Miles de ancianos viven en la calle en las principales ciudades de Colombia. Foto: Rusvelt Nivia Castellanos.
El cielo está todo oscuro, el aire está nublado y vos estás absolutamente solo, viejo de la perdida infancia.
Miles de ancianos viven en la calle en las principales ciudades de Colombia. Foto: Rusvelt Nivia Castellanos.
Miles de ancianos viven en la calle en las principales ciudades de Colombia. Foto: Rusvelt Nivia Castellanos.

Por: Rusvelt Nivia Castellanos – julio 16 de 2016

El cielo está todo oscuro, el aire está nublado y vos estás absolutamente solo, viejo de la perdida infancia.

En este pesado momento tuyo, tienes un hambre acosadora y tienes una sed insoportable. Precisamente, hace cuatro días que no tomas nada de sopa. Es obvio, no tienes monedas ni tienes ninguna cosa de valor para pagar un simple plato de comida. Así que, sin ir ilustre, vas acercándote a un abismo oculto, donde ansías acostarte con la muerte. De más, nada que encuentras la tranquilidad.

Y lentamente vas llorando. Tan pobre como triste, vas cargando con tu desdicha interna. A lo justo, te caen gotas limpias del alma con suavidad mientras, escaso, te acaricias la barba gris con la mano diestra, ida en desgana. En verdad, estás más arruinado que todo este mundo confuso bajo esta noche, pero es claro y es cierto, también has tenido suficientes experiencias humanas.

Al conjunto destiempo, andas sucio con la única ropa tuya de vestir: una camisa roja descolorida con el pantalón descosido. Hueles, además, al olor de las calles desconsoladoras, hueles a impureza de drogas errabundas.

Así, igual de mal, decaído vos apagado, transitas ahora por un puente peatonal. Vas con la cara gacha como trasiegas contra el azar de esta lobreguez tenebrosa, pues estás perdido en un destino siniestro. Sólo miras al precipicio profundo. El desespero con temor te acoge ya más que nunca: no tienes ninguna pieza donde dormir, el abandono te abruma. Entretanto, por allí, por los lados del angosto puente, te detienes a escarbar las dos canecas de basura que hay debajo de los faroles relucientes.

Ahora, encuentras allí muchas cáscaras de banano con unas latas de cerveza y hartos papeles rasgados. Aguzas la vista un poco más al fondo del recipiente y adviertes, ya entre cartones mojados, varias botellas de agua destapadas. Por apreciable gusto, sacas los timbos desechables con una exagerada avidez y, sin siquiera dudarlo, comienzas a tomarte los cunchos. De a poco te sientes menos cansado, te vas resucitando. Pronto, acabas de beberte esa agua picha que quedaba y, de repente, rehaces tu rumbo despaciosamente.

A lo raro, descubres a la ciudad sonámbula apagada mientras ya suspiras hondamente. Las avenidas las reconoces sin el tráfico de carros y las comprendes sin el pasar de los camiones grandes. Escasamente vos adviertes a uno que otro limosnero, ebrio de media noche. Ellos parecen ser los espíritus pesarosos del otro umbral. Así que tú, de seguido, pasas a bajar las escaleras metálicas del puente, eliges parchar con ellos. De hecho, cuando estuviste deambulando por aquellas alturas, quisiste suicidarte tirándote con miedo, desde la barra de hierro. Quisiste, estrellarte contra el pavimento. Pero, claro, el haber pillado las canecas y menos mal, el haberte recordado como otro de esos otros vagabundos fue la cosa que salvó lo poco que te queda de dura miseria.

Así que, bien, pese a tener algunas dudas supremas, vos aún das la lucha esencialista y aún sigues vivo, experimentado los sucesivos segundos de esta abrupta realidad que no se detiene para nada. No más ahora sales más pensativo del puente fúnebre, prosigues con otra convicción evidente. Seguidamente, te alejas del abismo y ya sin prisa te vas en busca de cualquier resguardo maloliente donde acabar de soportar a la depresiva noche.

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