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Por: Eduardo Andrés Granada Becerra – octubre 7 de 2007

Sobre los hechos acaecidos en el Palacio de Justicia han corrido ríos de tinta. Nos han vendido una historia oficial, pero sólo 22 años después está saliendo a la luz pública la versión real, la misma que ha sido de dominio de los familiares de los desaparecidos y de organizaciones defensoras de Derechos Humanos, pero que ha sido ocultada al grueso de la población colombiana.

Cosa que no sorprende en este país, pues la justicia nunca llega con prontitud y las grandes y pequeñas tragedias siempre terminan arropadas con el manto de la impunidad. Ejemplo de ello son los magnicidios, que siempre tienen como víctimas a chivos expiatorios que, con el tiempo, terminan demandando al Estado por haber pagado un delito que nunca cometieron y, mientras tanto, los verdaderos determinadores, los autores intelectuales, siguen por la vida campantes y vigentes en la escena pública.

Sin embargo, no sólo los magnicidios quedan impunes. También los grandes escándalos, como el holocausto del Palacio de Justicia que, después de más de dos décadas, regresa para cobrar las responsabilidades que no se asumieron en aquella época y que, por el contrario, terminó premiando a quienes fueron sus protagonistas. En el caso de quienes representaban al Estado, desde el presidente Betancur hasta los militares que fueron absueltos de toda culpa, gozaron de absoluta tranquilidad: el expresidente con su pensión, dedicado a la poesía y a la compaía de su amada Dalita; los militares concluyendo con honores su carrera –los generales Arias Cabrales, Samudio y el coronel Sánchez– y algunos de ellos formando parte de posteriores gobiernos, como el celebre defensor de “la democracia, maestro”, el excoronel Alfonso Plazas Vega, quien llegó a ser director nacional de estupefacientes y se paseó por el mundo contando su versión de los hechos ocurridos en esa fatídica toma y retoma del palacio. Todos ellos son visitados por ese fantasma que ahora les pide explicación por su dudosa actuación y les exige su responsabilidad por la suerte de los desaparecidos que salieron vivos de allí.

Otro ejemplo de como hay que esperar a que pasen los años para saber la verdad es el caso del proceso 8.000. Todo el mundo sabía que Samper era culpable, que tenía pleno conocimiento de la infiltración de dineros del narcotráfico en su campaña, pero tuvieron que pasar mas de 10 años para que se conocieran los detalles y, así, para que la historia remediara lo que no hiciera la comisión de acusaciones de la Cámara de Representantes –compuesta por los amigos y vendidos a Samper, quien finalmente terminó absuelto–.

Siendo ésta, entonces, una constante histórica en nuestro país, estamos condenados a esperar que pasen muchos años para conocer la ‘verdadera verdad’ de todo lo que ha sucedido alrededor del escándalo de moda: la parapolítica, cuyo capítulo más reciente es la vinculación al proceso, por parte de la Corte Suprema de Justicia, mediante llamado a indagatoria, del amigo y primo del presidente, el senador Mario Uribe Escobar, cofundador –junto con el supuesto mesías– del Partido Colombia Democrática, que está ad portas de la desaparición por sustracción de materia, ya que la mayoría de sus miembros están en la cárcel por supuestos vínculos con grupos paramilitares. De esta manera, el círculo cada vez se va cerrando más y, como cosa curiosa, poco a poco se va acercando al presidente Uribe.

En ese orden de ideas, no tiene sentido ‘pelear’ contra los uribistas y furibistas que se obstinan en defender a su presidente: sólo el tiempo nos mostrará la verdadera cara de este personaje que muy hábilmente logró construir una brillante carrera política que lo tiene hoy, según indican las encuestas, como el presidente más popular de los últimos tiempos en Colombia.

Esperemos que ‘mi diosito y la virgen santísima’ nos den vida y mantengan activas ‘estas carnitas’ para ver como el fantasma de la parapolítica le pasa la cuenta de cobro a Uribe, tal y como parece que está pasado con los protagonistas del Palacio de Justicia.

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