Cárcel. Foto: Fritox.
Cárcel. Foto: Fritox.

Por: Miguel Ángel Beltrán – noviembre 2 de 2016

Agresiones físicas, psicológicas, insultos, amenazas, acoso y negación de los derechos básicos, como el de una atención oportuna en el sistema de salud, son las situaciones que viven las personas de la comunidad Lgtbi que están privadas de la libertad en las cárceles colombianas.

Se puede decir que, a diario, las personas Lgbti afrontan un tipo de represión especial por parte de la guardia del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec). El último hecho denunciado fue la agresión física, psicológica y moral que sufrió Yurani Muñoz, mujer transexual y prisionera política de guerra de las FARC-EP, quien fue brutalmente golpeada el pasado 24 de julio por el dragoneante Castillo y otros guardias de la cárcel La Picota.

El profesor Miguel Ángel Beltrán, durante su última estadía en prisión, se dedicó a visibilizar, junto con otros prisioneros políticos, la grave situación en materia de salud de la población carcelaria. Con ese motivo, entrevistó a  Laura Katalina Zamora, mujer trans y prisionera social. Ella habla de su experiencia en la cárcel, de las vivencias de algunas de sus compañeras y denuncia los atropellos que padecen por pertenecer a la comunidad Lgbti.

Laura Catalina Zamora y Miguel Ángel Beltrán.
Laura Catalina Zamora y Miguel Ángel Beltrán.

Miguel Ángel Beltrán: –Laura, ante todo, una corta presentación. ¿Quién eres tú?

Laura Zamora: –Mi nombre es Laura Katalina Zamora. Estoy recluida hace cinco años: estuve en La Modelo y hace tres años estoy en la ERON Picota.

MAB: –¿Por qué no nos explicas sobre tu identidad de género?

LZ: –Entre las siglas de la comunidad Lgbti existe la letra ‘t’, que significa transgenerismo. Son las personas que transitan en el género o en el sexo: existen las personas transformistas, existen las personas transgeneristas, existen las personas transexuales. Estos son los términos apropiados para definir cada tránsito. Por ejemplo, las personas transformistas son las que no asumen una conducta del sexo opuesto permanentemente sino que lo hacen esporádicamente, para eventos o por cuestiones de trabajo.

En fin, las personas transgeneristas somos las personas que ya hemos transitado de un sexo al otro,  no solo de prendas de vestir o aspecto físico sino también médico, hormonal. Las personas transexuales son aquellas que no transitan únicamente utilizando las prendas  y comportándose todo el tiempo como la persona del sexo opuesto sino que ya se hacen una intervención quirúrgica.

Para muchas personas, yo sería una persona transgénero porque no me hecho una reasignación. Yo me siento transexual, aunque para mucha gente yo no encajé en el término transexual por no tener una reasignación de sexo. Yo soy transexual así no tenga una vagina en medio de mis piernas. Yo me siento una transexual.


MAB:
–¿Qué haces tú en una cárcel que se supone es una cárcel de hombres?

LZ: –Es una situación compleja porque muchas otras chicas desearían estar en una cárcel de mujeres y hay otras chicas que no. Particularmente, ya viví la experiencia en el anexo de Paloquemao de convivir con mujeres. Mi experiencia no fue grata. Entonces, partiendo de esa experiencia es que yo estoy en una cárcel para hombres. Además, mi nombre jurídico es Laura Katalina Zamora, pero no tengo aún el cambio de sexo en la cédula. Por esa razón no estoy en una reclusión de mujeres y tampoco me interesa estar.


MAB:
–Laura, hace unos momentos hablabas de que habías estado en el anexo de mujeres en Paloquemao y después en La Modelo, ¿cómo fueron esas experiencias carcelarias?

LZ: –Cuando yo estuve en el anexo femenino en Paloquemao, me llevaron allí porque el estereotipo que uno tiene físico replica casi que exactamente el estereotipo femenino. Era muy riesgoso tenerme con hombres, entonces, a mí me apartan y me tienen privada de la libertad con mujeres.

Fue una experiencia muy amarga. Uno pensaría que por estar conviviendo con mujeres el ambiente iba a ser más solidario; que iba a ser más cómodo, menos tenso; que iba a ser menos víctima de bullying, matoneo y esas cosas, pero, para sorpresa mía, me encontré con una realidad totalmente diferente. Creo poder entender muchas situaciones. Para ellas, así yo me viera como una mujer, no dejaba de ser un hombre.

El hecho de compartir el baño era difícil. Solo teníamos un baño y se hacían turnos eran para poderse bañar y esas cosas. Entonces, cuando yo utilizaba el baño se referían a mí en términos despectivos. Me disculparán la expresión: ‘ahí salió el marica ese’, ‘toca asear el baño porque ese es un man’. Fueron cosas con las que yo me enfrenté.

Ellas no tenían ningún problema en encararme, en desafiarme, en ser sumamente agresivas conmigo, nada más por el hecho de no haber nacido mujer, pero, prácticamente, ser muy mujer. En realidad, fueron muy pocas las mujeres que fueron solidarias conmigo. Allí estuve mes y medio.

En una situación como esas, donde yo permanentemente estaba siendo atacada por personas que considero que son de la misma identidad mía, yo dije: ‘yo no voy a poder convivir con mujeres’. Cuando a mí me iban a hacer la remisión a cárcel, pensé que me mandarían para el Buen Pastor. No lo hicieron y me mandaron para La Modelo.


MAB:
–En La Modelo te llevaron a un patio especial…

LZ: –En La Modelo, durante un tiempo, existió un pasillo que se llamaba ‘El Oasis’, que era donde llevaban a las chicas trans y convivían entre todas ahí, pero la convivencia entre nosotras también es complicada. Deciden acabar el pasillo y a todas nos envían para los diferentes patios. Yo llego a un patio donde tengo que convivir con hombres, donde también hay otras chicas, pero, en términos generales, el ambiente cambia. Uno no deja de ser víctima del  bullying y del matoneo, pero ya no es de esa forma tan directa, como que te confrontan tan de frente que si tú contestas algo te van a golpear. Además, es diferente para mucha gente el hecho de que yo no sea una mujer útero vaginal y de que yo me vaya a agarrar con una mujer. Los funcionarios del Inpec no percibían que eran dos mujeres las que se estaban peleando [en el anexo femenino de Paloquemao] sino que ‘esa marica’ se está golpeando con esa mujer y ahí quien lleva las de perder soy yo por no ser una mujer útero vaginal.

En la modelo fue diferente porque la violencia física ya no era mi preocupación sino los términos despectivos que utilizan los machos para referirse hacia nosotras. La cárcel de hombres genera unas dinámicas muy tenaces. De hecho, en esa época el Inpec no tenía una directiva que reconociera  las identidades de género dentro de las cárceles. Nosotras, para hacer entrar maquillaje, para hacer entrar prendas de vestir, para acceder al tratamiento hormonal lo teníamos que hacer de forma clandestina: teníamos que pagar para ello. Adicionalmente, asumir el riesgo de que el tratamiento hormonal en un tiempo fuera contraproducente para la salud de nosotras.


MAB:
–¿Cómo ha sido tu experiencia con la guardia?

LZ: –El Inpec no tiene claridades frente a estas situaciones específicas. Es decir, si yo o cualquier otra chica se ve expuesta a un traslado no contemplan que su identidad de género no es masculina ni tampoco femenina y que, por ende, en un traslado a ella no la pueden exponer con hombres. Ha sido algo que nos ha pasado a todas.

Es una cuestión muy incómoda, desagradable, grotesca y grosera por parte de los guardias, que son quienes incitan a esas dinámicas agresivas contra nosotras. No hay una diferenciación frente al traslado, frente al trato de la guardia cuando nosotras ya somos víctimas de alguna clase de agresión.

En los traslados, las chicas van revueltas con los chicos, entonces, son víctimas de manoseos, amenazas, agresiones y violaciones. Me parece ilógico que si yo puedo tener un trato diferencial las demás no lo puedan tener: si su estereotipo físico no corresponde al de una mujer, entonces, ¡revolvámosla con los hombres! A mí me parece que es discriminación y que en eso el Inpec no tiene claridades. Como en ninguna parte del reglamento penitenciario habla acerca de las diferencias sexuales y las diversidades sexuales, ellos, escudándose en eso, pueden fácilmente justificar cualquier clase agresión contra nosotras en un traslado.


MAB:
–¿Cómo es el tema de la intimidad en la cárcel? ¿cómo la vives?

LZ: –La intimidad en la cárcel no existe. Considero que es uno de los factores que predomina. Tú no tienes una vida propia, tú no tienes privacidad y, por ende, toda tu corporalidad y tus cosas personales forman parte del mercado público.

El mundo desde hace mucho tiempo es binario, solo hombres y mujeres, y no se piensa en nada más. Si no eres hombre y si no eres mujer no existes. Estas cárceles fueron construidas para hombres, los espacios fueron construidos para hombres. Acá los baños no tienen privacidad y hay hombres que se sienten agredidos por esas dinámicas de la cárcel. Más aún para nosotras, que no tenemos un espacio donde cada una pueda decir ‘yo me siento tranquila bañándome acá’ o ‘yo me siento tranquila estando en este sitio’ porque este lugar no está pensado para nosotras.

Cada espacio que miro en la cárcel esta creado para hombres. Para bañarme es una cuestión complicada. Para mis otras compañeras también es una cuestión complicada y degradante porque no es solo el hecho de que uno tenga que compartir esos espacios tan íntimos con mucha gente sino también ser figura: no la figura femenina sino la figura que inspira sexo. Es supremamente incómodo no poderme bañar tranquila.


MAB:
–En la Edad Media se perseguía  todo lo que era diferente y la Inquisición castigó todo este tipo de diferencias, de pensamiento diferente. Hoy, en pleno siglo veintiuno, esto se mantiene bajo otras instituciones. Laura, ¿a ti te dice algo el concepto de disforia?

LZ: –Sí, claro. En el manual de psiquiatría colombiano se exige a chicas como yo que tengamos un certificado de disforia de género para que el Estado nos dé asistencia en salud con relación a nuestra identidad de género. Nosotras tenemos que asumir que no tenemos claro que no somos ni niñas ni niños, que somos ‘personas trastornadas’ y, por ende, ‘locas’ o ‘psiquiátricas’.

A nosotras nos exigen este certificado para poder acceder a un tratamiento hormonal, lo expide un psiquiatra y es el mecanismo que el Estado tiene para no reconocer que la construcción identitaria y de género de nosotras es autónoma.


MAB:
–¿Eso sólo se aplica aquí en Colombia?

LZ: –En realidad, hay un estándar internacional por el que se guían los manuales de psiquiatría en cada país, entonces, Colombia se guía por ese estándar, aunque en muchos países de Europa y en Argentina no se exige el certificado de disforia de género. Allá, la identidad y la construcción de género no es un problema mental sino un asunto autónomo, pero en Colombia aún no se asume que no es un problema mental y el trato es psiquiátrico.


MAB:
–La Corte Constitucional ha dicho que las EPS deben garantizar aquellos procedimientos que reafirmen la condición de género de las personas transgénero. ¿Cómo se da este procedimiento dentro de la cárcel y en las políticas del Inpec?

LZ: –El Inpec tiene unos vacíos enormes con respecto a hombres y mujeres trans. Considera que la construcción identitaria de nosotras se limita al uso de prendas y de maquillaje, desconociendo totalmente que nosotras necesitamos un tratamiento hormonal que sea seguido por uno médico, por un nutricionista, por un endocrinólogo, por un psicólogo. Supongo que por el hecho de que nosotras estemos purgando una pena y privadas de la libertad también somos privadas de esos derechos básicos en salud que todos los ciudadanos tenemos y que son particulares cuando se habla de población trans.

El proceso hormonal en las cárceles es muy complicado y muy riesgoso porque acá todas las chicas lo hacemos de forma autónoma y artesanal. No tenemos una guía médica, una valoración, un seguimiento del nutricionista ni nada de esas cosas sino que lo hacemos por cuenta propia, más aún cuando sabemos que todo medicamento tiene alguna contraindicación: nosotras no sabemos qué efectos secundarios está teniendo cualquier tratamiento hormonal que estemos usando, sencillamente decimos: ‘fulanita está tomando eso, entonces yo lo voy a empezar a tomar también’.

Además, tenemos que mandar a comprar las píldoras o las inyecciones afuera, y contactar a alguien que nos las ingrese clandestinamente. Cuando son ampollas, tenemos que aplicárnoslas nosotras mismas de forma artesanal, sin uno saber si se puede estar pinchando una arteria, un vasito o cualquier cosa, y las píldoras se consumen de forma indiscriminada.

Acá también hay chicas que no tienen los recursos económicos para acceder a ese tratamiento hormonal y se realizan otros procedimientos artesanales que son totalmente lesivos. La mayoría de chicas, con los rancheros o con cualquier otra persona que tenga contacto con el almacén que suministra a la cocina de la cárcel, hace todo lo posible por conseguir aceite de cocina e inyectárselo en su cuerpo para poder sentirse más femeninas.

Por ejemplo, hay una chica que se realizó ese procedimiento y las consecuencias hoy en día en su salud son muy tenaces, pero el Inpec no está dispuesto a solucionarle. Esta chica viene de Cúcuta, donde ganó una tutela para que sea valorada por un médico cirujano. Inicialmente, a ella le negaron esto porque el sistema de salud aduce que se trata de un procedimiento estético y ella, con una valoración de Medicina Legal, interpuso una tutela y la ganó. Pero, en Cúcuta ningún médico asumió la responsabilidad de revisar el caso de Maite y ella tuvo que ser trasladada hasta Bogotá, lejos de su familia. Hace un año llegó a la ERON y estuvo en el Patio 2, pero nunca recibió una asistencia médica oportuna ni la ha recibido hasta el momento. Hasta donde yo tengo conocimiento, a ella la han revisado médicos generales pero un médico general no te puede decir nada aparte de que tienes una celulitis en los glúteos. Él no puede valorar el nivel de infección que tienes en la piel y dentro de tu piel, el nivel de exposición a tu salud que tiene esa infección dentro de  tu cuerpo. Sencillamente, podríamos decirlo de una forma muy popular, a ella la ‘voltean’ con cualquier salida al médico y con cualquier revisión médica superficial que no es especializada, cuando en la tutela que ella gana, específica y claramente, habla de que a ella la tiene que ver un cirujano plástico. Ella se encuentra en estos momentos en el Patio 5 del penal y no ha recibido ninguna clase de solución.


MAB:
–Tenemos aquí esta cartilla para la defensa de los derechos de las mujeres trans y hombre gais privados de la libertad, se llama “Cuerpos en prisión, mentes en acción”. ¿Qué propuestas se pueden hacer? ¿qué políticas podrían diseñase en materia carcelaria y penitenciaria?

LZ: –Este es un proyecto muy bonito que nace en 2013 por iniciativa de una chica que estuvo también en reclusión, que conoce muy de cerca esta realidad, que sabe qué necesidades y que falencias tiene el sistema penitenciario con respecto a las diversidades sexuales y de género. El proyecto es liderado por Catalina Ángel, con la participación de las chicas que están en La Picota vieja y quienes estamos en ERON.

“Cuerpos en prisión, mentes en acción”, surge también de la necesidad de buscar especificidad en la Directiva Permanente 010 de 2011 del Inpec, ya que tiene muchos vacíos.  La sentencia [de la Corte Constitucional] es clara con respecto al ingreso de las encomiendas de accesorios, maquillaje y prendas de vestir, y con el hecho de que a nosotras a la cárcel donde lleguemos no nos vayan a cortar el cabello. Pero, la directiva deja por fuera muchas cosas, tiene unos vacíos muy grandes, por ejemplo, con relación a la salud es totalmente difusa la directiva porque contempla, en general, a todo el mundo y las necesidades de los chicos gais no son las  mismas necesidades de las chicas trans, y las necesidades de las chicas trans no son las mismas necesidades de las mujeres lesbianas o de los hombres trans. En realidad, en vez de un paso adelante ha sido un problema, porque tampoco es especifica en cuanto a las requisas.

Hemos propuesto que el Inpec sea más específico con respecto a las mujeres y hombres trans en reclusión, que se incluya el tratamiento hormonal como una necesidad de salud porque nosotras no solo somos sinónimo de drogadicción, de promiscuidad, de prostitución, de las que cortamos el cabello o sinónimo de VIH, de enfermedades de trasmisión sexual. No, nosotras somos seres humanos que también tenemos unas necesidades y no son solo que la Secretaria de Salud venga y nos hable de las enfermedades de trasmisión sexual y nos enseñe a utilizar un condón. La propuesta de nosotras es que el Inpec reconozca la identidades de genero dentro de la reclusión y que el Estado también garantice que todas nosotras, aun privadas de la libertad, tengamos el derecho de ser.

Nosotras no queremos preferencias sino que, con respecto a nuestra identidad de género, necesitamos la diferencia. Yo no me siento privilegiada por ser una chica trans. Nadie sabe lo que eso implica, solo nosotras lo sabemos. En esa medida, que tengamos un trato preferencial nunca lo vamos a tener, solo queremos que exista la necesidad de un trato diferencial, así como en un inicio existió un trato diferencial con  hombres y mujeres, también tiene que empezar a haber un trato diferencial con las personas que somos trans.


MAB:
–Laura ha sido muy enriquecedor este recorrido que hemos hecho sobre la situación de la comunidad Lgbti en las cárceles colombianas. ¿Tienes algunas palabras finales?

LZ: –Me parece que es necesario que mucha gente conozca una realidad que ignora. En realidad, hay mucha gente afuera a la que, si le hablamos de mujeres trans en reclusión, queda como si le hablaran de quien sabe qué cosa. La cuestión acá es que también se reconozcan las diversidades como una parte fundamental de la sociedad. Nosotras no somos un mito. No, nosotras somos reales, somos de carne y hueso, somos una realidad ignorada por mucho tiempo. Es importante que la gente se empiece a enterar del tema, que la gente empiece a tomar conciencia de las necesidades y de las realidades que constantemente nosotras vivimos.

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