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Por: Juan Diego García – septiembre 15 de 2008

La disolución del Campo Socialista puso término a la Guerra Fría entre Oriente y Occidente. Sin embargo, lo que parecía ser entonces el inicio del reinado hegemónico de las potencias capitalistas, y en particular de los Estados Unidos, ha durado muy poco y en el actual panorama mundial aparece un nuevo enfrentamiento que, en cierta forma, reproduce la misma pugna. El motivo es sencillo: antes y ahora no sólo se trata de la lucha entre dos sistemas de pensamiento sino también, y muy particularmente, de los intereses estratégicos de las potencias mundiales en disputa. Ni la política de la URSS se limitó a practicar el Internacionalismo Proletario ni, menos aún, Occidente puede alegar que se dedicaba a promover la democracia y el bienestar de los pueblos pobres del planeta.

La nueva Guerra Fría reproduce la anterior entre las tradicionales potencias de Occidente y las antiguas potencias comunistas, Rusia y China, ahora convertidas en pujantes sociedades capitalistas a pesar del atraso relativo del gigante asiático y de las dificultades temporales de Moscú. Los estrategas de Occidente lo saben y no cesan de indicar el ‘peligro’ que representan tanto estos dos países como la pujanza de los países emergentes –India, Brasil, Sudáfrica– y de otros de menores dimensiones, pero igualmente desafiantes, como Irán. Un peligro en términos económicos, es decir, de competencia por recursos, mercados, territorios y zonas de influencia, pero también un riesgo en términos militares: si las guerras locales en Asia han agotado peligrosamente el potencial bélico de Occidente, empezando por Estados Unidos, la única alternativa que resta es el chantaje atómico, imposible de ejercer contra Rusia y China pero aún factible contra los demás, si es que se consigue impedir que accedan a este tipo de armamento. No otra cosa explica la enorme preocupación de los occidentales ante una proliferación nuclear que no controlan.

Como durante la Guerra Fría, las armas atómicas de Occidente se verían neutralizadas no sólo por el poder efectivo de rusos y chinos sino por el armamento que desarrollen países como Corea del Norte, Irán, Siria u otros, mal vistos o temidos por Washington y sus aliados.

Latinoamérica no resulta ajena a esta dinámica y, como en los mejores momentos de la Guerra Fría, quien desee realizar reformas en su país, someter a las oligarquías locales y, sobre todo, poner límite al saqueo de las multinacionales debe contar de antemano con la hostilidad abierta de los Estados Unidos y Europa, que no ahorrarán medios para impedir que estos gobiernos se afiancen, como lo comprueban los recientes acontecimientos en Venezuela, Ecuador y Bolivia –¿también el espionaje contra el presidente Colom de Guatemala?–, y el mismo despliegue de la IV Flota. De la misma forma, parece obvio que la manera más práctica de hacer frente a tales amenazas está en la fuerza que da la unidad regional y en la apertura paralela de la mayor cantidad de vínculos externos al área, que permitan alcanzar equilibrios razonables y contrapesos diplomáticos para un ejercicio efectivo de la soberanía nacional.

Se entiende, entonces, que Brasil haya dado impulso a un Consejo de Seguridad Regional –sin la participación de los Estados Unidos– con la finalidad de coordinar las políticas de defensa como respuesta a una renovada competencia mundial que afecta de lleno a la región. Y mucho menos puede permitírselo Brasil, una potencia en ascenso con claros intereses de expansión y necesidades de defensa. No es por azar que el presidente Lula –nada propicio al radicalismo– vincule la renovación de la IV Flota gringa en el área con el descubrimiento de inmensos yacimientos de petróleo en su país, multiplicando muchas veces su importancia. Tampoco parece un dato menor que tanto Brasil como Argentina hayan declarado abiertamente su decisión de continuar la investigación atómica. La solemne promesa de su utilización pacífica no tranquiliza a Washington, menos aún los rumores que señalan la intención de los militares de Brasil de dotarse de armamento nuclear.

Pero el nuevo Consejo de Defensa Regional sólo podrá ser creíble si tiene fuerza disuasoria suficiente. Así parecen haberlo entendido no sólo Lula y los argentinos sino el propio Hugo Chávez, quien ha firmado acuerdos de asistencia militar con Moscú y prepara ahora maniobras conjuntas en el Caribe para probar la capacidad defensiva del armamento adquirido –el mismo que los gringos se negaron a venderle–. Hoy, la prensa informa del aterrizaje de aviones militares rusos en suelo venezolano. Como en Georgia, los gringos y sus aliados tendrán que pensar dos veces el inicio de cualquier aventura contra Caracas.

El mecanismo militar mediante el cual Washington controlaba a los gobiernos latinoamericanos en el área de la defensa se ha roto: el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca murió con la Guerra de Las Malvinas. Se debilita, igualmente, la penetración del Pentágono en las fuerzas armadas de muchos de estos países, convertidas en ejércitos de ocupación de sus propios pueblos. Y si los Estados Unidos o Europa se niegan a vender armamento a los gobiernos que no gozan de sus simpatías mientras arman hasta los dientes a aquellos que consideran sus aliados –Colombia, por ejemplo–, resulta apenas natural que los afectados busquen apoyos en otras latitudes, guste o no a las potencias occidentales.

Al igual que durante la Guerra Fría, en la nueva confrontación mundial sería una ingenuidad negarse a buscar socios como Rusia o China, y no por identidad ideológica sino por la razón elemental de ser aliados objetivos y compartir intereses. Como en los viejos tiempos de la Guerra Fría, los países débiles buscan apoyarse en el mayor contrincante de su enemigo inmediato. Y los latinoamericanos saben muy bien quién conspira contra sus intereses, quién está detrás de las oligarquías que les oprimen y contra qué flota deben preparar sus defensas. También saben que si Occidente les somete a un bloqueo, como el de Cuba, la nueva correlación mundial de fuerzas permite encontrar otros aliados y, sobre todo, fortalecerse mediante la formación de un bloque regional.

La Guerra Fría entre el comunismo y el capitalismo terminó con el colapso de la URSS, pero la lucha por la hegemonía mundial persiste, incluyendo la amenaza atómica. La nueva Guerra Fría promete momentos tan o más dramáticos que aquellos. Lo saben los iraníes, que ven al sionismo preparando el bombardeo atómico sobre su país; lo sabe Morales, que acaba de expulsar al embajador gringo por conspirar abierta y descaradamente contra su país; lo sabe Correa, que ha decidido sacar las tropas estadounidenses de la base militar de Manta; lo sabe Chávez, que no desea verse sorprendido por la soldadesca gringa y se apresta al combate; lo sabe Lula, cuyo país, por sus enormes dimensiones y posibilidades, es la mayor piedra en el zapato de las ambiciones expansivas de los Estados Unidos en la región.

A propósito: ¿cómo hubieran reaccionado las autoridades estadounidenses si, por ejemplo, los embajadores de Bolivia o Venezuela en Washington hubiesen organizado una conspiración contra el presidente Bush, magnicidio incluido?

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