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Encuentro entre Chávez y Santos - Foto: Presidencia

12 de agosto de 2010

El encuentro entre los presidentes de Colombia, Juan Manuel Santos, y de Venezuela, Hugo Chávez, se ha presentado en uno de los momentos más críticos en la historia de las relaciones entre los dos países y ha culminado con el restablecimiento de las relaciones bilaterales a través de una serie de pactos que, de momento, conjuran las posibilidades de una guerra entre las naciones hermanas. Sin embargo, las presiones de ciertos sectores de las clases dominantes, fundamentalmente del lado colombiano, y los intereses de potencias como Estados Unidos en la región, hacen previsibles nuevas tensiones. ¿Cuánto durará la ‘calma chicha’ entre dos modelos sociales y políticos de concepciones opuestas?

 

Olores a pólvora

La tentación de los sectores más retardatarios de la elite colombiana por agredir militarmente a Venezuela y al modelo de revolución que se ha ido implantando con Chávez, reforzados en su entusiasmo por la conducta del gobierno de Uribe, por la cada vez más ultra derechizada oposición venezolana y por el acuerdo militar que le otorga el control de siete bases militares en suelo colombiano a EEUU, nunca había logrado tales alcances, llegando a una ruptura de relaciones de más de tres semanas que generó una altísima paranoia entre la ciudadanía de ambos lados de la frontera ante la posibilidad de hostilidades armadas.

Y no es para menos. La acusación que el gobierno de Uribe realizara, a pocos días de terminar su mandato, sobre el supuesto apoyo que el gobierno de la Hermana República a la guerrilla colombiana no sólo recibió un eco inmediato de Washington y de los principales monopolios de medios de ese país, como CNN, sino que llevó a generosos movimientos de tropas de parte y parte: del lado venezolano para responder a un ataque y cerrar puntos neurálgicos de la zona limítrofe y del lado colombiano con discretos traslados de unidades hacia zonas privilegiadas para el ingreso a territorio de la República Bolivariana, según atestiguó una fuente del Ejército a este medio.

Cuestión de negocios

Sin embargo, las deterioradas relaciones y los vientos de guerra no convencen a todo el mundo. A pesar del odio encarnizado hacia el socialismo de Chávez de parte de Uribe y los sectores que su largo gobierno representó, la ruptura de relaciones dejó en ascuas a importantes sectores que dependen del comercio con el vecino país y a la población fronteriza, cuya suerte es determinada por las fluctuaciones de la economía venezolana y por la capacidad de un número enorme de trabajadores y pequeños comerciantes de cumplir sus labores más allá de la línea divisoria.

Debido a esto, el plan de salvamento que se impulsó la semana pasada para los departamentos afectados por la crisis diplomática –que, dicho sea de paso, se concentra en ofrecer paños de agua tibia a los medianos empresarios y olvida a los más de 60.000 trabajadores perjudicados por esta situación– y la preocupación en torno al desplome de más de U$4.000 millones en el comercio con el segundo socio comercial de Colombia, justamente después de Estados Unidos, durante las disputas entre ambos gobiernos era un paso obligado hacia el restablecimiento definitivo de relaciones que se selló ayer con la firma del acuerdo de cinco puntos leído por la canciller María Ángela Holguín, que privilegia el pago de una deuda por más de U$800 millones con exportadores colombianos –particularmente de alimentos– y la cooperación en temas económicos relacionados con grandes proyectos de infraestructura en marcha y con la situación socio económica en la frontera común.

No podía ser de otra manera. Aún con el temperamento pendenciero de Uribe, ignorar lo comprometidos que están los intereses de las clases dominantes criollas en este diferendo no sólo no es viable sino que constituye un error pueril en un político con las capacidades del aspirante a tirano paisa, lo cual lleva a pensar en una intencionalidad velada en el comportamiento del ahora ex presidente. Su propósito podría ir mucho más allá de pasar cuenta de cobro, a nombre de los últimos ocupantes de la Casa Blanca, por el proceso antiimperialista y popular implantado por Chávez en Venezuela y que ha animado a otros países del continente a salirse de la tutela gringa. Por eso, no hay que descartar este último acto de su gobierno como un intento de definir las condiciones en las que Santos asumiría el mando del gobierno, de cara a la implantación de importantes reformas –por ejemplo, en materia de Poder Judicial e impuestos– y planes estratégicos para el nuevo periodo de acuerdos entre las clases dominantes que empezó el pasado 7 de agosto.

Pescando en un barril

Para Santos la oportunidad se vuelve única: con los diálogos cordiales con Chávez no sólo logra elevar su popularidad en un país que se acostumbró a creer en líderes con gran carisma y elocuencia, características de las que evidentemente el nuevo mandatario carece casi por completo, sino que aprovecha el odio que contra el mandatario venezolano crearon los monopolios de comunicación, la propaganda negra de palacio y la paranoia por una guerra binacional para hacer que su gobierno de ‘unidad nacional’ sea incuestionable y pueda resolver las graves pugnas entre las clases dominantes que le dejan ocho años de gobierno de Uribe.

A Juan Manuel no le interesa pelarse con nadie: tiende puentes a todos, conversa hasta con sus más acérrimos enemigos, hace pactos con todos y promete a diestra y siniestra que los exabruptos cometidos por el gobierno anterior nunca volverán a suceder. Su gobierno parece, en estos primeros días, el reino de la armonía y la cordialidad, y en esto los pactos suscritos con Chávez le sirven enormemente para seguir encumbrándose en una legitimidad que ni su anterior jefe soñaría y le abrirá las puertas a un modo de gobernar mucho más autoritario y abyecto, esta vez sin oposiciones provenientes de su propio círculo. En esto, la actitud de Uribe suena mucho más a un calculado empujón que a un simple desliz diplomático.

Chávez, por su parte, conjura de momento la latente posibilidad de una agresión militar propiciada por EEUU a través de Bogotá que para nada beneficia al proceso social y político que su país viene desarrollando, ganando de paso mayores apoyos para las elecciones que se aproximan. Su triunfo en la negociación no sólo se da por mantener en su silla a un interlocutor que en su momento se había declarado el mayor enemigo de la Revolución Bolivariana sino por evitar cualquier cualquier desvío del centro de las conversaciones hacia el punto en que lo querían situar los grandes monopolios de medios colombianos y el uribismo: su supuesto apoyo a las FARC.

Sin embargo, Chávez no alcanzó lo que para muchos debía ser el punto central de esta cumbre de más de cuatro horas y media: que el nuevo ocupante de la Casa de Nariño se viera obligado a determinar mecanismos para evitar que las siete bases militares ahora controladas por tropas estadounidenses y las demás en las que hacen presencia en Colombia –más de 15– sean usadas para una agresión a Venezuela.

Queda, pues, esperar. De momento, las relaciones siguen mediadas por la cooperación económica en temas fundamentales para dos naciones que tienen una historia y un destino indesligable, aunque tendrán que definirse, en el futuro, en el campo de la política. La ‘calma chicha’ durará lo que tenga que durar.

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