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30 de mayo de 2010

Las elecciones presidenciales en Colombia para el periodo 2010 – 2014 terminaron con muy pocas sorpresas, marcadas por el fraude, el triunfo de la maquinaria uribista y por un escenario que, a pesar de las alianzas lectorales, augura escasas novedades en la segunda vuelta. Después de escrutadas 99.71% de las mesas, se definió la primera vuelta a favor de Juan Manuel Santos con 6’758.539 votos, seguido por Antanas Mockus, candidato del Partido Verde, con 3’120.716, quienes se enfrentarán en las urnas el 20 de junio próximo. Los comicios se realizaron bajo hostigamientos de la guerrilla en varias regiones del país y se presentaron denuncias sobre la compra de votos a favor de Santos en las mismas zonas en las se denunciaron fraudes a favor del Partido de la U en las pasadas elecciones parlamentarias.

En tercer lugar se posicionó Germán Vargas Lleras, proveniente del uribismo y fundador del Partido Cambio Radical, quien logró 1’471.377 votos, seguido de Gustavo Petro, del opositor Polo Democrático Alternativo, que alcanzó una votación de 1’329.512, quienes demostraron la amplia manipulación que existía en las encuestas previas a los comicios para minimizar los alcances de sus fuerzas políticas.

Los partidos tradicionales sorprendieron por su baja capacidad de atraer a los votantes: Noemí Sanín, del Partido Conservador, apenas obtuvo 892.323 votos y Rafael Pardo, del Partido Liberal, sólo consiguió 636.624, demostrando el deslizamiento de sus respectivas maquinarias hacia fuerzas políticas como el uribismo y el debilitamiento de estas agrupaciones políticas.

Pocas sorpresas

Sin embargo, es necesario señalar que la alta votación por Santos y el triunfo de la derecha en las elecciones, pues tanto el candidato de la U como Mockus defienden agendas profundamente neoliberales, no reviste ninguna sorpresa: la votación a favor de Santos es cercana a la que recibió Uribe en 2006, lo que indica que el exministro de defensa es el heredero de las maquinarias políticas que han sostenido al actual mandatario durante los últimos ocho años, usando todo tipo de métodos para garantizarse estos resultados, y que la extrema derecha ha logrado posicionar su discurso entre los colombianos del común, que parecen estar más inclinados que nunca hacia el grupo que gobierna el país desde 2002.

Lo que sí resulta novedoso es la aparición de nuevos grupos de votantes, que definieron una reducción de casi un diez por ciento en la abstención respecto a las elecciones legislativas de marzo. La votación joven, en particular entre las clases medias urbanas, definió el crecimiento del Partido Verde y levantó la del Polo, que había caído bastante por las divisiones internas de la coalición de izquierda, por las faltas de claridad política del candidato Petro y por el deslizamiento de un sector socialdemócrata hacia la campaña de Mockus. Otros grupos sociales, como algunos sobrevivientes de la UP, intelectuales y organizaciones de afrocolombianos terminaron sumando una modesta votación por el exmagistrado Jaime Araújo Rentería, mientras el gran grupo de perjudicados por la debacle de la captadora de dinero DMG fueron disputados por las campañas de Róbinson Devia y Jairo Calderón, a la vez que sumaron votos en contra de Santos por los verdes, como en Putumayo, el único departamento en que triunfó Mockus.

Así las cosas, los resultados de la primera vuelta demuestran que pocas cosas han cambiado en el panorama electoral y hacen previsibles los resultados en la segunda vuelta, a la que comparecerá a las urnas un electorado para el que la mano dura, la ‘seguridad democrática’, la búsqueda de un liderazgo salvador y el fascismo se ha incrustado en su inconsciente colectivo.

Encrucijada de alianzas

La atracción de las votaciones de los candidatos excluidos de la segunda vuelta y las alianzas con sus partidos parece marcar el punto fundamental de las campañas de Santos y Mockus para las próximas tres semanas. Sin acercamientos con otros sectores el crecimiento de sus votaciones  parece un imposible en un país que se caracteriza porque la participación electoral se ofrece en nichos políticos muy cerrados, producto del sectarismo y la intolerancia política que han marcado a Colombia durante toda su historia y hoy tienden a mantener encumbrada a la ultraderecha en el poder.

Una buena parte de la votación de Cambio Radical, de 1’471.377 ciudadanos, y la de los conservadores, de 892.323, naturalmente se inclinará hacia el uribismo y harían que el candidato oficialista sumara casi dos millones de votos más, con lo cual se acercaría a los 8,5 millones, en el caso de una alianza electoral en este sentido.

Mientras tanto, si en un escenario excepcional, dada la arrogancia de Mockus, la campaña verde es capaz de intentar acercamientos programáticos respetuosos con la oposición, obligando a su candidato a moderar su tono moralista, neoliberal y ultra conservador, lograría acercar proporciones importantes del 1’329.512 votos del Polo y de los 636.624 liberales, junto con una porción de las votaciones minoritarias y de una mayoría abstencionista no muy susceptible de optar ahora por el voto, consiguiendo otros dos millones de sufragios que no alterarían la balanza de manera decisiva.

Irregularidades: la marca electoral colombiana

Entrevistado por Telesur, el registrador Carlos Ariel Sánchez señalaba contundentemente que “no se puede evitar el fraude”. Prueba de esto fueron las más de 125 denuncias que el organismo electoral había reunido antes del cierre de las votaciones, además de las 55 personas desaparecidas que aparecieron como votantes, según el CTI, y las decenas de delitos relacionados con el sufragio reportados a nivel nacional.

Según la Misión de Observación Electoral (MOE), se llevaron a cabo diecisiete acciones armadas, siete más que en las elecciones parlamentarias. Cauca, Antioquia, Chocó, Nariño, Guaviare, Caquetá y Meta fueron los departamentos en los que más se presentaron estos actos, siendo Cauca y Antioquia los departamentos más afectados en este sentido.

Sin embargo, éstas no han sido las únicas irregularidades denunciadas. El Polo denuncia, en su página web, que en Facatativá se compraban votos a veinte mil pesos, que en Venezuela se impidió el paso en el Estado Maracaibo a sus testigos electorales y que en México el embajador Luis Camilo Osorio no permitió el derecho al voto a personas que vestían camisetas con imágenes en contra de las bases militares estadounidenses y que, por el contrario, se fotografiaba con partidarios de la U.

En días anteriores, diversas agencias de prensa nacionales e internacionales habían emitido denuncias sobre el uso del programa presidencial Familias en Acción para favorecer al Partido de la U y sobre empleo de dineros del Estado para favorecer la campaña del candidato oficialista. Curiosamente, las denuncias sobre la compra de votos a favor de Santos, proporciona das por la MOE, se presentan en las mismas regiones en las que Familias en Acción ha aumentado susbeneficiarios en los últimos meses: Santander, Bogotá, Quindío, San Andrés y Caldas.

El panorama, por supuesto, no resulta nada prometedor. Un posible triunfo de Santos en la segunda vuelta es una situación muy previsible y, pase lo que pase el 20 de junio, Colombia seguirá inclinada hacia la extrema derecha, el militarismo y la política económica y militar de Estados Unidos. No será en las urnas donde se defina una nueva configuración de las fuerzas sociales que propendan por un cambio en las profundas desigualdades sociales que padece el país.

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