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Por: Juan Diego García – septiembre 19 de 2009

Nada hay más valioso que la independencia y la libertad”
– Ho Chi Minh

[…] En las prisiones de tantos países, sin que puedan salvarse del baldón las democracias consolidadas de Occidente –y en primerísimo lugar, por supuesto, los Estados Unidos–, miles de seres humanos padecen cautiverio: unos, por sostener opiniones diferentes al poder establecido y  promoverlas de forma pacífica; otros, porque haciendo uso del derecho a la rebelión contra la tiranía, la opresión o la ocupación, resisten oponiendo a la violencia del agresor las armas de la insurgencia.

Además de ser víctimas de una violencia sin legitimidad alguna, los condenados deben soportar primero juicios aberrantes y amañados, y luego la horrible condición de la vida carcelaria que se agrega como un castigo a la privación de la libertad. Ajenas a todo principio humanista, las prisiones constituyen un sistema perverso destinado a destruir a la víctima. En efecto, lo común es que al encierro se agregue con mucha frecuencia la permanente violación de los derechos más elementales en forma de tortura, hambre, humillaciones, enfermedad, aislamiento, separación ilegal de los seres queridos y hasta la muerte misma.

Las descripciones que se conocen incluyen todo tipo de escenarios siniestros, desde las horribles cárceles del Tercer Mundo en las cuales los prisioneros –políticos y comunes– se pudren entre el mugre, el hacinamiento, la humedad y el abandono, hasta las sofisticadas casas de la muerte profiláctica de los países ricos, que destruyen a la persona con una combinación fríamente calculada de métodos primitivos con la más avanzada tecnología disponible, desde el ‘ahogamiento simulado’ –tan similar a los métodos medievales de la Inquisición– hasta las técnicas de destrucción de la personalidad basadas en métodos científicos, mediante el aislamiento programado y monitorizado por médicos y psicólogos que harían palidecer de envida al mismo doctor Mengele.

En contraste con la extremada crueldad del agresor sorprende la inmensa capacidad de resistencia de aquellos que no se quiebran, es decir, que logran sobrevivir al maltrato físico y la tortura psicológica, sin traicionar ni traicionarse.

Raúl Sendic, fundador del movimiento Tupamaro en Uruguay, soportó larga prisión, sepultado en vida en un foso o aljibe de poco menos de dos metros de diámetro, a varios metros bajo tierra, víctima de la idea de algún militar demente que pensó con ello enterrar su rebeldía y, con ella, la de toda una generación de luchadores sociales. Salió de su encierro inhumano a morir en Francia, ya como enfermo terminal de un cáncer que le llevó a la tumba, pero entero en sus ideales y como un símbolo imborrable de resistencia y valentía. Pudieron con su cuerpo pero su espíritu se impuso.

Nelson Mandela –otrora condenado como ‘terrorista’– pasó por situaciones similares y también salió triunfante de sus enemigos, como un ejemplo vivo de la lucha heroica de las gentes de color y de no pocos blancos –todo sea dicho– que, en Sudáfrica, lucharon contra el Apartheid. Su compañero, el comunista Viko, no pudo sobrevivir a la violencia, como tampoco ocurrió con cientos de sus camaradas muertos en prisión por la policía racista.

En realidad, la lista sería interminable. Conviene recordar las horribles prisiones del colonialismo europeo por todo el mundo. Tampoco se deben olvidar las ‘jaulas de tigre’, en que los invasores estadounidenses encerraban a los patriotas vietnamitas; ni las mazmorras de Argelia, en la cuales se sometía a los peores vejámenes a los luchadores del Frente de Liberación Nacional; los campos de concentración alemanes en el sur de África o las actuales mazmorras de Marruecos –ese mimado de Occidente–, en las que languidecen no sólo los opositores a la corrupta dinastía alauita sino los imbatibles luchadores saharauis del Frente Polisario, que combaten para expulsar al invasor de su país.

Gaza toda es una enorme prisión o campo de concentración moderno. En las cárceles israelíes se pudren, en condiciones infrahumanas, más de diez mil prisioneros palestinos, muchos de ellos sin juicio ni acusación concreta alguna –Guantánamo no es novedad–. Condiciones semejantes soportan los kurdos en Turquía y la misma desventura soportan otras minorías nacionales criminalizadas como ‘terroristas’ para desprestigiar sus luchas de liberación nacional. Los nacionalistas de Chechenia, por ejemplo, arrinconados y diezmados, se lanzan en ataques suicidas contra los ocupantes y llenan las cárceles rusas, al igual que miles de iraquíes y afganos que resisten a la invasión ‘aliada’ de la ‘comunidad internacional’, es decir, de los países ricos y la OTAN.

Además de sus cárceles secretas, los estadounidenses –que tienen una de las justicias más racistas y clasistas del planeta– mantienen a centenares de luchadores negros condenados a muerte, a cadena perpetua o a largas condenas, sin reconocerles su estatus político y social, satanizándolos como simples delincuentes comunes. No mejor es la suerte de los independentistas de Puerto Rico o de los cinco patriotas cubanos que, infiltrados en las filas de los grupos terroristas del exilio en Miami, precisamente para evitar sabotajes y asesinatos, son capturados por la policía gringa, juzgados en una pantomima grotesca y luego condenados a largas penas, negándoles el derecho a un juicio justo y a las prerrogativas elementales que toda legislación concede a los presos, tales como poder ver a sus familiares más cercanos.

Capítulo aparte merece el ‘juicio’ y condena de los guerrilleros colombianos ‘Simón Trinidad’ y ‘Sonia’ en los Estados Unidos. Ante la imposibilidad del fiscal de presentar prueba alguna que tuviese mínima solidez, ante la inevitable decisión de inocencia, ante las burdas maniobras de todo tipo y la fragilidad de los indicios ofrecidos por el gobierno colombiano, el juez estadounidense decide repetir por tres ocasiones el proceso “hasta que sean declarados culpables”, poniendo en evidencia que todo era un amaño y que la decisión de condenarles estaba tomada de antemano. Trinidad y sus compañeros están sometidos a un régimen de aislamiento absoluto, en violación de todas las normas internacionales que otorgan a los prisioneros una serie de derechos humanos insoslayables. Más aún, enfatizando el carácter político de su secuestro, juzgamiento y condena, las autoridades de Bogotá y Washington han estado siempre dispuestas a utilizar a Trinidad y a sus compañeros como monedas de cambio en una posible negociación con las FARC.

No corren mejor suerte sus compañeros de lucha presos en las cárceles de Colombia, verdaderos antros de destrucción destinados a quebrantar voluntades y vidas, si es necesario. Reflejando bien lo que es el país, las prisiones colombianas están divididas casi siempre en tres grandes bloques de condenados: los muchos y miserables presos comunes –ya se sabe, los ricos no van a la cárcel–, que vegetan en las condiciones de extrema pobreza, abandonados a su suerte y pendientes de alguna mano caritativa que alivie sus desgracias; los presos de la guerrilla y los luchadores sociales –todos acusados, naturalmente, de rebelión–, que consiguen sobreponerse a las duras condiciones del encierro mediante organización y solidaridad; y, por último, unos pocos paramilitares y narcotraficantes que, caídos en desgracia, pueden no obstante contar con celdas de lujo, comodidades múltiples, restaurantes exclusivos, visitas a placer y la mejor atención por parte de unas autoridades obsecuentes y cómplices. Desde la cárcel continúan con sus negocios de droga y asesinato.

La posible apertura de nuevas oportunidades para un intercambio humanitario de guerrilleros presos por militares capturados, que parece vislumbrarse ahora en Colombia, tendría no sólo el aliciente de llevar paz y felicidad a miles de familias sino que abriría las puertas a un posible proceso de negociación política del conflicto armado.

[…]

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