Por: Frida Modak* Ya se va haciendo costumbre, y mala costumbre, diría, que en estas fechas nos sorprendan con curiosas teorías o historias fantásticas de lo que habría sucedido el 11 de septiembre de 1973 en La Moneda. Eso no tendría mayor importancia si no conllevara una falta de respeto, da lo mismo si voluntaria o involuntaria, hacia el Presidente Allende, lo que me resulta intolerable. Como antídoto a las sorpresas desagradables que puedan surgir este año, se vale recordar.

Por: Frida Modak* – septiembre 17 de 2007

Ya se va haciendo costumbre, y mala costumbre diría, que en estas fechas nos sorprendan con curiosas teorías o historias fantásticas de lo que habría sucedido el 11 de septiembre de 1973 en La Moneda. Eso no tendría mayor importancia si no conllevara una falta de respeto, da lo mismo si voluntaria o involuntaria, hacia el presidente Allende, lo que me resulta intolerable. Como antídoto a las sorpresas desagradables que puedan surgir este año, se vale recordar.

El 11 de septiembre de 1973 llegué a La Moneda alrededor de las ocho de la mañana. Una hora antes, una llamada telefónica en la que me preguntaban si el presidente estaba en la casa de gobierno me indicó que había salido de la residencia presidencial de Tomás Moro, a la que me había comunicado por última vez, con Augusto Olivares, a las tres y media de la mañana. Mientras él y otros asesores trabajaban con el presidente en el discurso con el que convocaría a un plebiscito para dirimir las diferencias con el parlamento, les iba entregando toda la información que recibía sobre el movimiento de camiones que transportaban militares hacia Santiago.

Los llevaban para reforzar la guarnición capitalina, decían sus jefes, porque el día 11 se iban a efectuar manifestaciones de sectores políticos opuestos. No convencían a nadie, pero no se les podía decir que estaban mintiendo. Horas más tarde, Isabel y Tati Allende, Nancy Julien y yo tampoco podíamos decirle a los chilenos que las transmisiones que hacían las radio emisoras controladas por los militares mentían. No había ningún medio a través del cual pudiéramos advertirles que los ministros que supuestamente se habían entregado a los uniformados, en realidad habían sido detenidos en La Moneda, a donde llegaron a estar junto al presidente.

No podíamos decirles que Augusto Olivares no se había entregado sino que estaba muerto y que también había muerto el presidente, información que se retuvo por muchas horas y que nosotras cuatro conocimos en el lugar en que nos habían dado albergue, porque la comunicación telefónica con el Palacio de Gobierno nunca se interrumpió y, así, mientras nosotras caminábamos por las calles en busca de un lugar seguro, hubo quienes pudieron seguir el curso de los acontecimientos.

El sábado 15 de septiembre, cuando la señora Tencha Bussi de Allende y sus hijas, Carmen Paz e Isabel, se preparaban para viajar a México, el cúmulo de mentiras que decía la dictadura no tenía límites. Estábamos en la residencia del embajador mexicano y el doctor Óscar Soto, del equipo médico del presidente; Nancy Julien, esposa de Jaime Barrios, asesor económico del presidente, detenido desaparecido; y yo, decidimos hacer el relato de lo ocurrido el día 11 y se lo entregamos a la periodista María Teresa Larraín, de Difusión Cultural de la Cancillería, que, debido a esa circunstancia, había podido ingresar a la casa del embajador, le pedimos que lo hiciera llegar a otros periodistas y a personeros políticos.

Poco después fui a la habitación de Nana Bussi, hermana de la señora Tencha, y le pregunté si se llevaría el documento a México. Por toda respuesta tomó la copia que le mostré y la metió entre sus ropas. Le pedí, entonces, que lo hiciera llegar a la embajada de Cuba, para ser enviado a Manuel Piñeiro, jefe del Departamento América, para que lo difundieran. Después supe que en La Habana lo habían recibido en la víspera del discurso que pronunciaría el presidente Fidel Castro el 28 de septiembre de ese año. El documento contradecía la versión que se había recibido en Cuba, que fue ratificada por quien la había proporcionado, por lo que en el discurso se incluyeron las dos informaciones.

Pasaron algunos años y recibí, en México, una llamada del diputado Andrés Aylwin, quien me llevó de regalo una copia de ese texto, diciéndome que había tenido gran circulación clandestina y que se había leído con profunda emoción. Ése es el texto que viene a continuación. Ya no es clandestino y muestra, no sólo la voluntad inquebrantable del presidente Allende de no rendirse, sino también su decisión, expresada desde las primeras horas, de salvar las vidas de quienes lo acompañaban y que se expresó tanto cuando los que quisieron parlamentar con los militares salieron de La Moneda, como cuando les ordenó a los demás que se entregaran cuando la tropa derribó la puerta de Morandé 80.

Sucedió en La Moneda

El pueblo debe saber lo que realmente ocurrió la mañana del martes 11 de septiembre en La Moneda. Debe saber cuál fue la actitud del presidente Salvador Allende, porque la verdad está siendo ocultada por los gorilas que han usurpado el mando. El compañero presidente dio un ejemplo de consecuencia revolucionaria que se trata de silenciar, porque constituye el mejor legado que pudo dejar al pueblo. Trazó un camino para seguir luchando hasta alcanzar la victoria final.

El presidente Allende llegó el 11 de septiembre a las siete y media de la mañana a La Moneda. Sabía de la insubordinación que encabezaban los, hasta entonces, comandantes en jefe del Ejército y la Fuerza Aérea. Sabia que habían depuesto al almirante Montero y al director de Carabineros, general Urrutia. En La Moneda sólo lo acompañaban sus más cercanos colaboradores y algunos miembros de la escolta presidencial.

El presidente Allende estaba cumpliendo lo que tantas veces dijo: de La Moneda lo sacarían muerto, pero no se rendiría ni exiliaría. Era el presidente de Chile, el genuino mandatario del pueblo y lo fue hasta el último instante.

De inmediato se adoptaron las medidas necesarias para la defensa de La Moneda. En esos instantes lo llamó Augusto Pinochet, comandante del Ejército, quien le comunicó que ponía a su disposición un avión y le daba todas las garantías para que saliera del país. En términos duros y definitorios, el compañero Allende le hizo saber que no se rendía. Más tarde lo llamó el almirante José Toribio Merino para conminarlo a que se rindiera. El presidente Allende le respondió que eso quedaba para los cobardes y los traidores, como el autor de la llamada. En ese momento, se habían retirado, por orden de sus nuevos superiores, los carabineros que acordonaban La Moneda en abierta intención para defenderla.

Entretanto, y a través de los medios populares, el presidente Allende había informado a los trabajadores de lo que estaba sucediendo y de su decisión de mantenerse en su puesto. Llamó a los trabajadores para que se dirigieran a sus fábricas. A esa hora, 9:30am, casi todas las emisoras populares habían sido bombardeadas por la FACH a fin de ser silenciadas.

Momentos después, se iniciaba el ataque a La Moneda y se anunció que ésta sería bombardeada en pocos minutos. El presidente, con casco y metralleta, hizo salir al personal de servicio y luego a sus edecanes. Al no concretarse el bombardeo, reunió a todos sus colaboradores en el Salón Toesca. Les dijo que agradecía el comportamiento que siempre tuvieron y la actitud asumida por ellos de mantenerse en los peores momentos a su lado. Sin embargo, él no quería sacrificios inútiles de vidas. Por lo tanto, los que no tuvieran armas ni estuvieran en condiciones de combatir, debían irse. Exigió que las mujeres que allí se encontraban dejaran La Moneda. Él se quedaba a combatir.

Nadie se movió. Se determinó, entonces, llevar a las mujeres a un lugar más seguro. El presidente volvió a su despacho y desde allí ordenó al general Baeza que enviara un jeep a recoger a las mujeres. Éste se comprometió a dar garantías en ese sentido. El compañero Allende fue al lugar en que se encontraban las mujeres y les reiteró que debían salir. Dos de sus hijas le señalaron que no lo harían porque los militares podían tomarlas de rehén para presionarlo. Su respuesta fue: “si lo hacen, les diré que las maten, que pasen a la historia como asesinos de mujeres”.

Luego señaló que cada una de las compañeras que estaban ahí tenía una tarea que cumplir en el futuro. “Este proceso –dijo no termina aquí. El pueblo las va a necesitar, las revoluciones no se hacen con sacrificios inútiles de vidas. Si yo pudiera, me iría a un Cordón Industrial para resistir junto a los trabajadores, pero sé que no lo puedo hacer”.

Finalmente, desde el citófono de la guardia, llamó otra vez al general Baeza, reiterándole que debía hacer llegar el jeep para sacar a las mujeres. Le señaló: “aunque usted sea un traidor, espero que al menos sepa respetar a las mujeres”. Aún se dudaba salir. Entonces, el compañero presidente decidió que si no salían, Él saldría con ellas y se dirigió a abrir la puerta de Morandé 80. Entonces, las compañeras salieron acompañadas de un carabinero que, sin armas, llevaba un pañuelo blanco. Afuera, ningún jeep esperaba a las mujeres, como lo había prometido el general Baeza. Sólo había balas. El carabinero abandonó rápidamente el lugar, dejando a las mujeres solas enfrentando el tableteo de las ametralladoras.

Eran poco más de las once de la mañana. El cañoneo contra La Moneda era intenso. El presidente hizo salir a otros de sus colaboradores. Sólo quedó, junto a él, el grupo que iba a combatir. En esos momentos recibió un llamado del Ministerio de Defensa, en el que se le advertía que el bombardeo se iba a iniciar a las 12 del día y se le conminaba a rendirse. El presidente reiteró que no se rendía.

A las 12:10 comenzó el intenso bombardeo de La Moneda, mientras seguían disparando los cañones y las ametralladoras. Los tanques que estaban en calle Moneda fueron llevados hasta Agustinas para desde allí abrir fuego de cañones. El bombardeo de la FACH duró una hora. La Moneda empezó a incendiarse y se lanzaron bombas lacrimógenas. Los que se encontraban en su interior seguían en sus puestos. Los carabineros de la Guardia de Palacio se habían retirado. Un grupo de detectives se quedó.

Inmediatamente después del bombardeo, un tanque entró por la puerta de Moneda hasta el Patio de los Naranjos, fue destruido. Alrededor de las 13 horas, en el primer piso, ante la decisión de no entregarse a los militares, se quitó la vida el compañero Augusto Olivares. Posteriormente, el almirante Carvajal llamó a La Moneda pidiendo que fuera una delegación a parlamentar con ellos. Con tal objeto salieron los compañeros Fernando Flores, Daniel Vergara, Osvaldo Puccio y su hijo. No se conoció resultado alguno porque no regresaron. El compañero Clodomiro Almeyda se encontraba en su ministerio y desde allí fue sacado por los militares.

Continuó la lucha. Esta vez en el sector del ala de Morandé, que no estaba afectada por el fuego. Los militares derribaron la puerta de Morandé 80 e ingresaron, tomando 8 a 10 prisioneros. Un emisario fue enviado al segundo piso para comunicar que se otorgaban 10 minutos para rendirse. Eran las 13:55 horas.

El presidente Allende ordenó que todos salieran desarmados, porque él sería el último en hacerlo. Cuando todos iban descendiendo hacia la puerta de Morandé 80, el compañero presidente se disparó en la cabeza con la metralleta que le había regalado el comandante Fidel Castro y que es con la que combatió durante todas esas horas.

Algunos miembros de su guardia personal permanecieron en el segundo piso y combatieron hasta que fueron acribillados. La batalla en La Moneda había terminado aproximadamente a las 14:45 horas.

El compañero presidente cumplió con lo que había dicho: defender con su vida el proceso revolucionario hasta las últimas consecuencias. De su actitud y de sus palabras fluye un mensaje claro al pueblo. El proceso revolucionario chileno no ha terminado. Sigue. El pueblo debe unirse más que nunca. Debe ser uno solo, organizándose, luchar conscientemente, sin actitudes espontáneas o individuales que sólo disminuyen la fuerza del pueblo mismo.

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* Frida Modak fue secretaria de prensa del presidente Allende.

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