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Por: Carlos Fuentes – marzo 2 de 2008

El ideal del golpista es usar las instituciones democráticas en provecho propio.

“Fascinante fascismo”. Con estas palabras calificó la gran escritora norteamericana Susan Sontag la película del director alemán Hans-Jurgen Syberberg “Hitler” (1977). Con 22 capítulos, en cuatro partes y con siete horas de duración, la obra de Syberberg, indica el crítico David Thomson, es “la suma de imágenes, fantasmas e interpretaciones” sobre el dictador nazi. Con ello, el director quisiera estudiar las maneras como hemos tratado de asimilar, olvidar o reformar “el más espantoso evento de nuestro tiempo”: la dictadura hitleriana.

En su clásico estudio Técnica del golpe de Estado, el escritor italiano Curzio Malaparte atribuye a Napoleón Bonaparte la invención del golpe de Estado moderno, que consiste en guardar las apariencias de la legalidad, aprovechar los errores del adversario y precipitar los acontecimientos frente a un Estado que siempre quiere ganar tiempo. El ideal del golpista es usar las instituciones democráticas a fin de convertirlas en la primera víctima de la violencia autoritaria.

Aunque el fascismo puede llegar al poder por la fuerza (Mussolini, Franco, Pinochet), la situación más llamativa es cuando lo hace por la vía legal. El caso clásico lo ofrece Adolfo Hitler. ¿Cómo condujo un demagogo febril a la dictadura, la guerra y la derrota a la nación de Bach, Goethe y Schiller? Aprovechando, en primer término, el resentimiento alemán creado por la derrota bélica en 1918 y las condiciones punitivas impuestas, con ceguera, por el Tratado de Versalles en 1919.

La reacción contra estos hechos creó una masa ciudadana descontenta que dio lugar a tropas de asalto armadas para defender a la Alemania derrotada y revertir las condiciones de Versalles. Hitler aprovechó el resentimiento elevado a la categoría de patriotismo y lo sometió a sus intereses. Dos caminos se le abrían a Hitler. Uno, tomar por la fuerza el poder, basado en sus tropas de asalto. El otro, llegar al poder por la vía electoral, “la conquista legal del poder”, indica Malaparte, asegurando así “la simpatía de la masa electoral” y “la adhesión de la inmensa mayoría de la clase media”.

Hitler optó por la segunda vía a fin de ganar las elecciones, convertirse en dictador plebiscitario, someter brutalmente a sus propios partidarios (Ernst Rohm), arrasar con sindicatos, prensa y partidos políticos y establecer un Estado totalitario ufano de serlo y proclamarlo: Hitler nunca pretendió, una vez usada la democracia, ser un demócrata.

¿Qué era Hitler según Malaparte? Un hombre débil que se refugiaba en la brutalidad para enmascarar sus propias debilidades, su egoísmo morboso, su orgullo desmedido pero sin fundamentos. Conducido más por sus pasiones que por sus ideas, Hitler era un hombre devorado por los celos. Celoso, sobre todo, de quienes le elevaron al poder.

El dictador (o el aspirante a serlo) teme el orgullo de quienes lo combaten y sólo ama a quienes puede despreciar. El dictador (o el aspirante a serlo) ambiciona corromper, humillar, envilecer y esclavizar a un pueblo en nombre de… escoja usted, lector, las máscaras retóricas que más le convengan a quienes aspiran al poder autoritario en nuestros días, en nuestros países. A veces, escudados en la legitimidad electoral, en realidad disfrazan su violencia autoritaria.

Hay que celebrar, pues, que el hombre fuerte acepte la derrota pero hay que tomar con un granito de sal su sinceridad y fortalecer a la democracia ganando terrenos de libertad no cediéndole espacios al jefe máximo, y demostrando que, al final de cuentas, el emperador está desnudo y sólo nosotros -los ciudadanos- podemos prestarle la ropa.

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