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26 mayo 2010

Las actuales candidaturas a la Presidencia de la República están marcadas por la manera en que los sectores más poderosos del país, en medio de fuertes disputas, buscan el reemplazo de Uribe, quien, a pesar de sus controversiales orígenes, logró unificar en su momento a las clases dominantes del país. La mayoría de los candidatos actuales no pueden ser más que aspirantes a segundones y simplemente aspiran a ser dignos de sucederlo, haciendo coro de sus políticas: el nuevo mandatario o mandataria seguirá en ‘lo mismo’, ‘manteniendo lo alcanzado’ o ‘mejorando lo hecho’ durante los próximos cuatro años de gobierno.

La decisión sobre el voto es muy valiosa, absolutamente personal y debe realizarse a conciencia: de ella depende el rumbo político de la vida de cada hombre y mujer que habita en Colombia. Es hora de romper el pragmatismo, las salidas desesperadas y el hábito de votar por ‘el menos peor’, característicos de nuestra cultura política. Por eso, el estudio de los programas de los aspirantes a la Presidencia y la lectura entre líneas de los propósitos en los que se enmarcan
puede permitir que los colombianos y colombianas seamos capaces de entender que las opciones de votar por un candidato, votar en blanco o abstenerse deben asumirse conscientemente, como herramientas políticas frente a un país que requiere cambios urgentes.

Continuismo

Juan Manuel Santos, apalancado por la maquinaria del Partido de la U y quien posa como heredero del legado político de Álvaro Uribe Vélez y su cerrado club de amigos, no sólo ha sido promotor de un intento de golpe de Estado, cómplice de ejecuciones extrajudiciales e impulsor de las más lesivas medidas en contra del pueblo colombiano –como la reforma laboral, que en tres oportunidades se le hundiera como ministro de Hacienda de Andrés Pastrana y que Uribe terminara aplicando, la ampliación de la base del IVA y el cuatro por mil– sino que, además, representa a uno de los sectores más poderosos del país: el monopolio financiero. Santos favorecería de manera desmedida la expansión del capital internacional en nuestro país, que busca, a través de concesiones, fusiones de entidades, privatización, leyes amañadas y profundización de la pobreza, adueñarse de nuestros recursos a un bajo, mínimo o, incluso, inexistente costo y para lograrlo el heredero de la familia fundadora de El Tiempo se ofrece como un gobernante dispuesto a hacer lo que sea necesario para que los dueños de esos grandes monopolios puedan hacerse al botín.

Vargas Lleras, nieto del expresidente Carlos Lleras Restrepo, es el heredero de una de las familias más tradicionales en la política nacional y se caracterizó por ser un senador ‘modelo’. Se le atribuyen proyectos como la Ley de Seguridad Nacional y la Reglamentación de Bancadas. Sin embargo, su posición política, su visión frente al país y la ubicación de las necesidades que los de su clase y los
intereses foráneos lo llevarían a ser un digno continuador del legado de Uribe, incluso más radical, como lo dice el nombre de su partido. Él promete continuar con la guerra y favorecer la flexibilización laboral, bajo la excusa de la generación de empleo, aunque posiblemente rechazará los intereses de la mafia y el paramilitarismo, pese a que su falta de poder para controlarlos le termine llevando a hacer tratos con ellos.

Partidos tradicionales fuera de combate

Rafael Pardo y Noemi Sanín son la cuota de los partidos tradicionales del país, liberal y conservador. Sus ideologías y planes de gobierno representan lo que históricamente han sido esas colectividades: dos opuestos a quienes el ejercicio de la política cada día vuelve más similares.

Hay que decir que Noemí Sanín se juega una carta que le sirvió a la socialdemocracia en América del Sur para posicionarse en el poder: ser mujer en una sociedad machista. La excanciller quiere impulsar su candidatura cobijándose como representante de las mujeres, pero desarrollando una política del corte más tradicional, conservador, fundamentalista católico, rígido y machista.

Rafael Pardo, por su parte, mantiene diferencias con los otros candidatos al tratar de reconquistar el voto liberal con al promesa de ‘un país justo’, aunque su programa y los métodos que emplearía para garantizar temas clave como la seguridad claramente no hagan gran diferencia con la ultraderecha que critica. Su gran carta de presentación es haber sido el primer civil en ser nombrado ministro de Defensa, durante el gobierno neoliberal de César Gaviria, y haber conjurado cualquier tentación golpista de los militares, quienes ya no tendrían incidencia en el Ejecutivo y perdían, con la Constitución de 1991, muchos de sus antiguos privilegios. Durante su paso por el cargo, considerado uno de los más importantes en el país, profundizó una agenda guerrerista y, en términos estratégicos, dejó sentadas las bases para que sus sucesores y el alto mando de las Fuerzas Armadas impulsaran los planes contrainsurgentes que hoy se siguen implementando y de los cuales conocemos sus trágicos resultados en materia de Derechos Humanos.

Fiebres verdes

Antanas Mockus se convirtió mágicamente en el candidato presidencial del Partido Verde, cuya escasa fuerza política se concentraba en Boyacá y que contaba entre sus miembros al gobernador de ese departamento. Sin embargo, en el pasado, el académico de origen lituano ya había intentado conformar otras alianzas, como su candidatura a la vicepresidencia con Noemí Sanín, y colectividades, como su Partido Visionario, siempre caracterizadas por una ideología neo conservadora y autoritaria, aunque con simbologías bastante curiosas –como los extraños gorros piramidales, supuestamente de inspiración indígena, que sus seguidores usaban en una de sus campañas en la capital–.

Su campaña, potenciada por el enorme capital de gremios económicos como el
Sindicato Antioqueño –gracias a su fórmula vicepresidencial, Sergio Fajardo, también profesor universitario y ex alcalde de Medellín–, lo muestra rodeado de una fanaticada de jóvenes que no vivieron su paso por la Alcaldía de Bogotá, algunos intelectuales, artistas de la TV y un sinnúmero de seguidores provenientes de las clases medias acomodadas que se rehúsan a admitir que este nuevo ídolo intelectual es el mismo ex alcalde que constituyó la Guardia Metropolitana –antecedente directo del hoy muy cuestionado Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) de la Policía–, que dejó a miles de funcionarios del Distrito Capital en la calle con su política de cierre de entidades y de negación de cualquier mejora salarial para los que pudieron mantenerse –asumiendo una política neoliberal de recorte al gasto público a niveles que, para muchos, rayaba en el fanatismo– y que privatizó la electricidad domiciliaria de Bogotá y la entregó a una multinacional que multiplicó descomunalmente los costos de este servicio público para la ciudadanía.

Todo esto, eso sí, acompañado de un cambio semiótico que implanta una cultura de respeto a las normas sociales definidas desde el gran poder político y que no se limitan a cruzar la calle por la cebra o a respetar la fila sino que se extienden a asumir como principio la negativa a una solución política negociada y la estrategia de guerra total a la subversión como único postulado válido para solucionar la guerra que durante años ha vivido Colombia. ¿Es el girasol realmente el símbolo de la paz y de la prosperidad o será la flor que repose sobre las tumbas de los futuros masacrados y bombardeados en la continuidad de la guerra de exterminio? Mockus representa más de lo mismo, más del proyecto político que las clases dominantes construyeron la década pasada para el país y su novedad radica en que su posible triunfo en las urnas permitirá un reacomodamiento de ciertos sectores que fueron excluidos del negocio de los grandes capitales.

Una oposición sin claridades

La oposición, lamentablemente, entra muy debilitada a esta contienda. La división al interior del Polo Democrático Alternativo (PDA) ha hecho que las posturas de centro y derecha hayan avanzado en el partido amarillo, imposibilitando el cumplimiento de las tareas acordadas en el congreso de unidad de esa colectividad, sobre todo en lo referente a la construcción política desde la base. Del mismo modo, la campaña en la elección interna del candidato presidencial hizo que las posiciones más sectarias se impusieran, al menos parcialmente, para que la llamada ‘izquierda radical’ no lograra cumplir con su objetivo: construir una oposición nutrida de apoyo popular, de legitimidad entre las mayorías y enfrentada claramente al proyecto económico y político de la derecha, concretando el Ideario de Unidad.

Gustavo Petro, uno de los parlamentarios más desatacados de la última década y actual candidato presidencial del PDA, ha sido uno de los principales abanderados de ese sectarismo hacia la izquierda del Polo desde la misma conformación de ese partido. Sus concesiones a la derecha y su falta de claridad sobre asuntos tan importantes como la solución al conflicto armado no sólo han dejado mucho que desear sino que han llegado a puntos en los que se intenta emular el modelo chileno de ‘concertación’ surgido luego de la dictadura, donde la oposición aceptaría no atacar en lo esencial el modelo económico impuesto por quienes detentan el poder económico a cambio de la
posibilidad de participar en el gobierno o ejercerlo directamente, bajo programas estrictamente de reformas mínimas. A esto ha invitado repetidamente el candidato con su consigna de unidad nacional, incluso con la misma ultraderecha que él ha denunciado consecuentemente, pues considera que algunas de sus políticas, como la llamada ‘seguridad democrática’, no sólo son positivas sino necesarias de mantener en un posible gobierno que él encabece.

Adicionalmente, su postura sobre la actual confrontación armada en el país no dista mucho de la de otros candidatos, aunque haya tenido que adaptarla parcialmente a lo expuesto en el Ideario de Unidad del Polo. Para el candidato la insurgencia no es un actor político válido y la consecución de la paz en el país dependerá casi exclusivamente de una estrategia de reformas sociales y presión militar a las guerrillas que obligue a éstas a la rendición. Respecto al paramilitarismo, el candidato concentra su propuesta en debilitar los capitales mafiosos, de manera que puedan eliminarse paulatinamente esas estructuras. En ambos casos, Petro desconoce las causas sociales del conflicto y establece soluciones parciales a las demandas de cambios políticos profundos de la subversión armada, mientras un gobierno suyo no tocaría a los grandes capitales no asociados al narcotráfico que se han beneficiado de la estrategia paramilitar.

Voto en blanco: opción real y expresión de protesta

La reciente Reforma Política aprobada por el Congreso y la reglamentación que
las Altas Cortes dieron en 2009 al voto en blanco ampliaron significativamente el rango de acción de quienes no optan por ninguna de las opciones en contienda electoral, así como definieron unos nuevos límites a lo estipulado en el Artículo 278 de la Constitución de 1991 respecto a la casilla vacía del tarjetón.

A partir de esto, el voto en blanco ha cobrado una nueva significación entre las opciones políticas a disposición de los ciudadanos en las próximas elecciones. Durante muchos años se habló de la ineficacia del voto en blanco, ya que el manejo amañado del mismo por parte de los registradores de turno y del gobierno, al ser contado dentro del escrutinio general, ayudaba en las elecciones parlamentarias a posicionar a partidos que no lograban pasar el umbral y en las presidenciales se sumaban al candidato ganador, debido a los recursos que se obtienen por reposición de votos.

Actualmente ambas prácticas, caracterizadas por una gran politiquería, se quedan sin piso y los alcances del voto en blanco son totalmente novedosos: luego de las elecciones del 14 de marzo pasado será necesario repetir los comicios al Parlamento Andino y, muy probablemente, al Senado por la circunscripción especial indígena, ambos con nuevos candidatos, porque los votos en blanco lograron ser más de la mitad más uno del total de sufragios válidos. Así, el voto en blanco se constituye no sólo en un rechazo a la consulta sino en un desconocimiento a quienes participan en ella.

Desde El Turbión nos sumamos a la campaña por el voto en blanco y esperamos que ésta pueda sumar los esfuerzos de trabajadores, intelectuales, agremiaciones, movimientos políticos, artistas y diferentes sectores del pueblo colombiano que han asumido esta opción blanco como un acto político de repudio al continuismo, la falta de propuestas y las tentaciones autoritarias de los actuales candidatos.

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