el primer juicio internacional sobre estas prácticas. Como señala la CIDH: el Estado peruano no ha garantizado la justicia ni la reparación adecuada a las víctimas, a pesar de los compromisos asumidos ante el sistema interamericano.

    A 25 años de los hechos, las víctimas aún esperan justicia. La creación en 2015 del Registro de Víctimas de Esterilización Forzada (Reviesfo) fue un avance importante, pero hasta hoy solo una fracción de las mujeres ha sido reconocida oficialmente. En 2024, seis demandas fueron presentadas ante el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos exigiendo reparaciones integrales, sin una respuesta estructural ni un programa claro de compensación y rehabilitación.

    El fujimorismo, la pobreza y el racismo como política de Estado

    Mujeres Víctimas de las Esterilizaciones Forzadas – Foto: Elena Bassi

    Para comprender la magnitud y especificidad de las esterilizaciones forzadas en el Perú durante los años noventa, es necesario analizar el contexto político e ideológico del régimen de Alberto Fujimori. Su gobierno, en nombre de la modernización y la lucha contra la pobreza, promovió una política demográfica profundamente funcional al modelo neoliberal adoptado en alianza con organismos financieros internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

    En ese marco, el control poblacional fue concebido como una herramienta para “reducir la pobreza”, pero la población objetivo no fue elegida al azar: fueron principalmente mujeres indígenas, campesinas y de zonas rurales andinas y amazónicas quienes sufrieron de esta política violenta.

    Esta focalización no solo respondió a criterios económicos o logísticos, sino a un imaginario colonial persistente que asocia lo indígena con el atraso, lo rural con la ignorancia, y lo pobre con la amenaza demográfica.

    La política pública se convirtió así en un mecanismo de disciplinamiento de cuerpos racializados. El aparato estatal, desde funcionarios del Ministerio de Salud hasta personal médico militarizado, actuó bajo un principio implícito de selección racial: a las mujeres blancas o urbanas no se les ofrecía la ligadura de trompas, mientras que a las mujeres quechuas, awajún o campesinas, se les inducía o forzaba a someterse a ella, frecuentemente sin traducción a su idioma, sin información comprensible ni consentimiento voluntario.

    El racismo estructural se expresó no solo en quiénes fueron esterilizadas, sino también en la impunidad posterior y en la desatención sistemática de sus demandas de justicia. En una entrevista a Alejandra Ballón, autora del libro “Memorias del caso peruano de esterilización forzada” ella afirma que: “La esterilización forzada en Perú fue el mayor genocidio desde su colonización”, y señala que:

    El control poblacional apuntó a eliminar lo que el sistema consideraba sobrante, improductivo, o problemático: mujeres indígenas que, por su sola existencia, eran vistas como carga y no como sujeto de derechos.

    La lógica de exterminio silencioso y selectivo se enmascaró bajo una supuesta política de salud reproductiva, pero su ejecución demuestra un patrón de limpieza étnica.

    Como muestra Ballón, muchas mujeres fueron víctimas de campañas masivas en comunidades nativas o campesinas, donde se priorizó el número de intervenciones sobre el respeto de derechos. Médicos recibían bonos por alcanzar cuotas, y las mujeres eran transportadas en camiones como “rebaños” a centros de salud, donde eran operadas en condiciones precarias.

    La discriminación estructural se manifestó también en la falta de respuesta posterior por parte del Estado. A pesar de los múltiples testimonios, investigaciones y denuncias, han pasado casi tres décadas sin una reparación integral.

    El racismo institucional no solo posibilitó las esterilizaciones, también sostuvo el silenciamiento posterior, impidiendo justicia, ocultando pruebas, y relegando las voces de las víctimas a los márgenes del discurso público. La lucha por el reconocimiento de las esterilizaciones forzadas como crimen de lesa humanidad ha sido también una lucha por el reconocimiento de la humanidad misma de las mujeres indígenas y rurales.

    Cuerpos racializados como campo de intervención

    Mujeres Víctimas de las Esterilizaciones Forzadas – Foto: Elena Bassi

    La implementación del programa de Anticoncepción Quirúrgica Voluntaria (AQV) durante el segundo gobierno de Alberto Fujimori fue articulada desde una lógica tecnocrática y profundamente autoritaria. El Ministerio de Salud estableció metas numéricas por regiones, premiando a los centros de salud y al personal médico que lograra “cumplir cuotas”, mientras que se aplicaban sanciones y represalias a quienes no alcanzaban las cifras previstas.

    En lugar de priorizar el acceso a una salud reproductiva libre, informada y digna, el Estado convirtió a las mujeres indígenas y campesinas en objetivos de intervención sanitaria bajo presión y coerción.

    Las regiones más afectadas compartían características socioeconómicas comunes: pobreza estructural, acceso limitado a servicios básicos, población predominantemente indígena y zonas rurales con fuerte presencia de mujeres con múltiples hijos. Como señaló la Corte Interamericana de Derechos Humanos en su informe preliminar:

    El Estado peruano no sólo no garantizó el consentimiento informado, sino que incentivó una práctica sistemática de violaciones a la integridad física y psicológica de miles de mujeres.

    Las entrevistas realizadas a mujeres de la región de San Martín dan cuenta de la brutalidad de estas prácticas, y un patrón se repite en múltiples testimonios: personal médico o enfermeras que visitaban casa por casa; promesas de planificación gratuita o de entrega de alimentos; firmar documentos en español sin traducción o explicación; procedimientos realizados sin anestesia o con violencia verbal y física; mujeres devueltas a casa en moto, desangrando, sin ningún cuidado postoperatorio.

    Una de las mujeres lo resume con crudeza:

    Nosotras no queríamos. No nos explicaban nada. Nos dormían, nos cortaban, y después nos dejaban botadas. Ahora estoy llena de dolores: cintura, vejiga, espalda. No puedo trabajar. Y ellos, los doctores, ganaban premios. Nosotros solo ganamos enfermedades.

    Las voces de estas mujeres son prueba irrefutable del carácter violento, racista y sistemáticamente discriminador del programa. No se trató de casos aislados, sino de un patrón de acción con respaldo institucional y cobertura estatal. Se vulneraron principios básicos de derechos humanos y se atentó directamente contra la autodeterminación reproductiva de mujeres racializadas.

    La creación de asociaciones de víctimas, como la Asociación de Mujeres Esterilizadas del Centro Poblado Menor de Nauta, El Dorado, Región San Martín fue una respuesta organizada al olvido estatal. Fundada en 2016, esta agrupación reúne a más de 30 mujeres afectadas, quienes han viajado a Lima a dar testimonios ante el Ministerio de Justicia, la Defensoría del Pueblo, e incluso ante la CIDH. Como explicó Consuelo, presidenta de la asociación:

    Cada una tiene su historia, cada una sabe cómo la engañaron. Estamos unidas para buscar justicia, pero también para que esto no vuelva a pasar.

    El caso peruano se convierte, así, en un paradigma de cómo el racismo estructural, el clasismo y el machismo pueden conjugarse en políticas públicas que en su ejecución refuerzan jerarquías coloniales y vulneran los cuerpos de los más excluidos.

    No fue una política sanitaria: fue una tecnología de dominación sobre cuerpos indígenas considerados reproductivamente peligrosos.

    Una violencia que no terminó

    Mujeres Víctimas de las Esterilizaciones Forzadas – Foto: Elena Bassi

    Los gobiernos pasan, las leyes cambian, pero en el Perú profundo la violencia continúa. A pesar de las denuncias internacionales, de la creación de registros oficiales, de las audiencias públicas, el mismo aparato institucional que esterilizó a miles de mujeres indígenas entre 1996 y 2000 sigue operando con los mismos prejuicios, con el mismo desprecio, con la misma impunidad. Y lo más grave: sigue esterilizando.

    Así lo demuestra el caso de C., ocurrido en 2022, en plena “democracia”.

    C. no fue víctima del fujimorismo. Fue víctima del sistema. En 2022, en el hospital de Tarapoto le realizaron una esterilización sin su consentimiento libre e informado. Tenía que dar a la luz con cesárea, pero cuando ella estaba dormida en sala operatoria convencieron a su marido a firmar papeles sin explicarle para que eran y así con este engaño la ligaron.

    A mí no me dijeron que me iban a ligar. Y mi esposo tampoco sabía, pero él firmó los papeles. Hasta ahora no sé qué tipo de ligadura me hicieron, si me cortaron o me amarraron las trompas.
    La verdad es que no quería que me ligaran, porque era joven y no quería que me hicieran eso.

    El caso de C. no es una anécdota. Es un crimen. Es la demostración viva de que la lógica eugenésica, patriarcal y racista que operó en los noventa no ha desaparecido: sólo ha mutado en sus formas. Hoy no hay un decreto firmado desde el gobierno, pero sí hay prácticas médicas cotidianas que siguen vulnerando derechos, especialmente en zonas rurales donde el acceso a la información, a la justicia y al respeto es mínimo o inexistente.

    Como dijo una de las mujeres de su comunidad, al escuchar su testimonio:

    A C. no le hicieron eso por accidente. Le hicieron porque sigue existiendo el mismo pensamiento: que las mujeres pobres no tienen derecho a decidir, que sus cuerpos no valen, que están para obedecer y callar.

    Ese pensamiento sigue instalado en los pasillos de los hospitales, en los formularios que nadie traduce, en las prácticas que asumen que una mujer indígena con hijos “ya tuvo suficiente”. Sigue en los médicos que actúan con arrogancia y prepotencia, en las autoridades que dicen “no hay presupuesto para ti”, en las defensorías que nunca llegan a las comunidades más alejadas. Sigue vivo en la negación estructural del racismo en el Perú.

    C. tuvo el coraje de contar su historia, cuando se enteró de que muchas otras mujeres, hace 25 años, habían vivido lo mismo. Ese encuentro con la memoria colectiva transformó su dolor en indignación, su miedo en denuncia:

    Yo pensaba que solo me había pasado a mí. Me sentía culpable, pensaba que era mi error. Pero cuando escuché a las otras mujeres, entendí que esto no era un error. Era un patrón. Era una decisión. Era una injusticia. Y que no terminó con el gobierno Fujimori.

    Este caso desmonta por completo la narrativa oficial según la cual las esterilizaciones forzadas fueron “un error del pasado” o “una política aislada” de un gobierno autoritario. Lo que demuestra C. es que el racismo estructural, el clasismo médico, el machismo estatal y la violencia contra las mujeres indígenas no han sido erradicados, solo han cambiado de rostro, de discurso, pero siguen operando con la misma lógica.

    Como afirma Delicia, otra víctima de la región:

    A nosotras no nos hicieron eso porque no sabíamos… nos lo hicieron porque sabían que no íbamos a poder defendernos. Porque sabían que no valíamos nada para ellos. Porque éramos pobres, porque éramos indígenas, porque vivíamos lejos. Por eso.

    La violencia no fue un accidente. Fue una decisión política, una práctica institucionalizada y sistemática, dirigida específicamente a un perfil poblacional: mujer, indígena, campesina, pobre, rural, con varios hijos. Y esa lógica, la de ver esos cuerpos como cuerpos de “exceso”, de “riesgo”, de “problema”, sigue viva hoy en los consultorios, en los hospitales, en los formularios, en los gestos, en las omisiones, en los ministerios.

    La indignación con la que habla Consuelo, presidenta de la asociación de mujeres víctimas de Nauta en San Martin, no es solo dolor. Es claridad política:

    Somos 300 mil mujeres y 27 mil varones. Nosotras no pedimos limosna. Pedimos justicia. No queremos que nos den, queremos que nos reconozcan lo que nos hicieron. ¿Qué esperan, que nos muramos todas? ¿Que ya nadie diga nada?

    No hay reparación sin reconocimiento del daño. No hay justicia sin memoria.

    El caso de C. no es una excepción: es la prueba viva de que la lógica de la esterilización forzada sigue operando en el presente. Es la señal de alarma que desmiente cualquier discurso de superación o de progreso. Es el grito que exige acción, verdad y reparación, no solo para las víctimas del pasado, sino para las del presente y del futuro.

    Justicia que no llega: la lucha organizada de las mujeres y sus exigencias

    Durante décadas, las mujeres víctimas de esterilización forzada han sido ignoradas, burladas, patologizadas o tratadas como números. El Estado peruano, a través de sucesivos gobiernos, ha demostrado una constante incapacidad, e incluso resistencia, a reconocer plenamente los crímenes cometidos. Frente a este abandono institucional, las propias mujeres han encabezado una lucha valiente y persistente por la memoria, la justicia y la reparación integral.

    Desde la creación de organizaciones como la Asociación de Mujeres Víctimas de Esterilización Forzada del centro poblado de Nauta, hasta campañas nacionales como “Somos 2074 y muchas más” promovida por Demus, las mujeres no han dejado de denunciar públicamente, presentar expedientes, declarar ante autoridades, organizar marchas y escribir cartas al Estado, a pesar de la estigmatización, del racismo y del silenciamiento constante.

    Lo que exigen son derechos. Exigen justicia. Exigen reparación. Lo han dicho una y otra vez, en múltiples foros:

    • Que se reconozca el crimen como violación de derechos humanos y violencia de género estructural.
    • Que se apruebe e implemente un verdadero Programa de Reparaciones Integrales, no simbólicas ni burocráticas, sino que incluyan atención médica especializada, salud mental, pensiones, justicia penal y disculpas públicas.
    • Que se judicialice a los responsables, no solo médicos, sino también ministros, funcionarios, firmantes, ejecutores políticos.
    • Que se garantice no repetición, capacitando al personal de salud, traductores, jueces, fiscales, y erradicando el racismo institucional desde la raíz.

    En septiembre de 2024, seis demandas fueron presentadas ante el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos por organizaciones como Ampaef. Estas exigencias pedían la implementación urgente de un plan nacional de reparaciones. La respuesta del MINJUSDH fue silencio administrativo.

    Y, sin embargo, las mujeres persisten. Cada testimonio, cada viaje a Lima, cada pronunciamiento colectivo, es un acto político de dignidad. Han tomado el espacio público, han confrontado ministros, han marchado frente al Congreso, han interpelado a la CIDH. Como declaró Consuelo en un encuentro:

    Antes me daba vergüenza contar lo que me hicieron. Ahora no me da vergüenza a mí. Les debería dar vergüenza a ellos. Yo no tengo que esconderme. Yo no cometí ningún crimen. El crimen lo cometió el Estado.

    Queremos una justicia que nos escuche con nuestros idiomas, que nos crea con nuestras cicatrices, que nos repare con nuestros dolores, que nos respete con nuestras voces. No queremos que nuestras hijas pasen por lo mismo. Testimonio colectivo, San Martín.

    Un mensaje al Estado peruano

    Mujeres Víctimas de las Esterilizaciones Forzadas – Foto: Elena Bassi

    Miles de mujeres indígenas y campesinas fueron esterilizadas por orden de su Estado. No por decisión propia, sino por engaños, amenazas, violencia física, desprecio, racismo y poder. Lo que el Estado peruano llamó política de salud pública fue, en realidad, una maquinaria de control de cuerpos indeseables. Una limpieza silenciosa.

    Y aún hoy, esas mujeres siguen vivas. Caminan con sus cicatrices. Luchan con su dolor. Hablan, aunque nunca las hayan querido escuchar. Y exigen justicia:

    Me dijeron ‘¡ratón!, ya te ligamos para que no sigas pariendo’. Me lo dijo el doctor mientras me dolía todo el cuerpo. Yo me sentía como un animal atrapado.

    Nos trataron como chanchas, como si fuéramos máquinas de parir. Nos dormían, nos abrían, nos tiraban como si no valiéramos nada. Yo lloraba y ellos ganaban.

    Me llevaron con mentiras, me dormí y cuando desperté ya estaba ligada. No me dieron ni una pastilla. Me sentía como si me hubieran violado el cuerpo.

    Así querrían que se sintieran: como animales, como cuerpos sin voz, como úteros que alguien más podía cerrar para siempre. La violencia que vivieron no terminó en la sala de operaciones: continúa cada día en el abandono, en el silencio, en la falta de justicia. Y el Estado: Calla. Demora. Niega. Miente.

    No se puede seguir ignorando que detrás de cada número hay una historia de trauma profundo. Cada mujer tiene su historia. Su dolor merece atención, su lucha merece respeto, y su vida merece reparación.

    El camino hacia la justicia está trazado. Las demandas están presentadas. Las pruebas existen. Los testimonios están vivos. Solo falta voluntad.

    El Perú no puede construirse sobre el cuerpo violado de sus mujeres. No puede mirar al futuro mientras ignora el vientre violentado de su pasado. No puede hablar de desarrollo mientras calla el racismo estructural que infecta su sistema de salud, su sistema judicial, su burocracia y su memoria.

    Esta es una exigencia. Pero también es una advertencia. Porque la memoria no olvida. Y las mujeres no van a rendirse, así lo afirma Consuelo:

    Nosotras vamos a seguir hablando. Con voz o sin voz. Con fuerza o con llanto. Pero vamos a seguir. Porque lo que nos hicieron no se borra. Y porque no queremos que se lo hagan a nuestras hijas.


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  • Recicla Ricaurte detiene la muerte antes de que llegue al mar

    Por: Andrés Gómez

    El municipio de Ricaurte, Nariño, está enclavado en los hermosos bosques del pie de monte que conecta los Andes con el Pacífico, ubicado a casi 700 kilómetros de Bogotá, y a 130 km de Pasto por carretera, su geografía está llena de vida en forma de zorros grises, carpinteros reales, serpientes coral, guayacanes y orquídeas de bosque tropical húmedo, pero en medio de la exhuberancia de la naturaleza, las oportunidades escasean mientras el conflicto armado continúa. Pese a esto, en este municipio, un grupo de mujeres ha construido una respuesta colectiva ante la contaminación y la falta de oportunidades económicas. Desde 2017, la asociación Recicla Ricaurte por la Paz ha logrado evitar que plásticos y cartón terminen en los bosques, el río Güiza y en el océano pacífico, al punto que hoy envían a empresas transformadoras toneladas mensuales de estos materiales.

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  • Rodolfo: una amenaza para las mujeres y las personas LGBTIQ+

    Por: Roxana Baspineiro * – junio 16 de 2022

    Con discursos como “el ideal sería que las mujeres se dedicaran a la crianza de los hijos”, o que las migrantes venezolanas eran “fábricas de hacer chinos [hijos] pobres” o cuando, en 2019, dijo que un candidato a sucederlo era “más manoseado que prostituta de Puerto Wilches”, así es la personalidad que ha expuesto el que podría ser el próximo presidente de Colombia: Rodolfo Hernández, un sujeto a quien han apodado como el ‘Trump colombiano’ y que se presenta como un outsider político sin serlo realmente.

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  • Canto de color y montaña

    Por: Marcela Zuluaga Contreras – noviembre 8 de 2021

    Claudia Jimena Pai habla de forma serena cuando se le pide que cuente su vida: como muchos indígenas, sabe que hay cosas que no pueden hacerse con prisa y que requieren que uno se piense bien las palabras. Se describe a sí misma como una mujer sencilla del municipio de Tumaco, ubicado al extremo suroccidental de Colombia, que mantiene una fuerte conexión con su territorio, la naturaleza, los ríos, las plantas y los animales, a la vez que lucha por los derechos de su pueblo awá en una de las regiones más peligrosas de Colombia.

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  • La palabra bajo fuego

    Por: Marcela Zuluaga Contreras – noviembre 8 de 2021

    Martha Alfonso es una mujer fuerte y decidida, de palabras resueltas y mirada cálida. Toda su vida ha estado vinculada a la lucha social y a las durezas de ser mujer, maestra y sindicalista en Colombia, el país donde más se asesina a quienes defienden los derechos de los trabajadores, según la Confederación Sindical Internacional (CSI).

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  • El único río en el desierto

    Por: Marcela Zuluaga Contreras – noviembre 8 de 2021

    A Jakeline Romero Epiayú le ha tocado ver como cada año la mina de El Cerrejón le arrebata grandes mordidas a lo que era el territorio ancestral de su pueblo wayúu, mientras la gente muere de sed y hambre en el desierto.

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  • Colombia: mujeres bajo ataque

    Cada 29 horas una mujer es agredida en Colombia por defender los derechos humanos, mientras los responsables por estos hechos gozan de casi total impunidad.

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  • 8M: En las calles por los derechos de las mujeres

    Por: Marcela Zuluaga C – marzo 12 de 2020

    Bogotá olía a pintura, bengalas, humo de colores, a la rabia y la dignidad de las más de 7.000 personas que se movilizaron entre el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación y el Parque Olaya Herrera este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

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