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El profesor Miguel Ángel Beltrán completa casi dos años en un criticado proceso que le ha privado de la libertad - Foto: Andrés Gómez

Por: Andrés Gómez – abril 14 de 2011

Han pasado cerca de dos años desde la detención irregular de Miguel Ángel Beltrán en México y su posterior entrega al DAS en Colombia, tiempo en el que no se ha resuelto la situación jurídica del catedrático de la Universidad Nacional y estudiante de posdoctorado de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), a quien la Fiscalía acusa de ser miembro del llamado ‘frente internacional’ de las FARC. A menos de un mes para que se reinicien las audiencias del juicio, el profesor Beltrán conversó con El Turbión acerca de su caso, sobre su libro “Crónicas del otro cambuche”, respecto a su experiencia como preso político, acerca del gobierno de Santos y sobre el pensamiento crítico en una realidad como la colombiana.

La defensa del profesor Beltrán y sus familiares, durante el juicio, ha denunciado que Miguel Ángel es víctima de la persecución al pensamiento crítico y, debido al gran número de irregularidades que se han presentado en su caso, han solicitado veeduría internacional para el caso, recibiendo el apoyo de intelectuales de todo el mundo y de estudiantes en Colombia y México.

Andrés Gómez: –En su libro relata que más de una persona se refirió a usted como ‘ratón de biblioteca’, ¿cómo se pasa de ser un ratón de biblioteca a ser señalado como alias ‘Jaime Cienfuegos’ en Colombia?

Miguel Ángel Beltrán: –Ante todo quisiera aclarar que no soy ni lo uno ni lo otro. La percepción de ‘ratón de biblioteca’ proviene de una izquierda que todavía hace veinticinco años veía con sospecha y con cierto desprecio a quienes otorgábamos un valor importante a la formación académica. La consecuencia de esta visión de la academia y la política se mostró en toda su magnitud con la crisis que siguió a la caída del socialismo real: huérfanos de ideas y propuestas, muchos militantes de izquierda cayeron en el desencanto y en lo mismo que habían combatido, es decir, el academicismo. Por otra parte, considero que la actitud de que a todo aquel que investiga la realidad social con un lente crítico se le tilda de guerrillero proviene de un Estado que persigue y criminaliza a quienes pensamos diferente. Precisamente, esto es lo que ha sucedido conmigo y, por eso, mismo mis escritos académicos han sido tomados como prueba para acusarme del delito de rebelión, lo que constituye una clara persecución al pensamiento crítico.

AG: –A pesar de que las pruebas que se usan en su contra se han desestimado para otros casos, ¿por qué cree que sigue preso?

MAB: –El propósito del régimen al mantenerme privado de la libertad, pese a que hace mucho tiempo se ha puesto al descubierto la ilegalidad de las pruebas, es enviar un claro mensaje a los académicos críticos y a la universidad pública en general: ‘cuídense de estudiar el conflicto social y armado con una perspectiva diferente a la oficial, porque miren lo que les puede suceder. Cuídense de pensar críticamente’. Y esto, sin duda, cala en algunos sectores universitarios que se han refugiado en su silencio, pese a saber de mi inocencia.

AG: –En su libro “Crónicas del otro cambuche” describe un conflicto que se alimenta de la guerra misma. Cómo estudioso del conflicto colombiano, ¿qué piensa de la situación de las FARC con el gobierno del presidente Santos?

MAB: –Sin duda, el telón de fondo de los escritos que presento en mi libro “Crónicas del otro cambuche” es el conflicto armado y social que sacude a Colombia desde hace más de medio siglo y que ha traído muchos costos económicos, sociales y, particularmente, de vidas para el país. Ha tenido episodios de intensa confrontación militar, pero también de diálogos que, infortunadamente, no han logrado cristalizar en acuerdos que erradiquen las raíces mismas que han alimentado esta guerra fratricida.

En tal sentido, considero que las recientes liberaciones de políticos y militares retenidos por las FARC es una señal que envía esta organización armada en el sentido de crear condiciones en dirección a allanar caminos hacia un posible diálogo entre la guerrilla y el Estado. No obstante, no percibo una verdadera voluntad de paz por parte del presidente Santos que, si bien posee un estilo de gobierno diferente al de su antecesor, se mantiene en la línea de privilegiar una salida militar.

Cuando el presidente afirma que “la puerta de la paz no está cerrada”, pero que para abrirla la guerrilla debe cesar su actividad militar, entregar las armas, etc., en realidad le dice a los colombianos que la guerra va a continuar. ¿Cómo se espera que las FARC, luego de más de 46 años, desmovilice a sus hombres y entregue sus armas a cambio de vagas promesas de paz? Máxime cuando se está frente a un Estado que sistemáticamente ha incumplido sus acuerdos. Basta dar una ojeada a la historia Colombiana: desde la entrega de Guadalupe Salcedo, bajo el gobierno militar de Rojas Pinilla, hasta los más recientes acuerdos en Santafé de Ralito, durante el gobierno de Uribe, el incumplimiento ha sido una constante.

AG: –¿Cómo define el pensamiento crítico?

MAB: –El pensamiento crítico es, a mi modo de ver, una condición fundamental del quehacer académico e intelectual: nos ofrece la posibilidad de analizar y examinar la realidad desde una perspectiva diferente a las ideas dominantes, reconociendo que toda idea es susceptible de múltiples miradas, en ocasiones contradictorias, pero necesarias entre sí.

El pensamiento crítico ha sido motor indispensable para el avance de la humanidad, pero no ha recorrido un camino lineal y ha debido enfrentar poderes instituidos, interesados en mostrar una única verdad. Por ejemplo, cuando Galileo Galilei desafía con sus investigaciones empíricas las teorías geocéntricas, hegemónicas en ese momento, tiene que padecer la persecución de los jerarcas de la iglesia católica, que le estigmatizan como hereje y le obligan a retractarse de sus ideas. Pocos siglos después, la teoría heliocéntrica es una teoría que cualquier estudiante de primaria está en condiciones de reconocer.

En un país como el nuestro, atravesado por un conflicto interno secular, se hace todavía más necesario el ejercicio del pensamiento crítico. Los investigadores sociales tenemos el compromiso ético y político de indagar por esas realidades que el pensamiento hegemónico trata de ocultar. Se trata de verdades que resultan incómodas para el sistema y que éste trata de borrar, persiguiendo y criminalizando a quienes tratamos de buscarlas. Hoy, a quienes hacemos lecturas críticas de la realidad social se nos señala públicamente como ‘terroristas’, pero muy seguramente mañana estos aspectos de la realidad quedarán al descubierto y se reconocerán las dimensiones de una confrontación armada y social que los gobernantes de turno se empeñan en reducir a una ‘amenaza terrorista’.

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